La celebración de unos Juegos Olímpicos en tu ciudad es una buena noticia, sin duda alguna, aunque sólo sea por poder asistir a la competición que más nos atrae, sin necesidad de viajar o sintiendo más que contemplando ese deporte a través de la televisión. Hay una especie de euforia generalizada entre los que están mostrando la cara amable de Madrid 2020, políticos de todo tipo y de una siglas u otras, periodistas encantados de ser más papistas que el Papa, y demás asistentes al cónclave del Comité Olímpico Internacional de Buenos Aires. Miembros de la familia real, deportistas de élite, gobernantes, ministros, alcaldes, concejales del Gobierno y la oposición, empresarios de la CEOE, gente guapa y bronceada que se deja fotografiar mostrando su amor a la patria, a la capital de la patria y todo lo que se ponga por delante.
El Gobierno de la Comunidad de Madrid saca pecho y nos adelanta los beneficios de que la capital del Reino de España sea la elegida para los JJ.OO. de 2020: 50.000 empleos, turistas a mogollón y una gran repercusión en el PIB regional. Los que piensan con tanto amor en el 2020, y quizá algunos con intereses confesables, enfrentan su ánimo a la realidad de 2013 en la que la pobreza tiene un lugar destacado. En sus cabezas está el discurso aprendido de que la mayor parte de la inversión ya está realizada porque es la tercera vez que Madrid aspira a un lugar en la historia olímpica, y no nos cuentan qué se podría hacer con los casi 3.000 millones de inversión pendiente.
Los recortes que la crisis ha traído a la puerta de nuestras casas tienen cara de niño malnutrido por ausencia de ayudas de comedor, de investigador huido al extranjero por la memez de nuestros gobiernos, de dependiente esperando con cara de gilipollas a que sus derechos se hagan realidad, de universitario dejando su carrera por falta de fondos, de parado desesperado buscando entre las estrellas alguna luz que les guíe hasta el próximo empleo, de médico y enfermera sintiendo que dejan de ser alguien útil para pasar a ser un mecanismo más de negocio, de abuela sin ayudas municipales a la que ahora con 500 euros de pensión le exigen pagar parte del botoncito de teleasistencia para contribuir a lo que antes era gratuito por necesario. IU y UPyD no están entre los que apoyan Madrid 2020 porque consideran que hay prioridades y que es mejor gastar en los que peor pasan la crisis que en regalos de futuro.
Ser olímpicos es maravilloso, y tanto amor a la bandera institucional me mosquea. Me gustaría haber visto y sentido el apoyo de tanta realeza, clase política, periodística y empresarial detrás de las banderas blancas, verdes y del color del arco iris, igual que ahora lo hacen en apoyo a 2020 desde la argentina tanguera. A propósito de la necesaria contribución de nuestras madres -yo padre ya no tengo- al aparato que avisa si sufren algún accidente o contratiempo, la señora Josefa, la mía, a la que han reducido las horas de ayuda a domicilio con la excusa de la puta crisis, me pregunta si las decenas de notables que están en Buenos Aires contribuirán, como ella a la teleasistencia, a los gastos del viaje. Entre el Madrid 2020 y la pobreza de 2013 que cada uno decida en conciencia. Mi rabia salta por los aires rechazando el patriotismo de cartera repleta de dineros y defendiendo, como decía el poeta, que la patria son mis hermanos, los que sufren en carne propia la crisis de los que ahora harán negocio hasta con nuestras ilusiones.