Ahora que ya se nos ha puesto tan mayor, resulta todavía más admirable la tremenda energía de este genio llamado Woody Allen. Él lo atribuye a su genética familiar pero su hiperactividad parece reafirmar las teorías de los que sostienen que es mejor envejecer en activo. Que se lo apunten los que pronto tendrán que discurrir nuevas leyes y los que desprecian el valor de la experiencia.
Su prolífica carrera disfrutó de algunos de sus títulos más logrados precisamente en esa década, la de los ochenta, que ahora él inicia en edad provecta. Década fructífera que inició justo después de “Manhattan”, la película que dio un nuevo impulso a su filmografía y que él por cierto no tiene entre sus favoritas. Quizá por esa radicalidad crítica consigo mismo o porque era difícil superar el listón después de “Annie Hall”. A esos años pertenecen la “felliniana” “Recuerdos”, la innovadora“Zelig”, la nostálgica “Días de radio…Ya a mediados de los ochenta filmó la maravillosa “Hannah y sus hermanas” que es un compendio del Allen afligido pero también del más alegre y hasta romántico. Es una película que reproduce fielmente ya no su estilo sino su manera de entender la vida; una manera finalmente melancólica como no podía ser de otra forma en un cómico. Hay muchas secuencias antológicas en ella y no es la menos memorable aquella en que Michael Caine regala ese hermoso poema de E.E. Cummings que Bárbara Hershey recita: “….algo me dice que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas. Nadie, ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas”…He aquí al Woody Allen más emotivo y romántico. Pinceladas no tan frecuentes en su filmografía. Otra secuencia inolvidable supone todo un compendio de su punto de vista más reconocible.
Agobiado por los fantasmas de la hipocondría, convencido de padecer un tumor cerebral su personaje acude a un neurólogo quién efectivamente le confirma los peores augurios en la consulta ante la fatal radiografía. Ocurre empero que Allen nos ha engañado y que todo acaba siendo una tétrica fantasía y lo que acabamos viendo de verdad es cómo el médico le da la extraordinaria noticia de que está como un roble. El siguiente plano es Allen brincando por las calles como el Gene Kelly de “Cantando bajo la lluvia”. Pero de repente, como bajo el influjo del espectro de Ingmar Bergman, al que tanto ha frecuentado el cineasta, se detiene como fulminado en la acera y terminará reflexionando con incontestable certeza de que “esta vez” todo ha ido bien y se ha salvado pero que llegará el día en que “eso ya no será así”. Luego asistiremos a una hilarante sucesión de pasajes en los que nuestro Allen se dedica a catar religiones en busca del consuelo ante lo irremediable. Ese personaje omnipresente en su filmografía: La muerte. Pocas veces en una pantalla hemos visto reflejada sin solemnidades, de manera divertida, y tan bien resumido, el pavor eterno del hombre ante la muerte, la fragilidad de nuestra existencia y hasta de nuestras alegrías y el consuelo ancestral que buscamos en la religión. Y lo hizo uniendo en espiral dos extremos de su estilo, desde las bufonadas iniciales de “Toma el dinero y corre”, “Bananas”, “El dormilón”etc, hasta ese pesimismo que comparten “Delitos y faltas” –luego años después casi parodiada en “Misterioso asesinato en Manhattan”- o “Match Point”. Y eso por citar solo algunas de sus obras maestras.
Es verdad que Woody Allen parece haber entrado en los últimos años en una cierta relajación -¿cansancio de un octogenario tal vez?- pero no es menos cierto que cualquier dosis pequeña de su talento da mucho más de lo que otros llegan a dar con mucho más boato. Si perdonamos recientes patinazos como “Vicky Cristina Barcelona” o “A Roma con amor”, ambas con destellos de genio e ingenio, también apreciaremos maravillas como la gozosa “Midnight in Paris” o más recientemente la desolada “Blue Jasmine”. Siempre fiel a si mismo, Allen pasa de la luminosidad de su contagioso humor optimista a las más profundas tinieblas de su desazón. Así ha ido fluctuando toda su filmografía, que parece rodada bajo la nítida impronta de sus extremos estados de ánimo.
En estos días de homenaje, unámonos todos en el deseo de que tengamos Woody Allen para rato y que sus ochenta sean, gracias a los milagros de la nueva longevidad, como los cincuenta o sesenta “de antes”. Que su inagotable inteligencia se mantenga en el tiempo y que su obra se eternice en una de sus célebres máximas cuando dice no temer a la muerte, aunque diga “preferir no estar allí cuando suceda”. Sin duda su grandiosa obra hará por esta vez realidad la fantasía, como si de la pantalla surgiese él mismo al igual que Jeff Daniels en “La Rosa Púrpura del Cairo” y se siente por siempre a nuestro lado en su butaca preferida.