Pocas noticias pueden ser más tristes que la que acabamos de recibir: van a aumentar las muertes por su más numerosa causa no natural, porque ha crecido, en vez de disminuir como en los últimos años,
Sin embargo, todavía queda una minoría, pequeña pero influyente, que fuma incluso con ostentación. Hace pocos días, pasando por la Puerta del Sol, me atrajo la actitud de un hombre que reprochaba su mal ejemplo a un sacerdote con alzacuellos que iba fumando. En esas, otro sacerdote que iba a su lado, se detuvo y, en plan ostentoso, encendió otro cigarrillo diciendo: “-Yo también fumo.” La conversación subió de tono y, al advertir que se iba formando un corrillo, los clérigos se metieron en una boca de Metro.
¿Jesús fumaría? Cuando llegó el tabaco de América, un Papa que no tenía aún que enfrentarse a las multinacionales tabaqueras condenó el fumar como una forma, lenta pero real, de suicidio. Después, hasta que lo paró Francisco, el Vaticano se enriquecía vendiendo barato ese veneno a los romanos. No es de extrañar que por ese mal ejemplo -y otros escándalos que no voy a nombrar-, ese irse suicidando hasta por la calle, no pocos clérigos vayan desapareciendo, haciéndose rápidamente humo, cenizas, polvo, sin que haga falta que nos lo recuerden farisaicamente a los demás un “miércoles de ceniza”.