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El Silencio

viernes 10 de abril de 2020, 01:17h

Y aquí seguimos con nuestros días, con nuestras noches... ¡Con nuestra vida!

Y en este pasar de los días, hemos llegado al Viernes Santo aunque puede que no lo parezca... Pero también es verdad que ya nos hemos acostumbrado a que nada es como era, a que nuestros días no son como eran, a que nuestra rutina no es como era, a que esta realidad es nuestra nueva rutina... Y es que en la vida, te acabas acostumbrando a todo, sea lo que sea, al menos esa lección si la teníamos aprendida.

Viernes Santo, día de silencio y soledad. Me cuentan que antes, era un día de ayuno, de recogimiento, de no salir, un día sin noticias, un día de teatros y cines cerrados... Que no sonaban ni las campanas de las iglesias y pienso en otra de esas paradojas, porque parece que el COVID 19, pese a no conocer nuestras tradiciones, se quedó con esta y se la ha tomado al pie de la letra. Porque estamos viviendo días en los que en las calles sólo se oye silencio, en los bares, en los restaurantes sólo hay silencio, en los colegios sólo hay silencio, en las tiendas, en los centros comerciales, en los parques, en las peluquerías, en las empresas, en los estadios de fútbol, en las playas... ¡Sólo se escucha el silencio!

¡Qué raro es todo! En esta sociedad hipercomunicada no estamos acostumbrados al silencio. Hablamos aunque no tengamos nada que decirnos, aunque repitamos conversaciones, aunque gastemos las palabras, aunque no tengamos ganas de hablar, aunque sea la misma letaníapolítica, social o de lo que sea ¡Porque de algo hay que hablar! porque si no hablamos, tendemos a pensar que algo pasa... Y no, no tiene por qué pasar nada, el silencio es necesario. En silencio pensamos, en silencio leemos, trabajamos. En silencio nos concentramos, en silencio amamos... Hay silencios elocuentes que no éramos capaces de escuchar, porque el silencio nos incomodaba, porque un silencio continuado nos daba miedo, nos aterraba y muchas veces era mejor no oírlo, era mejor ponerle ruido. Porque el silencio nos da inseguridad, aunque estemos solos, necesitamos un ruido de fondo sin darnos cuenta de que puede que ese silencio sea el que nos permite escuchar nuestra propia voz, que igual es la que no escuchábamos y ahora es un buen momento para hacerlo.

Y es verdad que todos estamos deseando abrir la ventana y oír algo que no sea silencio. Necesitamos el bullicio de los niños en las calles, el tráfico. Salir a los bares llenos de gente, de jaleo y que no podamos ni hablar y quejarnos del ruido y de los pitidos en los atascos y de los gritos y de las bocinas y los cánticos en el fútbol y de los decibelios de la música en las discotecas y de lo alto que habla la gente en los sitios y anhelamos volver a esas conversaciones imposibles, esas de hablar todos a la vez y si es posible más alto que el otro... En definitiva, estamos deseando volver a escuchar ruido ¡Aunque sólo sea para quejarnos de él!

Por eso cuando esto pase, que pasará... recordaremos que vivimos un Viernes Santo como los de antes, de recogimiento, de silencio en las calles y no por una cuestión de fe, sino porque así lo quiso un virus, que precisamente lo que pretendía era asustarnos con el silencio y quitarnos esa fe, quitarnos la esperanza. Pero no olvidaremos que no se salió con la suya, porque vivimos más esperanzados que nunca y aprovechamos ese silencio para escucharnos, para encontrarnos, para descubrir que entre tanto ruido lo que necesitábamos era Silencio.

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