Era lo que le faltaba a Mbappé: protagonizar una gran noche europea vestido de blanco. Ya hace tiempo que se encontró a sí mismo y hasta había conseguido su primer hat-trick. Pero lo de ayer fue otra cosa. Una actuación de elegido, de “puedo yo solo”, de esas que hasta ahora sólo le habíamos visto con el PSG.
Se diría que él sólo bastó para eliminar al Manchester City, pero la expresión mitigaría el repaso antológico que el Madrid pegó a los de Guardiola. En la ida quedó claro que este no era el City de otros años y que su pena en la Premier no era una casualidad, con algún jerarca más pa’llá que pa’acá y una defensa con la solidez de un vaso de porcelana. Pero ni siquiera las buenas sensaciones y el resultado favorable de la ida permitían intuir un equipo tan deshecho.
El Real Madrid de Ancelotti volvió a dar una exhibición. A la altura de la del Etihad y –esto es lo llamativo– de un nivel de excelencia que no ha alcanzado contra ningún rival de la Liga. Fueron sólo tres pero pudieron ser más de no ser por el aburguesamiento al que se entrega el Real cada vez que se sabe ganador. No hay una gota de mala sangre en este club.
Ya en el minuto tres se supo que no había más eliminatoria, y no sólo por el gol de Mbappé, sino porque al Bernabéu viajó un equipo que no existía. El dominio del Madrid era tal que parecía que fuese capaz de hacer con su rival lo que quisiera. Que si por la derecha, que si por la izquierda, que si ahora te ataco, que si ahora me apetece alargar la posesión… El City era un trapo inerte a merced de la clemencia de su dueño, ¡del dueño de Europa!
Como digo, no hizo falta que llegaran el segundo y el tercero para dar por finiquitado el cruce, pero sí llegó un punto, ese en el que el Madrid se dejó ir, sonaron los olés, y Carletto empezó a hacer cambios para la ovación, en el que el espectador asistió a lo que parecía el fin de una época. La caída de esa potencia, diseñada y liderada por Guardiola, que dominó Inglaterra durante una década y se quedó a las puertas de hacer lo propio a nivel continental, (casi) siempre frenado por ese reino que se ha encargado de mantener el viejo orden mundial y que, anoche, terminó de liquidar a la que ha sido su mayor amenaza.
Quizás haya sido este el último de los ‘Clásicos modernos’. El Madrid, sin embargo, no sólo sale de este playoff con 180 minutos de más en las piernas, sino también con la imagen reforzada y el estatus de candidato y rival a batir. Más aún con un Mbappé a nivel Balón de Oro.
Decía Sanchís en la Cope, unas horas antes del partido, que si Asencio no era titular, se iba del estadio. Así de claro tenía el madridismo el nivel de su joven central, pero su partido de ayer fue la consagración total. Por si su calidad defensiva no fuera suficiente, dejó a Mbappé delante del portero con una asistencia desde 40 metros (como aquella que dio el día de su debut).
Fue también una noche importante para Ceballos, que terminó de despejar las dudas de los pocos burros que seguían sin terminar de verle como titular. Ya no hay quien lo mueva, o al menos no debería. Así lo reconoció el Bernabéu, que le regaló una ovación memorable.
A su lado, Tchouameni completó un gran partido (lleva ya un mes a un nivel muy digno) y Bellingham volvió ser el jugador total. Vinicius, que estuvo activo, no tuvo la suerte de otros días, pero exhibió su imparaibilidad en un arranque en el que el rival no pudo frenarle sino agarrándole de los pantalones; y participó en la jugada del 2-0. Recibió tras un buen desmarque y encontró a Rodrygo, que entraba por dentro. Este prolongó a Mbappé y el francés hizo el segundo (32’) después de romper en dos a Gvardiol (que, por cierto, fue lo más digno de su equipo).
El tercero de Mbappé fue tan bonito como el segundo. Cogió el balón en el pico del área, encaró a su par, amagó con una bicicleta con la que salió hacia dentro y la colocó con la zurda rasita al palo largo (60’). Hat-trick. Había estado a punto de meter otro unos minutos antes, al remate de un pase que Valverde metió, tenso, entre defensa y portero, a lo Roberto Carlos.
Fue retirar a Kylian del campo y terminarse el partido. Primero, empezó a circular sin mirar a portería, por desangrar el partido, y luego regaló 10 minutos al City para que hiciera lo que pudiera, obligándolo cruelmente a intentar salvar una vida que ya estaba perdida. En el último minuto, Marmoush lanzó una falta al larguero y Nico González empujó el rechace a gol (93’), pero no fue más que una anécdota para maquillar el marcador.
Ya no había más daño por hacer. Guardiola volvió a sucumbir frente al Madrid, quién sabe si por última vez al frente de un City –su City– que anoche pareció dar el canto del cisne.