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El espíritu que habita en Sol

lunes 20 de mayo de 2019, 07:29h

La izquierda instalada en el poder no entendió nada de la tragicomedia que se representaba en la Puerta del Sol. Miles de paseantes curiosos se acercaron al lugar para contemplar aquel espejismo risueño y doliente. Tampoco entendieron lo que veían. Otros muchos, con el puño cerrado y el corazón en carne viva, se sumaron esperanzados a la protesta callejera. En pocos días, una multitud de gentes abandonadas a su suerte, representativas de varias generaciones, participaba en las distintas asambleas que se reunían en todos los rincones de la plaza.

La acampada de jóvenes airados se había convertido en una formidable concentración humana. Los chavales se subían a los muchos púlpitos improvisados y aprovechaban el ágora popular para vocear sus proclamas reivindicativas. En Sol se iluminaron los ideales utópicos que tiempos atrás desataron los nudos de nuestra historia reciente. En Sol se debatían principios filosóficos o metafísicos mezclados sin armonía alguna con asuntos domésticos sin resolver.

En el espacio ocupado se hablaba de democracia directa, de participación asamblearia en la gestión de lo público, de sociedades sin estado, de autogestión popular, de la propiedad de los medios de producción, de la lucha de clases o de la conquista de los palacios de invierno que todavía permanecen cerrados.

Los oradores más consecuentes con la coyuntura que padecían millones de ciudadanos, ayudados por espontáneos que se alzaban en las primeras filas de la muchedumbre, exigían un futuro mejor para la juventud inerte, sin trabajo estable, precarizada y discriminada, encadenada al hogar familiar, sin posibilidad alguna de emanciparse y vivir su vida.

Reclamaban también viviendas públicas para todos, el acomodo de los desahuciados, la derogación de la ley hipotecaria y la legislación mordaza, la condonación de las deudas de las personas arruinadas por la crisis y el reparto eficaz del trabajo existente. La lista de objetivos se ampliaba cada hora: salarios y pensiones dignas, renta básica para los desfavorecidos y marginados, igualdad real entre hombre y mujeres, enseñanza gratuita en todos los niveles educativos, sanidad universal, afrontar el cambio climático y acabar con la corrupción y el derroche de los fondos públicos.

Aquel sarpullido emocional del 15-M, tan sorprendente como lógico, hundía sus raíces en los efectos devastadores de la crisis económica, los abusos de un sistema partitocrático infiltrado en todas las estructuras de poder, la ruptura de la cohesión social y en el clima de corrupción generalizada que por entonces se respiraba. Han pasado ya ocho años desde el día en que se desmantelaron los últimos tingladillos y se baldeó toda la zona. Poco se ha cumplido de todo aquello que se pedía en la Puerta del Sol. Sin embargo, despertado el alma de un pueblo resistente y luchador, todavía flota en el aire limpio de nuestra España aquel espíritu vivificador y revolucionario.

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