Deseo, respeto
miércoles 01 de julio de 2015, 09:55h
Actualizado: 01/07/2015 10:03h
Ondea la hermosa bandera del arco iris en Madrid, oteada desde todos los rincones del mundo. Hace un año, como harán ahora, algunos políticos y sindicalistas se hacían selfies con fornidos gladiadores, recios legionarios con bigotes de antaño, marineros bulliciosos como salidos de una novela de Genet y hasta faunos de discoteca por no decir quiénes no iban disfrazados de nada, es decir en pelota picada, fotografiados sin pudor en la Plaza de Colón ya al atardecer como indígenas felices justo antes de ser, nunca mejor dicho, colonizados. . Es tal la galería humana que puede encontrarse en la cabalgata del orgullo gay que yo llegué a contabilizar al menos cuatro sexos distintos. Luego, hechas las fotos, esos políticos y sindicalistas hicieron discreto mutis por el foro sin apenas llegar a Cibeles desde Atocha. Tendrían otras cosas mejores que hacer pero este año de elecciones pasadas y venideras hasta han clavado esa bandera en el paisaje humeante tras la batalla. Son como conquistadores de otros mundos que ahora saben ya muy bien que están en éste. Se han quitado el taparrabos de las tertulias de la tele y se han puesto el uniforme con el que bajarán hasta las trincheras.
En estos días en los que la palabra igualdad será tan sensatamente reclamada conviene recordar que esa igualdad está muy lejos de cumplirse, incluso entre algunos de los que la proponen. Las burlas y chistes zafios sobre los homosexuales se mantienen como enfermedades sin cura. Las palabras maricón o bollera son utilizadas como insultos de manera que todavía hoy en día suponen un mal augurio. La periodista Sandra Barneda denunciaba hace poco haber sufrido discriminación laboral por ser lesbiana y afirmaba entre otras cosas no creer en los lobbys. Barneda tiene razón y es algo que debería ser desterrado del comportamiento muchas veces subterráneo de las empresas. Obviamente que en menor medida, o mejor dicho en alguna medida, esa discriminación existe en la dirección inversa, es decir infligida a heterosexuales. Por desgracia, no tanto por no creer en los lobbys se ahuyenta su existencia. Si bien, ya digo, que en la encarnizada y cruel persecución a los homosexuales de la historia más negra de la humanidad, sería absurdo contraponer la que puedan sufrir ocasionalmente los “heteros”, lo que nos debe hacer estar siempre vigilantes, es el severo cumplimiento de esa igualdad como sagrado concepto. Advertir y denunciar cualquier síntoma aun ocasional que la amenace en cualquiera de los sentidos y orientaciones. No hay igualdad si antes no existe y permanece el respeto mutuo.
Hace poco, pude ver con lamentable retraso, “La vida de Adèle”, película que no habla de amor homosexual, o no sólo de ello, sino de amor en su más amplia, generosa y terrible dimensión. Rodada con implacable mirada de cirujano, la cámara no abandona apenas a las jóvenes protagonistas. Escruta a esa pareja y nos hace cómplices de sus emociones seamos hombres o mujeres. Por eso, con buen criterio, con más motivo su director no aparta la cámara cuando la pareja hace el amor en largas escenas que provocaron polémica. Aunque la película obtuvo excelentes críticas y buena y sentida acogida general entre el público, no faltaron voces, también en llamativa medida desde colectivos de lesbianas, que la tildaron de exhibicionista, machista y pornográfica. En suma, algunas mujeres sospechaban de las intenciones del cineasta, un hombre, sólo por mostrar cuerpos desnudos, de mujeres, amándose. Si bien es verdad que muchas veces la diferencia entre erotismo y pornografía está efectivamente en nuestra propia mirada, las largas escenas de amor físico de “Adèle” eran cualquier cosa menos sucias o malintencionadas. Así, esas críticas devenían en lúgubres en el fulgor de la pasión y, tal vez peor, en mojigatas y confundidas en la ofuscación de las etiquetas y las tinieblas de la intolerancia. Tiene razón Barneda. Y yo espero ahora de su comprensión y sentido del humor que no se moleste si admito que, además de estar atento a sus palabras y a su eficaz trabajo , mi condición de heterosexual obstinado no me impide también estarlo de sus bellos ojos y de sus piernas. En la espléndida “Odio en las entrañas” del injustamente olvidado Martin Ritt, Richard Harris confesaba a una atribulada Samantha Edgar: “¿Acaso cree usted que donde hay deseo no hay respeto?” Así que parafraseando también a otro cineasta de la tolerancia como Ang Lee: “Deseo, respeto”, que no peligro. No parece mal lema para estos días.