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'¿Cómo nos afectará económicamente la invasión de Ucrania?', por Joaquín Galván

Por Joaquín Galván Vallina
martes 01 de marzo de 2022, 10:26h
Actualizado: 02/03/2022 19:52h

Lo más importante es lo primero, y ya desde los orígenes de la economía como ciencia, se estableció para las naciones la preeminencia de la defensa sobre la economía y demás consideraciones.

Efectivamente, Adam Smith, en su obra “La riqueza de las Naciones” se refirió en el siglo XVIII a las obligaciones que tendrían que cumplir las naciones en materia de defensa: “La primera obligación del Soberano, que es la de proteger a la sociedad de la invasión y violencia de otras sociedades independientes, no puede desempeñarse por otro medio que el de la fuerza militar.”, del mismo modo, añadió que “En las guerras modernas… es evidente la superioridad de una nación opulenta y civilizada, sobre otra pobre y menos culta”.

Estas dos premisas, pese a ser enunciadas en el siglo XVIII siguen vigentes en la actualidad; de tal modo que las naciones tienen que proteger militarmente a sus habitantes por encima de otras consideraciones; por otro lado, sigue siendo evidente la superioridad militar de las naciones conforme son más desarrolladas y mayor es su potencial económico y tecnológico.

La semana pasada, tuvo lugar el comienzo de la invasión de Ucrania por parte de Rusia y, como en tantas otras ocasiones, mucha gente había pensado aquello de “esto no puede pasar aquí ni en este siglo”. Pero ha pasado, y nos planteamos qué influencia tendrá sobre la economía.

Efectos económicos de la invasión

A corto plazo, se están viendo los primeros efectos sobre los mercados financieros. Como es habitual en estos casos de conflagración, los capitales huyen hacia los llamados valores refugio. El oro es el valor refugio por excelencia, y también otros valores que vayan a mostrar una especial estabilidad, como es en este caso el dólar y la deuda soberana. Del mismo modo, como se preveía, vemos que están subiendo el crudo y las materias primas, alimentando la escalada inflacionista. Todo ello en un proceso de inflación creciente, que en España ha situado el IPC adelantado de febrero en un 7,4% (niveles que no se veían desde 1989).

Con referencia a los mercados bursátiles, estamos asistiendo al esperado aumento de la volatilidad, con caídas de forma generalizada (aunque hay una parte ya descontada en las últimas semanas). Las bolsas son muy reacias a una situación de elevada incertidumbre, y se prevé que se mantenga esta volatilidad a medio plazo. En situaciones de conflicto bélico significativo, los mercados de renta variable no se vuelven a estabilizar hasta que no hay certeza del desenlace del mismo (no hace falta que haya terminado, sino que se sepa cómo va a terminar). Estos movimientos pueden acentuarse conforme se aplican las restricciones económicas a Rusia y esta tensión incide al alza sobre la inflación de la energía y las materias primas.

En política monetaria, la Reserva Federal comenzará previsiblemente en marzo a subir tipos. El Banco Central Europeo, por su parte, tiene el mandato de llevar la inflación a una tasa igual o inferior al 2%, con lo que la situación actual se muestra peliaguda: corre el riesgo de sofocar la incipiente recuperación económica de la zona euro tras la pandemia si reorienta su política monetaria hacia una aplicación más restrictiva, o de que se le vaya de las manos la inflación esperando a diciembre para su anunciada subida de tipos. En cualquier caso, parece que actuará con cautela, evitando retirar estímulos hasta que se pueda vislumbrar con claridad la evolución del conflicto.

Rusia tenía previsto que se le impusieran sanciones económicas, y planificó medidas para contrarrestarlas, como la creación de un fondo de reserva en su banco central o -previendo el cierre que se ha producido para esta nación del sistema de pagos internacionales Swift- mediante la preparación de su propio sistema, SPFS, que supliría en parte al occidental. A corto plazo, puede sortear con cierto éxito las sanciones que se están imponiendo, pero a medio y largo plazo el daño sobre su economía será más importante.

