viernes 18 de junio de 2010, 00:00h
Actualizado: 28/06/2010 16:59h
A veces la muerte llega y te deja sin excusas. “Pero si no estaba enfermo”, “pues no era tan mayor”… los tópicos no te sirven. Lógico; Saramago era el antitópico. Pero cuando alguien está en plenitud de facultades mentales, con esa extrema lucidez que da el reposo de los años y la experiencia acumulada, que le llegue la muerte da mucha rabia. Uno siente como si le hubieran robado lo mucho que aún tenía que ofrecer esa persona. Como si se lo hubieran llevado antes de tiempo.
En 1997, Saramago firmaba en la Feria del Libro de Madrid. La mañana era luminosa y cálida, como procede en el mayo-junio capitalino. La caseta estaba prácticamente desierta. Y Saramago esperaba, con esa mirada de calma que dulcificaba todo lo que tocaba. Le dije a mi acompañante: “Fíjate, ese señor va a ser premio Nobel”. NO es que yo sea muy lista; estaba cantado ya entonces. Me acerqué y me firmó un par de libros. Al año siguiente, en efecto, ya era Nobel, y cuando volví a verle, ya no estaba solo.
Me recuerdo leyendo sus reflexiones sobre las frutas que ya no huelen, sobre el mundo intuido desde la más profunda de las cegueras, sobre esa vida rural trasladada a un brutal futuro urbano… Saramago estará también siempre vinculado a nuestra memoria colectiva con esa anécdota –al parecer falsa- sobre Esperanza Aguirre y su nombre reconvertido. Parecía buena gente, y seguramente lo era. Lástima que la muerte no haga distingos.