Allá a principios de los setenta, una novelita de Erich Segal titulada “Love Story” conmocionó a un mundo ya necesitado por entonces salir de las brumas del pesimismo y el cinismo. La novela precipitó otro éxito en su adaptación al cine con una melodía que -aún hoy- narcotiza los hilos musicales de ascensores y grandes superficies. También un slogan tan incomprensible como ridículo, y hasta poco aconsejable, que la audiencia más sentimental e inconsciente adoptó como propio y que rezaba: “Amar significa no tener que decir nunca lo siento”. Luego, Andy Williams cerró el círculo y puso letra a la musiquilla compuesta por el meloso Francis Lai y cuya primera estrofa nos advertía: “Qué difícil es secar la fuente inagotable del amor…” o algo parecido. Pues bien, el debate a cuatro del 13J podía haber tenido el “score” de la inolvidable película del hoy ya olvidado Arthur Hiller con un Mariano Rajoy susurrando a lo Andy Williams sobre las dificultades no ya de secar las fuentes inagotables de lo que sea sino de lo difícil que resulta gobernar. Una queja a la que el presidente en funciones recurre con cierta frecuencia. En España hemos aprendido que no solo es difícil gobernar sino no ya lo siguiente, como ahora se dice, sino lo anterior: formar un gobierno. También en España hemos aprendido que puede que sea muy difícil gobernar, pero aún lo es más trabajar o encontrar un trabajo. Primer asunto estrella del primer capítulo del asunto y que, muy probablemente, fue el que más interés suscitó entre la audiencia, transmutada en votantes en cuestión de días.
El caso es que visto lo visto, esa dificultad para formar gobierno, como sensato paso previo al hecho de gobernar, asoma de nuevo por debajo de la puerta como una de esas amenazas rampantes y gelatinosas de las pesadillas de Stephen King. Un tanto incómodos en sus marcas, los candidatos recitaron sus promesas, insistieron con cierto desánimo y hastío en sus desavenencias y dejaron como no podía ser de otra manera la reiterada huella de lo ya dicho hace tan solo seis meses. El tiempo que han necesitado para cambiar la ropa de cajón. No es extraño que muchos –y muchas- tuvieran serias dificultades esta vez para seguir el hilo del guión. No sólo era lunes, un día que habitualmente suele coincidir con el comienzo de la semana, sino que además mucha peña había quedado ya exhausta de televisión con el debut de la Roja y los consiguientes y pertinaces postpartidos. ¡Como para aguantar impertérritos esa suerte de prórroga que supuso el famoso debate al que muchos asistieron ya con las cervicales hechas trizas de tanto emular el gol de Piqué! Quizá tampoco haya que calificarlo de aburrido –el debate, no el partido-, pero nadie debería negar, ni siquiera Rajoy -incapaz de gobernar sin decir nunca lo siento- que poco pescado estaba ya por vender. Así que mucha gente prefirió esperar a los penaltis, ese minuto de oro, con el que terminó el espectáculo como aquel que se salta las hojas de un libro para leerse directamente el final. En él, Pablo Iglesias afirmó que los españoles han perdido tantas cosas que “hasta han perdido el miedo”… al cambio, se supone que quiso decir. Otro ejercicio de desmemoria, pues no es la primera ni seguramente la última vez que los españoles optan y eligen el cambio. Otra cosa es aventurar que hayan perdido el miedo. Lo cual para nada les define como cobardes pues es bien cierto que sólo los valientes saben superarlo. Sin embargo, hay mucho miedo en España. Claro que sí. Y en ustedes está evitarlo.
Rivera plagió –o citó disimuladamente que viene a ser lo mismo- a Martin Luther King con su legendario inicio del discurso “Yo tengo un sueño…” en la marcha sobre Washington. No fue de extrañar porque Rivera sigue siendo el candidato más americanizado de todos. Rivera añora cumplir ese sueño y debería envidiar por tanto a Rajoy ya no por ser su escudero, un tanto díscolo a juzgar por algunos golpes al hígado, sino porque Rajoy nos volvió a recordar que él ya lo ha cumplido. En esa gran nación en la que nos sigue convirtiendo, enumeró logros tan destacables como un tanto excéntricos como que somos el país que más trasplantes se realizan, sin duda un dato tan loable como poco conocido, o los más de setenta millones de turistas que nos visitan. Según Rajoy, turistas atraídos por nuestros avances sociales. Depende de qué turistas. Algunos vienen, como citó Woody Allen en “Irrational Man” para disfrutar de “la España romántica” pero otros menos leídos gastan poco y lo dejan todo perdido con los restos de paella entre charcos de calimocho y cuando se van sube el paro.
Y a su vez Sánchez mintió: dijo que no iba a pedir el voto. Pero recordó que solo él representa el cambio y lo hizo con tanta vehemencia que más bien pareció que lo suplicaba. Nadie pareció darse cuenta de que solo horas antes el cambio ya se había producido. Por primera vez en un montón de año de éxitos para España, Casillas chupó banquillo. Esa si que ha sido un transición dulce.