lunes 09 de mayo de 2011, 00:00h
Actualizado: 13/05/2011 09:04h
Madrid es tan grande que nunca terminas de irte. Madrid es tan pequeño que lo puedes llevar dentro. Madrid es tan grande que a veces vuelves sin ni siquiera haberte ido. Madrid es tan pequeño que a veces se le pone forma de barrio. De ese barrio de aceras con las marcas de tus pasos.
Vuelves al barrio. En aquel muro los ladrillos saben lo malo que eras al principio con la bici. Aquellas escaleras las saltabas siempre de tres en tres los escalones. Esa tienda era antes un ultramarinos. Ya no existe aquel banco de madera. Vuelves. De Madrid a Madrid, y ando porque me toca. Marcas en un plano por ahí dentro. La casa de cada uno de tus amigos, cada sitio donde incluso el más torpe arqueólogo de sueños podría encontrar una muestra de los tuyos enterrada a una distancia de menos de dos dedos. Y todo es un recuerdo primero: el primer beso, la primera pelea, las lágrimas primeras, las primeras derrotas, las primeras sonrisas, los primeros paseos, los primeros amigos. Sonries y completas la lista con "tu primera colonia, Chispas", y recuerdas los tiempos en que cada mañana no había posibilidad de que hubieras visto en la tele algo distinto a tu compañero de pupitre. Del primer al último anuncio, del primer al último minuto del concurso, de Curro Jimenez, de la peli del Ciclo de Paul Newman, de los lobos de Félix Rodriguez de la Fuente.
Vuelves al Barrio como se vuelve a los pueblos. Asustado del tiempo que ha pasado desde la última vez, como si todo fuera un espejo en el que no te mirabas desde hace tiempo. La Plaza de los partidos del siglo cada tarde, con el muro bajo de las partidas de mus, donde la pareja que ganaba era la que podía sentarse, mientras los contrarios, uno de pie y otro en cuclillas, luchaban por dejar de estar incómodos, que leches de honra u otras menudencias. La tienda de los Fortuna de a duro, de los comprados rascándote el bolsillo, y con suerte hacemos otro viaje y te traes además un par de litronas, pero de la tienda de la plaza pequeña, que son más baratas, y da para otro suelto cigarrillo. Veinticinco años después, un grupo parece hacer exactamente lo mismo. Ahora serán paquetes enteros en el bar de la curva, y quizás cocacolas con tinto en los Chinos de arriba. A veces nos movemos de una a otra casilla del juego de la vida. En cada casilla se va haciendo lo mismo mientras saltamos a la siguiente dejando paso a las siguientes fichas.
Vuelves a ellos. A tu gente. A la que ya no tiene que hacer nada más para serlo. Se lo ganaron a pulso en su momento. Abrazos de recuperar tiempo, de "joder, estás igual", aunque ni tú ni el lo estéis. Preguntas para intentar rellenar las casillas vacías, los años alejados, las risas ya perdidas. Son apretones de manos que recorren tiempos. Años reducidos a un "parece que fue ayer". Te separas del grupo un momento y los miras. Y entiendes que siempre están, que nunca te alejas de ellos más que a la distancia que se salva con un abrazo. No son perfectos ni puede que sean los mejores. Pero son tuyos. Y vuelves.
Desde el Barrio ves Madrid a lo lejos sin salirte de Madrid. Desde el barrio te acuerdas del bus que te llevaba a ver sesión doble en el Crystal y a comer perritos al Nebraska., como quien volaba a otro sitio en otro continente, Desde el Barrio salistes pa Madrid, eso que te parecía tan grande y que estaba por ahí, donde las niñas ya no querían ser princesas y la vida era un metro a punto de partir. El Madrid tan pequeño que cuando repartes abrazos de nuevo y unos cuantos "tenemos que vernos con más tiempo", te vuelves a meter en el bolsillo y te alejas mitad triste, mitad contento, llorando sonrisas, saliendo de Madrid, sin irte nunca, hacia Madrid.