Hay conceptos que por manidos que estén, siguen siendo útiles. La innovación es uno de ellos. Popular en el storytelling empresarial, político y académico, recurso fácil de reflexiones en redes sociales, ponencias y hasta libros, mantiene un sentido más o menos consistente: es un ultimátum que sirve para despojarnos de prejuicios y hablar de posibilidades. De lo nuevo, necesario. De lo nuevo, inevitable.
Ese furor es el resultado de esta época en la que casi todo paso hacia adelante se explica con la disrupción, con el desafío continuo de ciertos paradigmas, y con la creatividad como costura del nuevo desarrollo económico y social.
Hoy casi nadie pone en duda que para avanzar en medio de esta pandemia, que no acaba ni da tregua, innovar es una tarea necesaria y deseable. Sin embargo, la cuestión está en cómo estimular esa maquinaria social de nuevas realidades. Cómo lograr que nuestro potencial (con ‘p de personas’) se enfoque en resolver los problemas más urgentes y actuales, cómo forjar una fuerza laboral que nos acerque a las oportunidades que plantean la tecnología, la ciencia y la cultura.
Esa “ingeniería del empleo” es un debate que más allá de los márgenes autonómicos y estatales -donde últimamente hemos visto especial actividad en torno a la ley impulsada por la ministra de trabajo- incumbe también al ámbito municipal, aunque haya quienes intenten asfixiarlo con el argumento de las competencias.
¿Por qué? En suma, cada ciudad es un ecosistema donde los fallos estructurales que están por resolver –como el paro de larga duración o la temporalidad-, se traducen de forma particular, porque la pandemia ha impactado la economía local, y porque en materia de gestión pública, los ayuntamientos son un eslabón cercano a la gente de a pie que palpa los problemas. Esto es clave también para evaluar posibles soluciones.
En la ciudad de Madrid había, a diciembre de 2021, 173.742 personas en situación de paro. Es un dato complejo y hay que desglosar para entender a qué nos enfrentamos: 98.182 mujeres están a la cabeza del desempleo en 9 de los 10 rangos de edad y en todas las categorías por nivel formativo, más de 11.400 son jóvenes menores de 24 años que no logran insertarse en el mercado laboral, y más de 25.000 son inmigrantes, especialmente vulnerables a la precarización y la irregularidad.
El 56% del paro se registra en 9 de los 21 distritos que tiene la ciudad, los de rentas más bajas. Hablamos del sur y este, duramente golpeados por la crisis y donde el equipo de Gobierno dice haber hecho de todo.
Pero el asunto no para ahí. No es simplemente que la gente no encuentre trabajo, es que los responsables de resolver esto desde la Administración municipal han llegado tarde a dos tareas esenciales: definir el rumbo de nuestra fuerza laboral y aprender a leer los nuevos lenguajes del talento. O dicho de forma más escueta: colocar y formar.
Por definición, y con la excusa de las competencias de por medio, la Agencia para el Empleo es quien asume esas dos responsabilidades. Sobra que lo diga, o quizás no, pero en el pretendido proceso de recuperación económica, la cualificación de los madrileños y madrileñas y su movilidad laboral son elementos clave para, por ejemplo, hacer de la innovación una realidad.
Sin embargo, los propios datos de la agencia resultan preocupantes. En el segundo trimestre del año pasado solamente un 55% de las personas que atendieron se dieron de alta en la Seguridad Social.
Y mientras la colocación va a media marcha, la formación va marcha atrás. Aunque el equipo de Almeida hable de recuperación e innovación, su compromiso con impulsar una cualificación acorde dice todo lo contrario.
Un ejemplo. la Agencia para el Empleo ha incidido en establecer distintos convenios orientados a la formación en el sector de hostelería y trabajos de obra, los mismos sectores que por culpa de la crisis tuvieron que prescindir de muchos empleados competentes, representando en 2021 el 86,6% de los ERTE. Llueve sobre mojado.
Otro ejemplo, con el paripé de las competencias digitales, se lanzaron programas que suenan bien en las relaciones públicas, pero que no acaban de impactar como deberían. A octubre de 2021, de las 1.250 plazas ofertadas para el itinerario formativo en lenguaje de programación, solo tuvieron 144 participantes y de las 3.000 plazas ofertadas en programas certificados de MICROSOFT, 277.
Madrid no ha llegado todavía a la verdadera conversación de la recuperación económica, porque carece de una estrategia municipal de empleo y de una gestión a la altura de las circunstancias. Por una parte sigue formando a sus trabajadores en sectores saturados, y por otra, hace apuestas tímidas -y mal enfocadas- para explorar los caminos de la innovación.
Me gustaría escribir que lo estamos logrando, que la estrategia es correcta y que nuestro potencial roza con los dedos el futuro, pero no. Estamos atrincherados en un esquema de formación y colocación que responde a los paradigmas prepandemia.
Nos guste o no, lo nuevo necesario y lo nuevo inevitable son un ultimátum: el empleo ya no es lo que solía ser, y nuestra forma de abordarlo tampoco debería serlo.