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Cinco meses

lunes 26 de marzo de 2018, 07:50h

Cinco meses han pasado de la llamada declaración de independencia en Cataluña, acontecimiento que por entonces vino rodeado de una tensa expectación como corresponde a los sucesos cuya gravedad nos conmueve y conmociona. En estos cinco meses, el también llamado procés ha ido declinando en su propio enredo y por una suerte de agotamiento incluso llegó a bajar posiciones en los barómetros y encuestas que registran las preocupaciones de los españoles. Comenzamos a mirar a Cataluña por el rabillo del ojo, un tanto agotados, como cuando los músculos necesitaran relajarse tras mantener durante demasiado tiempo una incómoda postura. Se convocaron elecciones y todo el mundo se temía que estas no solucionasen nada. Y así fue y así parece que va a seguir siendo si esto no se aclara y sacan de la chistera antes de dos meses a alguien que esté limpio de culpa aunque haya tirado alguna que otra piedra. Efectivamente, no hay manera de que Cataluña avance y se quite de encima el peso de tanta insensatez. Ahora como un boomerang vuelven los gritos, las tensiones y disturbios a las mismas calles que parecían haberse quedadas hastiadas. Ha sido a raíz de la detención en Alemania de uno de los políticos más extravagantes e irresponsables —sin duda dos condiciones inquietantes y peligrosas para quien pretende ejercer la política, aunque sea a distancia— que hemos tenido la desgracia de soportar tanto los catalanes —todos, incluso hasta los correligionarios de este señor— y por ende todos los españoles que no pueden dejar de preocuparse por los efectos de esa parálisis catalana cuyo insólito efecto rebote, por cierto, puede llegar a cambiar el tradicional panorama electoral de todo un país. También en cuanto la justicia ha dado un golpe encima de la mesa y se le han caído las imposturas a más de uno. ¿De verdad los que protestan por la detención del innombrable creen que se merece tanta algarabía? Cuesta creerlo cuando no solo no ha hecho más que enredar desde eso que se llama el exterior, un término que visto lo visto ha alcanzado proporciones cosmológicas indescifrables y menos ahora que ya no tenemos a Stephen Hawking para que nos ilumine los agujeros negros. Este señor de inconfundible aspecto con pretensiones de dibujo del belga Hergé —debe ser la inevitable ósmosis con el dulce refugio— e inexplicable comportamiento, dejo tirados, abandonados a su suerte, a muchos de sus colaboradores y votantes sin el menor pudor ni arrepentimiento de manera que era inevitable observar con estupefacción a quienes todavía le jaleaban, igual que se observa a esas sectas de estrambótico comportamiento. Como esos embaucadores del Oeste subidos a un carromato polvoriento —que pronto abandonó para instalarse en la mejor habitación del saloon — siguió vendiendo el brebaje del crecepelo independentista sin despeinarse apenas el flequillo. Dedicado a firmar autógrafos y escribir proclamas en las servilletas de los bares, el innombrable parecía encantado de haberse conocido si bien un murmullo de hilaridad contenida parecía quedar en el ambiente a su paso.

Mientras, en estos cinco meses, hemos tenido que seguir oyendo los mismos disparates amplificados después del encarcelamiento de consejeros que no por estar avisados siguieron con el enredo. Algunos incluso han pretendido justificarse tras un impostado heroísmo apelando a una lloriqueante lírica de resistencia injustificada. Siguen sin entender, o no tienen intención de hacerlo, que a nadie se le persigue por sus ideas políticas en España sino por su forma de querer imponerlas al margen de la ley y todavía se proclaman exiliados faltando así al respeto de aquellos que por desgracia alcanzaron tal categoría en una época en la que solo por pedir unas elecciones, esas mismas que ahora tantos parecen desperdiciar y estragar, podías ir atado de pies y manos a la cárcel. No digamos qué podía ocurrir si te definías como independentista. Estos ahora felizmente pueden así expresarse sin temor a las represalias por serlo —si no fuera así cientos de miles de ciudadanos abarrotarían juzgados, celdas y penitenciarias— en las urnas y en las calles. Y ya puestos a apelar a la heroica solidaridad de los más allegados e infligidos más les valdría a más de uno, y de una, no hacer las maletas con insólita inoportunidad justo cuando los compañeros de extraño viaje están a punto de quedarse sin billete, varados en el andén con las maletas abiertas y las ganas de exiliarse en el bolsillo.

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