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El gatopardo en el Nou Camp

martes 12 de septiembre de 2017, 07:43h

En uno de los anuncios legendarios –y visionario- de los noventa un anciano perdido en la soledad de un pueblo abandonado preguntaba: ¿Y el Madrid qué, otra vez campeón de Europa? Quizá dentro de unos años un anciano Puigdemont, en la soledad de una masia, tocado con una barretina pregunte al visitante: ¿Y el Barça qué, otra vez campeón de Cataluña? Ficticia consecuencia si el procés adquiere finalmente cuerpo y forma a partir del día uno de octubre. Algo difícil pues lleva camino de convertirse en un fenómeno de culto, finalmente un tanto incorpóreo, como si formara parte de algún rito pagano como la procesión de Genarín en la Semana Santa de León. Flaco favor han hecho los independentistas al independentismo en esta semana insurgente, seguramente siete días que no han cambiado nada; en todo caso la percepción del fenómeno, ahora definitivamente, ajeno y antipático para muchos de los que al menos lo observaban con el beneplácito de la indiferencia. Ni los independentistas se merecían esta chapuza. Pero ahora, aun por encima, con el fútbol hemos topado. Y esas son ya palabras mayores. No es verdad que dé igual en qué liga juegue el Barça, como no lo sería en el caso ya no del Real Madrid, por supuesto, sino de cualquier equipo de esos que los niños coleccionaban con cariño y obstinación en aquellos álbumes convertidos en relicarios. La fingida indiferencia con la que algunos, políticos o no, parecen observar el escenario apocalíptico de una Liga de fútbol y una Champions sin el concurso del Barça se parece demasiado a la fingida y temblorosa indiferencia – a juzgar por reacciones que buscan ya el amparo de la ambigüedad, como la alcaldesa Colau- con la que muchos observan las consecuencias políticas y jurídicas del disparate. Probablemente lo del referéndum se quede en un gesto, en una escenificación de “La huída hacia delante”, más que “El viaje a ninguna parte”, dejemos a Fernán Gómez en paz. Pero, en verdad, todo esto se parece demasiado a una obra de teatro estrenada de manera errática con actores aficionados que no parecen saberse el texto y lo han suplido y adaptado malamente a capricho. Quién sabe si incluso eso es justo lo que en el fondo pretenden: unos, para cumplir con los plazos del compromiso, la fecha de estreno, a sabiendas de que no es posible ni siquiera sensato pretender que permanezca en cartel una semana. Que no sea porque no lo hemos intentado, dirán. Otros, porque al final no les viene nada mal cubrirse de las esencias nacionales; un manto con el que tapar otras vergüenzas. Qué a gusto se le ve a Rajoy palmeado por Sánchez y Rivera mientras Iglesias se sume en el desconcierto.

El caso es que si a muchos independentistas, convencidos y ya no digamos indecisos, y al soci en general, se les dijera, de verdad de la buena, que el Barça se iba a quedar sin Liga, sin Champions, por no decir esa Copa del rey tan denostada y silbada pero por la que al final se parten el alma, a saber si no cambiarían el voto. Y no digamos ya sin el Clásico, consuelo de tantos, que de momento, y ya es mala leche, lo han puesto para la víspera de Nochebuena a la infame hora de la una de la tarde, puede que contagiados por tantas prisas. (Nadie parece haber reparado en el riesgo de sentar a la mesa navideña el tema catalán con, a los postres, las incidencias de un Clásico.)

Lo peor sería quedarse sin Messi, que, como todo el mundo sabe menos Bartomeu, está claro que no acaba de firmar en espera de conocer en qué país va a jugar.

Así que, al final, como siempre, prevalecerá la sentencia de Lampedusa en “El Gatopardo”: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

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