El drama de Calderón debería tener programada su reposición cada cierto tiempo en los teatros públicos. “La vida es sueño” es una obra cumbre del teatro mundial y se agradece su revisión sobre todo si, como es el caso, llega con un montaje francamente excelente firmado por Helena Pimenta para la Compañía Nacional de Teatro Clásico.
La fuerte demanda de localidades que registra el Pavón parece indicar que va a ser uno de los grandes éxitos de la temporada.
Contribuirá, con toda seguridad, la presencia de Blanca Portillo dando vida al atormentado Segismundo. Juan Mayorga ha realizado una versión limpia, de acción directa, despojando, quizá un poco excesivamente, la carga de sexualidad en el triángulo Rosaura, Astolfo y Estrella.

Estamos ante un espectáculo que entra por los ojos gracias al excelente trabajo de todo el equipo: a la espléndida iluminación de Gómez Cornejo, a la escenografía y vestuario de Andújar-Mancebo (magníficos todos los trajes negros) y a la dirección de Pimenta que, básicamente, ha hecho espectáculo. Resuelve con imaginación y plasticidad todas las escenas de conjunto, especialmente el bronco final, con los ejércitos enfrentados por el poder. Al realizarse la representación sin interrupción, la intensidad dramática va creciendo sin respiro.
En la compañía hay valores seguros: Joaquín Notario, Pepa Pedroche, David Lorente… que actúan con la necesaria solvencia y seguridad. Pero siempre que se lleva a escena este título, todas las miradas convergen en Segismundo. No es la primera vez que Blanca Portillo viste ropas masculinas. En esta ocasión, tanto la ropa como el corte de pelo le otorgan una cierta asexualidad, que no resta violencia al bronco príncipe. Y tiene los monólogos más conocidos del teatro español. El primero dicho con toda la rabia de un animal encadenado, aparentemente sin razón. El segundo con la desolación de creer que ha soñado su libertad. Es en este segundo cuando surge la magia en el teatro, cuando se produce un silencio parecido al vacío. Nadie respira escuchando la casi susurrante amargura de Segismundo. Y aplaude el mutis, claro. A partir de ese momento el actor se crece ante la duda de su futuro,

ante las reflexiones sobre la violencia, ante la renuncia al amor. Finalizada la representación caemos en la cuenta de que hemos olvidado que Segismundo es una mujer.
Este espectáculo lucirá mucho más imponente en cualquier otro escenario. El del Pavón sigue siendo para salir del paso. Y una vez más tengo que afirmar que en este teatro es imposible escuchar música y palabra simultáneamente. Por muy piano que toquen los músicos, emborronan la palabra, no se entiende. Y en el gran monólogo final yo hubiera agradecido el silencio total. Lo que se dice –y como se está diciendo- es tan hermoso que no necesita ningún acompañamiento.