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Avisos y peripecias de la cornudería madrileña

lunes 16 de marzo de 2020, 10:28h

Todo parece indicar, por mucho que exagere Quevedo en su relato, que en el Madrid del siglo XVII, los cornudos, entendidos estos como esposos de mujeres adúlteras, eran verdadera legión. Así, don Francisco habla de la conveniencia u oportunidad de considerar la práctica como un oficio para otorgarles: “… cuarto aparte y calle, como hay lencería y pescadería, haya cornudería”. Y añade jocoso: “No sé si hallará sitio capaz para todos”.

Explica el escritor del Siglo de Oro que: “… antes, cuando había en una provincia dos cornudos, se hundía el mundo, y ahora, que no hay hombre que no se meta a cornudo, que es vergüenza que no lo sea ningún hombre de bien, que es oficio que si el mundo anduviera como había de andar se había de llevar por oposición como cátedra y darle al más suficiente o, por lo menos, no había de poder ser cornudo ninguno que no tuviese su carta de examen aprobada por los propocornudos y amurcones generales (…) No hay cosa más acomodada que ser cornudo porque cabe en el marido en el hermano, en el padre, en el amigo. A letrado no le estorba el estudiar, antes le da lugar a la lección. ¿Cómo curaría ni visitaría el médico si estuviese siempre sobre su mujer y no diese lugar al cuerno?”. Seguidamente, añade otras ventajas: “… siempre tenemos razón para ser cornudos, porque si la mujer es buena, comunicarla con los demás es caridad y si es mala, es alivio propio”.

Y si el barroco madrileño resultaría prodigo en cuernos metafóricos, el siglo posterior, el de la Ilustración, trajo a la Villa y Corte la gloria universal de ser el único lugar del mundo en el que a lo largo de la historia los cuernos de un varón dejaron de ser abstracción y afrenta para convertirse en realidad palmaria.

A primeros del año mil setecientos ochenta y siete, presentose ante el establecimiento del cirujano de la Corte Josef Correa, sito en la Cava Baja, un caballero de distinción, vestido de militar en uniforme de color perla con venera del Hábito de Santiago, que confesó ser del Reino de Murcia y de edad sesenta y siete años poco más o menos, con la pretensión de que el romancista le examinara lo que parecían ser un par de cuernos que al descubierto quedaron cuando el ilustre destocó su cabeza. Correa, en documento posterior los describe como: “… dos monstrosidades que según se demostraban eran hablando con el respeto debido dos palos de madera del aire, o astas del mismo color, dureza, substancia y figura que los de un cordero”.

Tras explicar el caballero que venía recorriendo media España con el deseo de que le quitaran la cornamenta y que persona alguna había accedido a practicar, por infrecuente y riesgosa, tal cirugía.

Correa convino en realizar la operación, pero tomando la cautela de convocar a varios testigos, un tal Francisco Loyti, un platero de la Villa cuyo nombre ignoraba, una mujer llamada Cándida Trixueque, de estado honesto, y otras varias personas relacionadas con la práctica quirúrgica, para que todas ellas dieran fe de la voluntad libremente expresada por el paciente de someterse a la intervención.

El cirujano madrileño sacó una sierra armada con un votante de hierro y mango de madera torneado, para, con la ayuda de algunos de los testigos proceder, en plazo de una media hora, a cortarle los cuernos para alivio de su dolencia.

El acto se realizó en presencia de escribano y de la autoridad competente que a continuación se encargó de poner los cuernos del caballero al recaudo del Conde Floridablanca, responsable del Real Gabinete de Historia Natural.

Cuando a principios del siglo XIX el edificio de esta institución científica pasó a ser Museo Real de Pinturas, luego Museo del Prado, hubo de efectuarse el traslado de todo el material que atesoraba hasta el actual emplazamiento en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, y en la mudanza se extravió para siempre la preciosa cornamenta humana, única en su genero a escala planetaria, aunque no así toda la documentación del proceso que se conserva intacta y en perfectas condiciones.

En 1990, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC, institución a la que está adscrito el Museo Nacional de Ciencias Naturales, publicó una carpeta con el facsímil de la documentación sobre el caso que obra en su poder junto a un grabado del artista Luis de Horna. En lujosa carpeta, tituló la obra Madera del Ayre porque en el Diccionario de la Lengua Castellana de 1734 se llama madera del aire al asta de cualquier animal y en el Diccionario Castellano con las voces de Ciencias y Artes, su autor, el jesuita ilustrado Esteban de Terreros y Pando precisa que esta expresión: “… comúnmente estendida para cosas serias por locución más culta, que la voz cuerno”.

Que los cuernos como madera del aire sean percibidos, individual o socialmente, como un ultraje o una quevedesca bendición del cielo, es cosa de cada cuál. Incluso, aunque seguro que en tono de coña y chacota, hay quien, como Camilo José Cela en su libro Rol de cornudos y basándose presuntamente en Paracelso, les atribuye extraordinarias virtudes: “… los cuernos producen los antídotos necesarios para luchar contra los trastornos del carácter y de la memoria, la amnesia tipográfica, las anomalías de la conducta y la falta de coordinación de las ideas, ya que proceden a modo de pararrayos que desvía la chispa a los abismos”.

Sea como fuere, subrayemos, para colofonear, que a Madrid le corresponde la honra y prez de ser el único lugar del mundo donde se conservan cuernos humanos reales y no metafóricos.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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