La España que hoy
somos es el resultado de un complejo pacto constitucional alcanzado hace casi
35 años, que se vio precedido por unos Pactos de la Moncloa que afrontaron una
situación de crisis galopante caracterizada por subidas de precios desbocadas,
un paro galopante, un tejido productivo obsoleto y una carencia de instrumentos
de protección social, equiparables con Europa, que ponían en riesgo nuestra
viabilidad como país. En aquel momento
intercambiamos sacrificios salariales a cambio de libertad, derechos laborales
y sociales. La Sanidad que hoy disfrutamos, las pensiones de nuestros mayores,
la protección por desempleo, los servicios sociales y la atención a la
dependencia, el sistema educativo, son frutos de aquel momento histórico. La crisis
financiera, transformada en crisis económica, de empleo, política y social, no
puede ser utilizada por algunos para desmontar estos logros y producir un
cambio del modelo de sociedad, rompiendo con ello el pacto constitucional. Al
igual que no es justo negar los avances producidos a lo largo de estos 35 años.
Es hora de corregir
errores, insuficiencias y malas prácticas enquistadas, pero no de tirar por la
borda más de tres décadas de construcción de convivencia democrática. Es el
momento de revisar nuestro modelo productivo y aprender a administrar con
eficacia, eficiencia y transparencia, los siempre escasos recursos, con el
objetivo de consolidar el Estado Social y Democrático de Derecho. Un Estado que
no se sostiene con tasas de paro superiores al 27 por ciento, con más de la
mitad de nuestra juventud en el desempleo, con recortes permanentes de derechos
y con una situación de corrupción muy generalizada. La educación es uno de los derechos constitucionales que tenemos que preservar a toda costa de los
efectos de esta crisis como derecho de las personas y como necesidad de
nuestra economía para asegurar el futuro de nuestras empresas. Parece que todos
somos conscientes de ello, en el
discurso y sobre el papel, que todo lo aguanta. Pero la realidad es que
volvemos una y otra vez a las fórmulas mágicas, que no solucionan los
problemas.
La fórmula de moda
es el modelo de formación dual alemán, sin tomar en cuenta que nuestro tejido
económico es muy diferente del alemán y que difícilmente podemos generalizar
ese modelo, más allá de la gran empresa. En España el 95 por ciento de las
empresas cuenta con menos de 10 trabajadores y, en ese caso, el modelo dual
tiene serias dificultades para generalizarse. Casi todo está
inventado. El modelo alemán cuenta con la compañía de otros modelos de
formación para el empleo, como el francés, el danés, el austriaco, el suizo.
También hay un modelo español, que no está tan mal, si tenemos en cuenta que el
alto paro no depende de las estructuras de formación, sino muy al contrario, de
las estructuras empresariales y productivas de nuestro país. Arrasar nuestros
logros en materia de Formación Profesional y para el Empleo, constituiría un
grave error. Adaptarlos, tomando en cuenta otras experiencias enriquecedoras,
me parece el camino más acertado.
La formación dual
alemana tiene elementos muy positivos, por ejemplo, durante el proceso de formación aprendes
un oficio, prepara para la inserción laboral, en muchas ocasiones en la propia
empresa donde realizas las prácticas y cuentas desde el primer momento con un
contrato laboral. Si el salario es bajo, el Estado lo complementa, en
determinadas condiciones, hasta alcanzar casi los 1000 euros. Si a ello le unes
una política de alquiler barato de viviendas, aseguras la emancipación de
muchos jóvenes. Existe una intensa relación de las empresas con los centros de
formación profesional, estableciendo claramente el papel del profesorado en los
centros y de los tutores en las empresas. Pero, sin duda,
algunos de los elementos más positivos se encuentran en el compromiso de
empresas, administraciones y sindicatos, el papel de la negociación
colectiva de empresarios y sindicatos, en las propias empresas y en los
sectores productivos, que permite establecer necesidades formativas y planes de
formación. También en el compromiso económico de las empresas, que corren con la
mayoría de los gastos que produce el sistema. Además el sistema
de formación dual se somete a la evaluación de lo conseguido, la eficiente
aplicación de los recursos y el nivel de satisfacción de los alumnos y las
propias empresas.
Retengamos esos
elementos positivos e intentemos llevarlos a la práctica en un país que se
encuentra sumido en una profunda crisis económica y de definición del futuro
productivo que queremos tener. Esa debería ser la primera tarea, definir qué
país queremos en los próximos 30 años. Un país de casinos, o un país innovador
en sus productos y de alta calidad en sus servicios. Un país con empleos
precarios y temporales, o con empleos estables, seguros y con derechos.
Reforcemos la
negociación colectiva para que los empresarios, y los trabajadores y
trabajadoras podamos establecer las necesidades formativas y los planes de
formación necesarios para cubrir esas necesidades. Aseguremos los recursos que
necesitamos y evitemos la competencia estéril entre ministerios de Educación y
Empleo y entre la Administración Central y la de las Comunidades Autónomas.
Establezcamos mecanismos para fomentar la relación de las empresas con los
centros de formación profesional. Aprovechemos todos los recursos de Formación
Profesional, Educación de Personas Adultas, políticas activas de empleo,
formación para el empleo, universidades, para asegurar la acreditación y
certificación de conocimientos. Establezcamos también un mecanismo
para registrar los conocimientos adquiridos por cada persona a lo largo de toda
la vida. Seamos transparentes en la gestión de los recursos y serios en la
evaluación del sistema para detectar insuficiencias y corregirlas a tiempo,
evitando que se conviertan en crónicas.
La tarea que
tenemos por delante es muy intensa, dura y, sin duda, larga en el tiempo. Pero
creo que tenemos la obligación de apartar la formación del debate partidista y
de la crisis política general, para situarla como un elemento de consenso que
nos permita superar la crisis y asegurar el derecho de las personas a la
educación, la cualificación profesional, al tiempo que preparamos unas empresas
más sólidas porque cuentan con personas cada vez mejor formadas. La formación no va
a asegurar que salgamos del embolado en el que nos hemos metido como país, pero
sin un buen sistema de formación profesional
es seguro que no hay futuro y que las salidas que se produzcan serán en
falso. Nuevas burbujas especulativas que prepararán una nueva crisis. Si en peores
condiciones otros los hicieron, no veo el
motivo por el que debamos renunciar a nuestra voluntad de ser y de
convivir en una sociedad libre, democrática y cohesionada. Esa es nuestra
tarea. La que hoy nos toca. La ineludible.