El monumento a Pedro Calderón de la Barca de la plaza de Santa Ana tiene 144 años. No recuerdo la última vez que se restauró pero, actualmente, muestra un deterioro preocupante. Desconchones y erosiones en las figuras, manchas en el pedestal provocadas por el bronce, pintadas en los bajorrelieves y suciedad en general causan una imagen deplorable del gran dramaturgo madrileño, uno de los pilares del teatro universal. Flaco favor hace la ciudad a su memoria no remediando este deterioro que avanza día a día.

El monumento ha sido sistemáticamente maltratado por las numerosas reformas que ha sufrido la plaza donde se instaló el año 1880. Para empezar, el actual emplazamiento no es el original, que estaba más centrado. Ahora se encuentra sobre una escueta plataforma, por lo que cualquiera puede acceder a él e, incluso, subirse sin ninguna dificultad.
Si desde el Ayuntamiento se deciden a restaurarlo, no estaría de más estudiar la reproducción de la base original. Las figuras (del escritor y las alegorías), así como la base que las sustenta, se encontraban sobre una plataforma con tres gradas, que elevaban el monumento. A la vista de los grabados de la época, no parece difícil, si no existen los planos originales, reproducir aquella base. Esos dibujos nos muestran también el magnífico jardín, rodeado por una verja, que crecía en la plaza, denominada entonces del Príncipe Alfonso.

El 1 de enero de 1880 fue un día triste para el teatro español. Se enterraba a Adelardo López de Ayala, un político y dramaturgo que contribuyó al género de la alta comedia y del teatro realista en la segunda mitad del siglo XIX. El cortejo fúnebre tenía que pasar, y detenerse, ante el teatro Español, donde había estrenado varias de sus obras. Además, López de Ayala había sido uno de los primeros firmantes en la petición al Ayuntamiento de que se erigiera este homenaje.
Mientras llegaba el entierro, en el centro de la plaza se inauguraba el monumento a Calderón. A la una de la tarde, la ceremonia se interrumpió cuando el cadáver del literato recibió el homenaje de público y actores ante el teatro municipal. Después, se descubrió el conjunto escultórico.

En principio se había planeado la inauguración coincidiendo con la segunda boda del rey Alfonso XII, celebrada el 29 de noviembre de 1879. Pero no se llegó a tiempo.
Don Pedro figura sentado, revestido con los hábitos sacerdotales, sosteniendo un libro y una pluma. A su espalda aparece una alegoría de la fama apoyada en la máscara de la Tragedia. Los bajorrelieves en bronce, originalmente con un baño galvánico de plata, representan escenas de La vida es sueño, El escondido y la tapada y El alcalde de Zalamea. La Academia de la Historia redactó las leyendas del pedestal. Delante: Pedro Calderón de la Barca; en la trasera, La vida es sueño, pero no tu gloria. Esta última leyenda no consta que llegara a cincelarse. En cualquier caso, no existe actualmente. En los dos paños laterales, sendos amorcillos sostienen símbolos de la música y del teatro.

El escultor gerundense Juan Figueras y Vila fue el autor de las figuras y del pedestal. Fallecería al año siguiente de la inauguración del monumento. El grupo escultórico fue costeado por el Ministerio de Estado, que lo cedió al Ayuntamiento mientras que este corrió con los gastos del pedestal.
Don Pedro, que vivió y murió en el actual número 61 de la calle Mayor (donde existe una placa que lo recuerda) merece que su ciudad devuelva el esplendor original a su monumento.