En las Naves del Español se estrena uno de los últimos textos teatrales de Tom Stoppard: “Rock’n roll”. Una descarnada crónica sobre el fracaso de los grandes ideales como sistemas políticos. Se parte de la Primavera de Praga y se termina en 1990, con la acción a caballo entre Praga y Cambridge. Alex Rigola, el director, presenta uno de los montajes más atractivos de la temporada.
Los protagonistas creen en el Comunismo, lo defienden frente al Capitalismo. Pero el tiempo acaba con las grandes ilusiones, rompe fidelidades y provoca el desencanto. El autor apuesta claramente por el fracaso del socialismo proletario, aunque tampoco se muestra convencido de que la ideología opuesta sea mejor. Para Stoppard todos los sistemas son iguales y todos acaban exprimiendo al individuo e, incluso, encarcelando a sus más fieles seguidores.
El viejo Max y el joven Jan mantienen su amistad por encima de las traiciones. Ambos llevan vidas paralelas, aunque el primero la desarrolla plácidamente en Cambridge y el segundo es aplastado al intentar defender las libertades en Checoslovaquia. Entre los dos hombres hay enfrentamientos a lo largo de veinte años, pero mantienen su amistad. En el encuentro final, los dos constatan dolorosamente el fracaso de sus vidas.
Rock subversivo
Seguramente los espectadores jóvenes se sorprenderán cuando vean al rock and roll como elemento subversivo. Es la metáfora de la libertad que utiliza el dramaturgo. Los discos prohibidos y, finalmente, destruidos son el símbolo de una rebelión contra quienes han querido controlar hasta los rincones más escondidos del pensamiento humano. Cuando todo ha saltado por los aires –la antigua Unión Soviética- los Rolling Stones llegan por fin a Praga para dar un gran concierto.
Historia de dos ciudades
El brillante espacio escénico, entre los dos graderíos de público, es el ring donde se dirimen los combates dialécticos. Un apacible jardín británico, bajo el que se oculta el lóbrego cuchitril de los jóvenes checoslovacos. El moviendo sobre esta escenografía es medido, estudiado, funcional. El paso del tiempo y los saltos de la acción entre las dos ciudades se resuelven de una manera teatralmente perfecta. Creo que ningún espectador tendrá problemas para seguir el avance histórico de los personajes y su mundo. Rigola ha debido someter a un férreo control a sus actores. Destacan entre ellos Lluis Marco y Joan Carreras, los antagonistas. Tozudo, gruñón, duro superficialmente el primero.
Ilusionado, decepcionado, perseguido y fracasado el segundo. Los trabajos de estos dos actores son extraordinarios. Como el de Ana Otero encarnando a la madre afectada de cáncer: un ejemplo de contención, de interiorización y de ternura. Hay menos calidad en alguno de los actores secundarios, pero no lastra el gran trabajo teatral.
A mi me ha interesado más la acción de las familias, las reacciones de los personajes al intentar aplicar su ideología a la vida cotidiana. Así casi todo el segundo acto, el largo encuentro en el jardín, rezuma emoción. El discurso político resulta más convencional, más tópico, con numerosos lugares comunes y un puñado de referencias históricas. Pero en esos momentos, el director acierta, con la puesta en escena, la ambientación y la iluminación, a transmitir la opresión y represión de un sistema en el que la vida parecía desarrollarse en blanco y negro.
En definitiva, una excelente propuesta del Español que puede verse hasta el 14 de marzo.