Anda suelto un loco. Un depredador peligroso. Hasta el momento, ha atacado ya a cinco criaturas, causándolas daño físico y moral. Y ha conseguido aterrorizar a miles y miles de personas, que ven cómo sus acciones se repiten sin que, aparentemente, se consiga avanzar en su localización.
Si hay algo que nos aterra hoy en día es el daño causado a los niños. En nuestra sociedad, hiperprotegemos a los pequeños: cuando nuestros padres -no digo ya nuestros abuelos- nos cuentan cómo se criaron ellos, desde qué temprana edad tenían que enfrentarse a las penurias de la vida, y comparamos esa situación con la actual,en que los niños no juegan solos en la calles -por supuesto-, y siempre están bajo nuestro control... se ve claramente de qué enorme tamaño ha sido el cambio de actitud.
Muchos de nosotros nos criamos en la calle. Corríamos de la mañana a la noche, sin apenas pasar por casa salvo a la hora de la merienda y cuando las mamás se asomaban a los balcones y nos llamaban a gritos porque ya era tiempo de comer, de cenar o de recogernos. Por supuesto que había peligros, siempre ha habido mala gente por el mundo. Pero la sensación de terror no era tan grande como la que ahora atenaza a muchos barrios de la capital. Tal vez porque tenemos acceso a más información. Tal vez porque el horror es inevitable cuando descubres que la fiera ha sido capaz de bajar hasta ese parque en que has jugado tantas veces, tocando con sus manos esos columpios donde hasn montado a tus propios hijos.
Es precisamente es a esa infancia a la que tanto cuidamos, y que tanto alargamos en el tiempo -todo lo que podemos-, a la que ataca este depredador, sin que al parecer se apague su sed. Confío en la actuación de los especialistas de la Policía. Confío en sus conocimientos, en su larga experiencia, y en su instinto. Espero que le cojan pronto, sea quien sea, para que todos, pero sobre todo los que tienen niñas de corta edad, puedan dormir tranquilos.