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Trabajo docente, decente

lunes 07 de octubre de 2019, 18:28h

Dos días separan el día internacional de los docentes y el del trabajo decente. No soy muy partidaria de esta forma de atajar los problemas mediante su recuerdo un día al año para dejarlo el resto de los 364 en el baúl. Pero este año he decidido conmemorar estas efemérides y hacerlo juntas, porque la ocasión lo merece y la realidad que vivimos los docentes lo exige.

Los números cantan. Aún hoy, hay 2214 profesores y profesoras menos que en 2009. Lo único que ha aumentado es la temporalidad. Hay un 62% más de profesorado interino que hace 10 años, y el profesorado con jornada parcial, que era 25.189 entonces, alcanza la cifra de 37.428 en nuestros días. Media jornada es la mitad del salario. Es decir, cobrar menos de 1000 euros o, incluso, menos de 500 cuando se trabaja un tercio de jornada.

Somos menos y más viejos. En España, dos de cada tres profesores tiene más de 40 años. Esta realidad esta muy lejos de la tasa que recomienda la OCDE a los estados para las plantillas de su profesorado: 1 profesor/a de 30 años por cada 2 que tenga 50 años. En España esta ratio se multiplica. Hay 7 profesores o profesoras con más de 50 años por cada uno con menos de 30.

Y las historias cuentan. ¿Cómo es ser profesor o profesora en España? Más horas lectivas y menos tiempo para observar, investigar, pensar, crear y elaborar que en los países con los que nos debemos comparar. El profesorado español trabajamos un 15,48% de horas lectivas más en primaria que nuestros compañeros del resto de Europa; un 6,7% en secundaria y un 9% en el resto de etapas y enseñanzas. Y guardias, hacemos muchas guardias. Además, el día a día está sobrecargado de tareas administrativas y burocráticas que, siendo necesarias, no son propias de la labor docente. Porque en España no hay suficiente plantilla de personal administrativo, ni enfermeros, ni integrador social, ni de tantos otros perfiles profesionales absolutamente necesarios en los centros educativos.

Se superan con creces las 37 horas y media de nuestra jornada oficial. Esta manera de distribuir el tiempo obliga a hacer horas extras en casa y a trabajar los fines de semana para preparar las clases o corregir o contestar correos del centro o de las familias o del alumnado. A lo que se añade un currículo que, lejos de ser flexible, es cada vez más rígido y cerrado y obliga a una sistematización burocrática y falaz en su impartición y evaluación, que obliga a la cuadratura del círculo y unos alardes tecnocráticos tan inútiles como gravosos, y sirva como ejemplo la evaluación por estándares y destrezas, mientras se pretende una enseñanza por competencias, y todo ello aderezado con unas pruebas externas que marcan el compás del curso y arrebatan la autonomía al profesorado.

Y los peligros acechan. Por si fuera poco, el lobby ultraconservador y anticonstitucional que acompaña a la ultraderecha y que sostiene los gobiernos de Madrid, Murcia o Andalucía, por ejemplo, impulsa campañas que flagelan el articulo artículo 20.2, la libertad de cátedra, y la obligación de que los valores superiores propugnados por nuestra carta magna entre en todos los centros sin excepción y rija la educación de nuestros niños y niñas, sin excepción. Emprenden campañas coactivas maquiavélicamente orquestadas para imponer el miedo, poner en el punto de mira al profesorado y asfixiar su capacidad científica y su compromiso con la convivencia democrática.

Los fantasmas del pasado vuelven, mientras que no existe un proyecto de futuro ilusionante. Las múltiples reformas educativas acometidas en nuestro país no han tenido en cuenta al profesorado. Es una constante. Se multiplican los expertos, los gurús, coaching y demás especies de ocurrentes, paradigma de la filosofía del éxito inmediato e irreflexivo, mientras el profesorado es el gran olvidado. El Estatuto Docente es una de las asignaturas pendientes de nuestra democracia, sin olvidar que debe ser fruto de un consenso real. Y así las cosas, los recortes han vapuleado la tan maltrecha docencia para convertirla una profesión proletarizada y muy precarizada. Tanto, que las administraciones han tomado por costumbre la inaudita costumbre en la administración de contratar al profesorado sin darlo de alta en la Seguridad Social o sin pagarles hasta dos meses después de empezar a impartir clase, como se acaba de denunciar en Madrid ante la Inspección de Trabajo.

Decía Aristóteles que “aquellos que educan bien a los niños merecen recibir más honores que sus propios padres, porque aquellos sólo les dieron la vida, éstos el arte de vivir bien”. ¿Honores?, ¡no hay honor sin honra, dignidad ni reconocimiento al profesorado! Y esto se materializa en estabilidad, mejores retribuciones, confianza de las administraciones en nuestra capacidad, autonomía, tiempo y horizonte hacia el que dirigirnos, un camino por el que avanzar y progresar... una profesión docente. No somos heroínas ni héroes, ni tenemos ni queremos capa. Somos simples mortales con el sueño de cambiar el mundo. Para que esto sea posible el trabajo docente tiene que ser decente.

Isabel Galvín

Secretaria general de la Federación de Enseñanza de CCOO de Madrid

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