A medio plazo, Europa también se va a resentir de la pérdida de Rusia como cliente y, más aún, como proveedor, especialmente de gas natural (un significativo 45% de las importaciones de la UE), carbón y petróleo crudo.

Tendencia estructural

Las generaciones europeas de la posguerra mundial se podían plantear racionalmente, tras la devastación que supuso el conflicto, un futuro en paz sin que la guerra fría llegase a generar otra conflagración sobre las cenizas de la anterior. Posteriormente, con la implosión y descomposición de la Unión Soviética, el mundo pasó a ser unipolar, con un predominio indiscutible de los Estados Unidos. Actualmente, China y Estados Unidos se disputan la hegemonía, mientras que Rusia se alía con China para erosionar el liderazgo norteamericano.

La alianza de Rusia -con su indisimulada vocación de reunificarse siguiendo el modelo de la extinta Unión Soviética- y China -con su manifiesta intención de recuperar Taiwán y controlar el mar de China- supone una amenaza clara para Occidente. Ambos regímenes autoritarios, la China comunista y una Rusia que pretende recuperar el poderío e influencia de su etapa comunista (no es casual que este año se vaya a cumplir el centenario de la fundación de la Unión Soviética), se oponen frontalmente a los fundamentos de las democracias liberales occidentales. En este marco, los Estados Unidos no tienen capacidad ni intención de acudir en socorro de Europa cada vez que surge un conflicto.

Volviendo al principio del artículo y a la prioridad de la defensa nacional sobre otros planteamientos, la brutal invasión de Ucrania por parte de Rusia ha llevado a una natural reacción de defensa del país invadido que está sorprendiendo a las naciones europeas, más menguadas en su conciencia de identidad nacional y de defensa. La intervención de potencias occidentales se ha descartado desde un principio por el riesgo de extender el conflicto a todo el planeta; no obstante, ha puesto de manifiesto la necesidad de un nuevo planteamiento en materia de defensa y política energética de los países occidentales.

En lo relativo a la defensa, dentro del paraguas de la OTAN, se van a requerir mayores capacidades defensivas de los distintos países, lo que va a llevar a cambiar el sentido de sus actualmente decrecientes inversiones en este apartado, que mermarán los recursos para asignar a otras necesidades. Los aumentos en gastos militares se presentan como inevitables, si no vitales. En este sentido, el canciller alemán ha anunciado la creación de un fondo de 100.000 millones de euros para sus fuerzas armadas, a la vez que un aumento en su gasto de defensa, que se situará por encima del 2% del PIB. Parece que la conocida máxima latina Si vis pacem, para bellum (si quieres la paz prepara la guerra) no está tan trasnochada.

En cuanto a política energética, se están haciendo evidentes las debilidades de un sistema con una acusada dependencia de terceros países. Especialmente débil es la situación de Alemania, que ha renunciado a la energía nuclear y ha pasado a depender principalmente del gas natural ruso. Va a tener que capear el temporal quemando carbón y replantearse la opción nuclear (ahora que para la UE es energía verde). Lo mismo podría plantearse en España con la alta dependencia del gas natural y la debilidad de las energías renovables, especialmente en posibilidades de acumulación; el modelo actual está resultando muy costoso para los ciudadanos. La dependencia energética conduce a la sumisión frente a los proveedores, y eso conlleva un riesgo muy alto.

La situación en conjunto parece conducir a un frenazo en la globalización, y a una tendencia a concentrarse en regiones con mayor grado de confianza y autosuficiencia (con la intención de resolver situaciones como la actual escasez de semiconductores), lo que disminuirá las economías de escala y tenderá a aumentar los precios. Las guerras siempre son desastrosas en lo humano, pero también en lo económico. Vienen tiempos difíciles, igual acabamos comiendo menos carne…y no por hacer caso a nuestros líderes sino por necesidad.

Joaquín Galván Vallina

Doctor en CC. Económicas y Empresariales

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