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El final del verano

lunes 19 de septiembre de 2016, 07:50h

Se desplomó fulminado el verano, exhausto por sus propios excesos. Un verano, espléndido y refulgente, como está en su naturaleza en tantas cosas, y tan mezquino y triste en tantas otras de su reverso. No hay verano sin fuego y sin tragedia, de modo que no han faltado a su cita los incendios pavorosos que devoran casas y bosques enteros provocados por manos asesinas. No parece posible que el verano se marche sin que se cobre alguna tragedia, alguna víctima, también de nuevo en esos trenes en Galicia, incapaces de llegar a su destino. Ni que dé tregua la violencia contra las mujeres. O se acabe la discusión sobre si acosar, apalear, incendiar el cuerpo de un animal es maltratarlo en tumultos enloquecidos que se disfrazan de fiestas. Fiestas y verano donde desaparece siempre alguna joven, como Diana Quer cuyo caso ha superpuesto sin querer a la España todavía negra y a la España rosa; la crónica de sucesos y la llamada del corazón. Un verano en España, repleto de gente de fuera que ya ha aprendido a pelear a sombrillazos por un pedazo de arena en la orilla, atendidos por gente que sale y luego vuelve a entrar en las listas del paro. Regresan a poder ser con las alforjas algo más llenas para afrontar el largo invierno. Un verano que termina como empezó, por supuesto aún sin gobierno y con la política produciendo un cansancio infinito, quién sabe si un desapego irreparable.

Ya apenas la política se entromete en las conversaciones, en las tertulias sofocantes como si efectivamente diese igual que exista o no ese gobierno imposible. Total, seguimos caminando. O eso parece que nos intentan enseñar. Incluso el FMI nos dice que tampoco es para tanto y que vamos por el buen camino. Habrá que creerlo, no en vano ellos se denominan “El Fondo” y al parecer aún no lo hemos alcanzado aunque estemos en ello. España pierde peso internacional por causa de la dieta a la que nos someten nuestros políticos, deslumbrados y paralizados en medio de la carretera por los focos de las elecciones vascas y gallegas. El resultado parece tan cantado que sólo queda la incógnita de hasta dónde desafinaran esta vez las encuestas, algunas otra vez con el huevo Kinder del sorpasso.

Ese nuevo género denominado “Conversaciones para formar gobierno” apenas interesa ni a los adictos a la novela negra. Los chascarrillos intermitentes como rescoldos de los políticos se escuchan con esa mezcla de inquietud y resignación. La misma con la que percibimos de noche el ruido de muebles en el piso de arriba o las disputas del vecino. Somos un país inquieto y resignado a través de las paredes, por las cuales se entrometen los sondeos electorales que rezan lo mismo como si fueran salmos. Y el sismógrafo de la intención de voto aún titila a pesar de todo aunque cada vez se parecerá más a la línea horizontal del electrocardiograma. Todo para decirnos lo mismo: que somos lo que votamos o votamos lo que somos, que no es lo mismo pero es igual. No les importa. Ellos a lo suyo, por si cuela, como lo del ministro Soria que se quitó el bigote para no parecerse tanto a Aznar y que se lo quiso montar mientras sus jefes hacían la vista gorda. Con Rita, enrabietada porque nadie comprende que su afán por agarrarse a su acta de senadora no es más que por ese bien común que, como todos sabemos, justifica toda vocación política. De momento, es la única que se ha atrevido a espetarle a Rajoy que no tiene autoridad alguna. Y hay dudas de que lo hiciera sin haberse pasado de la raya de su militancia. No hay mayor muestra de complacencia que definirse a uno mismo sin tapujos. Rita ha conseguido que Rajoy lo haga. Y no es fácil encontrar tan expresivo y contundente al presidente en funciones. Sin duda merece ese aumento de sueldo que, según calculan los envidiosos, le proporcionaría su pase al grupo mixto. Genio y figura.

Es bueno que se haya presentado de pronto este fresquillo otoñal que anuncia la llegada de su hermano mayor, el General Invierno, de la mano del viento purificador. Un frío desubicado e impaciente por presentarse, como si asistiese a un evento para el que no piensa respetar su turno en la cola.

Pero, ojo, que aún nos quedan los veranillos de San Miguel… y San Martín, también es verdad.

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