El enfrentamiento entre bomberos y agentes del Cuerpo Nacional de Policía de hace unos días no habría pasado de ser una anécdota si no fuera por quienes pusieron gasolina a la situación. Ambos cuerpos están muy acostumbrados a trabajar bajo presión, a encontrarse frente a problemas, y a salir de situaciones espinosas. Que en un momento dado, por diversas circunstancias, se juntara el hambre con las ganas de comer y aquello acabara en trifulca, con un bombero detenido, y con empellones, voces y gestos que todos pudimos contemplar en los vídeos que circularon desde el minuto uno, no le resta ni un ápice del carácter de anécdota que ha tenido el incidente. Aislado, como han reconocido Bomberos y Policía.
No digo yo que nadie quisiera sacar las cosas de quicio, pero sí puede que haya quien actuara movido por un interés notorio por dar publicidad al asunto. Desde luego, mucho más allá de lo que la prudencia aconsejaba, tratándose de dos cuerpos que se ocupan de la seguridad de los ciudadanos y cuya labor ejemplar en general no puede ni debe verse siquiera ligeramente sombreada por unos actos como los que sucedieron.
Claro que hay decisiones que ayudan. No sé de quién dependió que el bombero detenido se pasara casi 24 horas en esa situación, dando lugar de paso a que sus compañeros estuvieran concentrados en la puerta y a que los ánimos pasaran del templado al caliente. Me da la impresión de que una llamada entre cargos públicos podría haber resuelto la situación en mucho menos tiempo, evitando que la tensión creciera. Porque creo que ese debía ser el objetivo ¿no?, rebajar tensión y que la relación entre ambos cuerpos volviera a la normalidad habitual cuanto antes. Lo contrario no es bueno para nadie, ni se le puede sacar ningún rédito.