Conforme avanza la edad, parece que cada vez se cumple más aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor; debido, en parte, a que estábamos en mejores condiciones. Aunque no viene mal contrastarlo con la realidad.
En los últimos tiempos, están de moda las comparaciones intergeneracionales en términos de prosperidad; especialmente, cuando se pueden comparar trayectorias laborales completas. Para poner referencias, se puede utilizar la clasificación por generaciones, que ha sido puesta en boga principalmente por autores e instituciones de los EE.UU. para acotar las características y circunstancias de diferentes grupos poblacionales.
Así, se habla de la generación de la Segunda Guerra Mundial -o grandiosa - (nacidos entre 1901 y 1927), generación silenciosa (nacidos entre 1928 y 1945), generación del “baby boom” o boomers (nacidos entre 1945 y 1964), generación X (nacidos entre 1965 y 1981), generación Y o millennials (nacidos entre 1982 y 1994) y generación Z o centennials (nacidos a partir de 1995 y hasta la actualidad).
A estas generaciones se les atribuyen características diferentes de personas, que se condicionan mucho por el acceso a la tecnología y el panorama laboral; no obstante, es una distinción convencional para poder hablar y, evidentemente, hay mucha mezcla entre unas y otras. Sin embargo, nos puede servir también como referencia para adaptarlo al caso de España.
En nuestro país, la generación de la Segunda Guerra Mundial de los EE.UU. o grandiosa se correspondería, aproximadamente, con la generación que vivió nuestra Guerra Civil. De esta generación, el bando ganador dirigió la reconstrucción de la economía durante los tiempos de penuria de la posguerra. Tras los años de austeridad y autarquía, la generación que tomó el protagonismo para construir la nación fue la generación silenciosa, una denominación que resulta muy adecuada.
Esta generación de los que fueron niños durante la guerra se aprestó a formarse más a conciencia que la generación de sus padres, adquiriendo mayor competencia laboral, trabajando más intensamente y sin mostrar un carácter demandante frente al sistema. No obstante, los puestos laborales de mayor relevancia siguieron copados por la generación de los vencedores de la contienda y, cuando les llegó el tiempo de promocionar, esta generación sería saltada por la siguiente.
Efectivamente, la generación silenciosa formó la fuerza de trabajo que salió de la economía autárquica e intervenida a la etapa de los llamados “felices años sesenta”, que comenzó tras el Plan de Estabilización de 1959, centrado en abrir la economía al exterior e ir liberalizando la economía interior para mejorar el sistema de mercado. Ya en los años 70 se afrontan la crisis del petróleo y la monetaria, a la vez que se entra en el proceso de transición a la democracia. En este contexto, la generación que trabajaba de manera silenciosa dentro del sistema es rebasada por la de los primeros boomers, aupada por el cambio político y el resurgimiento de los puntos de vista de izquierdas y críticos con el sistema.
De cualquier modo, desde la referencia de la generación de los boomers, la generación silenciosa había logrado un elevado nivel de progreso y desempeño. En los hogares de la generación del silencio normalmente sólo entraba una nómina (generalmente la del padre), que en la clase media profesional (ingenieros, médicos, abogados, profesionales de banca, pequeños industriales, etc.) daba en muchos casos para una vivienda habitual y una segunda vivienda, además de un coche de la época. Bien es verdad que había menos de otras cosas, como equipamiento de todo tipo y, especialmente aparatos electrónicos (que entonces se decía que eran “alienantes”); pero no dejaban de ser posesiones de nivel inferior -sin llegar a ser chatarra- frente a los valiosos bienes inmobiliarios o de transporte.
La generación boomer creció pensando en progresar en paralelo a la experiencia de sus padres, pero sus consecuciones han quedado en general por debajo de sus expectativas. A diferencia de la generación silenciosa, y tomando una situación laboral similar a la de sus antecesores, los boomer -con dos sueldos entrando en casa y con menos hijos-, no pueden casi ni concebir lo que supone una segunda vivienda para vacaciones o fines de semana. Por otro lado, muchas veces vienen pagando dos veces unos gastos fundamentales: han sufragado el sistema de educación pública a la vez que han pagado colegios y universidades privadas, han costeado el sistema de sanidad pública a la vez que han pagado un seguro privado y han cotizado al sistema público de pensiones a la vez que han pagado un plan privado de pensiones.
La generación boomer está de actualidad, porque sus integrantes han podido cotizar en muchos casos para obtener una pensión alta y, con su jubilación, están vaciando masivamente las arcas de la Seguridad Social; además, están pasando a ser pensionistas lo antes posible, por dos razones principales: la primera es haber perdido la esperanza de progresar laboralmente, y la segunda es la incertidumbre ante unos recortes de la pensión que -tarde o temprano- sufrirán.
Los niños de la generación X crecieron en los años setenta y ochenta, en una época de cambios sociales y tecnológicos (entre ellos, el nacimiento de internet), a la vez que han convivido con tasas de desempleo elevadas; todo esto los ha llevado a ser una generación de transición, con una visión escéptica del futuro.
La generación Y (millennials) está compuesta por individuos adaptados a la tecnología, que utilizan como algo natural; más acostumbrados a la inestabilidad y más proclives al cambio de trabajo que los anteriores. Finalmente, la generación Z (centennials) está compuesta por verdaderos nativos digitales, que están comenzando a incorporarse al mercado laboral.
En cuanto a las expectativas de futuro de las nuevas generaciones, nos encontramos en los últimos 15 años con un avance nulo de la economía: sin crecimiento real del PIB per cápita. A esto se le suma que las cuentas públicas, que en 2007 habían alcanzado el equilibrio fiscal (incluso con un pequeño superávit), han ido aumentando su déficit hasta alcanzar unos niveles de muy difícil recuperación y que, como poco, correrá a cargo de las generaciones futuras. A este panorama sombrío se añaden unos datos de paro juvenil en España (último trimestre de 2021) de 15-24 años del 31,1%, frente a una media del 15,9% en la UE-27.
Ante esta situación, la política social del gobierno se centra principalmente en incrementar el gasto en pensiones (de indudable rentabilidad electoral), poniendo un menor énfasis en otras políticas que pudieran favorecer más a los jóvenes, como las de vivienda, educación o diferentes modos de ayuda o protección social. Por otro lado, los jóvenes que tendrán que ir costeando las pensiones de sus mayores tienen expectativas fundadas de que en el futuro el sistema sólo se podrá mantener con una reducción sustancial de las pensiones que ellos llegarán a percibir.
A este paso, los jóvenes -que cada vez son menos- se seguirán independizando a edades avanzadas, retrasando el emparejamiento con intenciones de convivencia y alargando la edad en que nacen los hijos -que seguirán siendo pocos-. Todo esto sumado a la inestabilidad laboral o al complicado acceso a la vivienda.
Difícil lo tienen las nuevas generaciones. Esperemos que los gobiernos dejen de atacar la propiedad, y las generaciones de la guerra y el Baby boom podamos dejarles algo en herencia para asegurarles un poco el futuro.