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El Twitter de San Felipe

El Twitter de San Felipe

lunes 16 de mayo de 2011, 00:00h
Actualizado: 30/05/2011 17:17h
Soldados de ida y vuelta de un Vietnam llamado Flandes, Condes y Duques, plebeyos curiosos, rufianes de oído largo y mano fácil, mozas de buen ver y mejor mirar, caballeros sin honra pero con el honor a un palmo de  la empuñadura de la espada, buscadores de futuros y charlatanes de feria. Vendedores de comedias y recitadores de versos, ayudantes de nobles y nobles sin nobleza. Así era Twitter en el reinado de, digamos, Felipe IV.

Lo que pasa es que no fuimos tan listos como los creadores de la marca del Pájaro Azul... pero por ser, era igualito. Gente que buscaba noticias y gente que las daba. Personas que querían enterarse del último chismorreo sobre los amores del Rey y las andanzas del Conde de Villamediana, por poner un ejemplo. O de que tal había sido la última entrega de Lope en la Corrala, o como habían ido esas jornadas dándose de leche con los ingleses en el mar o con lo holandeses en Flandes. Gente a quien seguir y gente seguida, modales apoyados por dagas y espadas prestas a la defensa, mordaces lenguas e ingenios prestos a la ironía, el descaro, la crítica o la loa, según dependiese del poder (y distancia) del aludido en la copla, conversación o simplemente, chanza.

Pero no era Twitter. Eran las Gradas del Convento de San Felipe el Real, un convento de la Orden de los Agustinos Calzados (Estos son nombres y no los de la NBA). Se situaba en el solar que ahora ocupa el edificio a la derecha (según miras el reloj) de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, que hace esquina de la Calle Mayor con la Calle del Correo. Las gradas eran una consecuencia de la necesidad de la construcción del Convento de tener que salvar un desnivel existente. El convento se fundó en 1547. Imagino que el Mentidero, que asi era como popularmente se llamaba a esta Red Social, a los pocos días, en cuanto algún madrileñito se colocara allí a darle a la húmeda, actividad que, como todo el mundo sabe, casi no gusta a los que andamos por las calles de esta Villa; permítanme ustedes la ironía.

Las razones de su éxito como Mentidero eran obvias. Por un lado, la cercanía de la Casa de Correo, lo que aseguraba un buen caudal de noticias calentitas. Si alguien, por poner ejemplos, se arruinaba y era avisado con misiva, probablemente le llegase antes un soneto alusivo a su pobreza que la misma carta con el aviso. Y así, asuntos de faldas, títulos o triunfos. Por otro lado, allí se solían reunir los soldados vueltos de Flandes, que informaban puntualmente de la gallardía española y castellana en degollar hugonotes y holandeses, que bien valía un poco la exageración después del infierno de la guerra. Y no había que olvidar su posición elevada y, por tanto, de privilegio, sobre el transcurrir de una calle tan céntrica de Madrid, lo que hacia que pocos paseos se podían hacer sin que tuvieran su eco y su discusión sobre motivos, adornos o velocidades de los transeúntes. Desde porque un Duque iba tan deprisa calle abajo, que bien parecía que le buscase el mismo Conde Duque de Olivares a mira donde se ha parado el coche de la condesa, como si no supiésemos todos que el Hidalgo de la esquina no visita su casa y ocupa su cama haciendo suplencias de pasión al Conde ocupado en negocios más allá la Mar Océana.

Las gradas tuvieron tanto éxito que incluso en una ocasión llegaron a hundirse por el peso de la gente que andaba por allí, con bastantes heridos y algún muerto. Ahora, al menos, con mala suerte sólo se cuelga un servidor. Algo tendremos que haber avanzado en estos siglos.

En fin, ya ven ustedes que, si bien los martillos cambian, los clavos han de clavarse en los mismos sitios. Y si es verdad que ahora hablamos con más gente y desde distintos sitios, cachivaches o idiomas, lo que contamos viene a ser, básicamente, lo mismo. Amores, traiciones, amigos, derrotas, guerras, poder, pobreza, plata y oro, victorias y lo bien que están las bravas de ese local de la esquina, por entonces, taberna, y que en estos tiempos viene a llamarse bar de tapas. De la misma manera que ahora llamamos Red Social a un mentidero sito en el muy real lugar del Twitter de San Felipe.
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