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Fama, lana y vino Mariani

domingo 02 de agosto de 2020, 20:58h

Un viejo refrán hispano reza que “unos tienen la fama y otros cardan la lana”, para significar que, entre otras cosas y con frecuencia, la maledicencia otorga injustas notoriedades a determinados personajes, con la deliberada intención de desacreditarlos públicamente, mientras que otros, a los que la misma nombradía les vendría al pelo, se escapan de la historia de rositas.

Es el caso y en referencia a la incontrolada afición a la bebida de dos “Pepes”, José Bonaparte, rey de España entre 1808 y 1813, que ha pasado a la historia como “Pepe Botella”, siendo como fue un abstemio total, y el pensador, escritor, poeta y político José Martí, a quien en su día se le colgó el sambenito de “Pepe Ginebrita”, cuando en realidad fue un más que prudente y exquisito catador de los reputadísimos Tokay o Tokaji.

A mayor señalamiento, los entendidos en esos excelsos vinos húngaros, como lo fue Martí, poseen paladar suficientemente informado para distinguir “puttoyos”, lo que, aunque a primera oída suena bastante casquivano, significa calcular con precisión el número de cestas con uvas atacadas por el hongo Botrytis cinerea que contenía cada barril, el poeta era conocido por su afición al vino que inventó el químico corso Angelo Mariani en 1863, mezclando buenos vinos de Burdeos con extracto de hoja de coca.

Su fórmula, bautizada como Vin Mariani, consiguió un éxito inmediato y aquello animó al químico italo-francés a desarrollar una línea de producción sobre la misma base de pastillas, elixires e infusiones, aunque el buque insignia de la firma siguió siendo el vino, hasta que a en la primera década del siglo XX se descubrieron los indeseables efectos sobre el sistema nervioso central del clorhidrato de cocaína. La venta del Vin Mariani se prohibió poco antes del fallecimiento de su inventor y coincidiendo con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Razones había a partir de que ya se sabía lo que se sabía, porque aquel vino tenía una densidad de cocaína de entre 6 a 7 miligramos por onza, pero cuando empezó a circular por el ancho mundo y en su largo caminar por la segunda mitad del siglo XIX fue considerado como tónico potente, preventivo de resfriados, reconfortante en largas convalecencias, y especialmente indicado para neuralgias, problemas de insomnio y fatiga mental.

Parece que a José Martí le gustaba el Vin Mariani y eso fue torticeramente aprovechado por sus detractores para procurarle descrédito y fama dipsómana. Lógicamente, tuvieron que dejar a un lado el hecho de que fuera la bebida favorita de, entre otros, el presidente de USA William McKinley; el escritor Émile Zola y su compatriota el poeta Paul Verlaine; el neurólogo y padre del psicoanálisis Sigmund Freud; el pionero de la aviación Louis Blériot; el literato y visionario Jules Verne, un auténtico fanático de este vino al punto de afirmar que podía alargar la vida hasta cien veces; el inventor Thomas Alba Edison; el novelista Alexandre Dumas; el dramaturgo y poeta noruego Henrik Ibsen; los inventores del cinematógrafo Louis y Auguste Limière; el periodista francés Henri Rochefort; el comandante general del Ejército de los Estados Unidos al final de la Guerra de Secesión y decimoctavo presidente de Estados Unidos Ulises S. Grant, quien, por consejo del escritor Mark Twain, tomaba a diario una cucharada del vino mezclada con leche para combatir los dolorosos síntomas del cáncer de garganta que padeció en los últimos años de su vida; la actriz Sarah Bernhardt; el ensayista británico Robert L. Stevenson; el Gran Rabino de Francia Zadoc Khan; el fundador de la neurología moderna Jean Charcot; el Príncipe de Gales, la reina Victoria, el zar Alejandro II, el rey Alfonso XIII, el Sha de Persia o del Papa León XIII, quien prestó gustosamente su efigie para la etiqueta y concedió una medalla de oro al inventor, en reconocimiento a la capacidad de esa bebida para: "… apoyar el retiro ascético de Su Santidad”.

Un artículo firmado por el periodista Emile Gautier en el diario francés Le Figaro, resumía el sentir generalizado del momento: "He aquí un licor exquisito, un cordial a la vez incomparable y un regalo digno de los dioses, algo semejante -¿quién sabe?- al viejo néctar olímpico, cuya receta, extraviada desde hace muchos siglos, habría sido encontrada en los archivos de los incas de la prehistoria por un sabio que es al mismo tiempo un poeta”.

Al máximo símbolo de la independencia cubana y Héroe Nacional de la República, como a tantísimos notables de su tiempo, es forzoso insistir, le encantaba el vino Mariani, pero al mismo tiempo era muy consciente de los peligros derivados del consumo inmoderado de alcohol, tanto para el adicto como para sus familiares y entorno social, y dedicó al tema varios de sus artículos en los que se pone claramente de manifiesto de que estaba al tanto de los últimos “avances de la ciencia”.

Martí plantea sus serias dudas sobre la eficacia real de métodos como sangrías locales, aplicación de ventosas secas o sinapsis en la nuca, o inyecciones subcutáneas de alcanfor, licor de amoniaco cáustico y éter. Considera en sus escritos y aboga por la prevención como línea de trabajo fundamental para combatir esta lacra social: “… la medicina verdadera es la que precave”.

Pues nada, al final, la china y las pelusas de la historia le fueron a caer al bueno de Martí. Cosas de la fama y del cardado de lana.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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