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Mucho más que un crooner, un gran showman
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Mucho más que un crooner, un gran showman

martes 16 de julio de 2019, 15:13h

Su gira europea lleva un muy alusivo título en homenaje al de Hoboken, pero los de anoche no todos fueron temas suyos, ni mucho menos. Paul Anka ayer nos regaló música para todos los gustos y de varios y muy diferentes intérpretes. Y viajó desde jazz hasta el rock; desde el swing, lounge y pop hasta el country, que pudiera reconocer. Y empuñó una guitarra, se sentó al piano y arengó a su banda con una batuta. Fue un concierto completo en todos los sentidos, con un artista que, a quince días de cumplir 78 discos de platino, parecía tener 20 ó incluso 30 años menos: apasionado, entregado, cómplice del público, hasta vacilón (más con ellas), y generoso. Muy generoso como pocos grandes solistas, y posiblemente el crooner más espléndido de todos: dio manos, besos, abrazos, bailó con señoras, se hizo decenas de selfis con el respetable de las primeras filas, hizo innumerables referencias a Madrid y no paró de dar las gracias como un buen nacido. En fin, sedujo de principio a fin a un público mayoritariamente madurito (allá lo que cada cual considere este adjetivo) y muy maduro, y contagió con su energía de más de 45 revoluciones en caras A y B, y permanente sonrisa merecedora de un Grammy. Y es que este versátil compositor es, además, un verdadero showman.

Despega la noche anterior del Festival de Peralada en Girona (de nuevo, un prodigio de vitalidad) y aterriza en Madrid la velada del lunes en el Teatro Real, sin duda, un escenario, un marco, un espacio absolutamente perfecto para él y su performance. Incluso para todos aquellos cantantes, grandes señores –y una señora- de la canción, que estuvieron presentes a través de sus interpretaciones. Y con su excelente reconocida acústica. Casi, casi aforo completo. Pero sí, me sorprendió ver algún hueco en el Patio de butacas, en la Tribuna y en el Anfiteatro. A las 21:30 en punto empieza la fiesta con un vídeo sobre algo de la historia del canadiense (nacionalizado de EE.UU.), para que luego calentara motores su espectacular big band con doce músicos de gran altura y múltiples nacionalidades (¡menudos percusionista y batería!, además del gran saxo de Glass), que dieron paso minutos después a esa poderosa garganta que arrancó con sus Destiny y muy célebre Diana coreada por muchos. Under my skin, fue la primera que nos trajo de Frankie, a la que siguieron For once in my life, (“La favorita de Sinatra de Michael Bublé”, aseguró) y Strangers in the night. Volvió con otras clásicas melodías de su cosecha propia, como Put your head on my shoulder y Ese beso (que tiraba a diestro y siniestro), una bossa nova con la que al público poco le faltó para plantarse a bailar en el escenario. También tuvo un recuerdo para Tom Jones con She’s a lady, que escribió en 1970 para el Tigre de Gales. Entre canción y canción no paraba de jalear a la gente, a la vez que les recordó que “Esto no es un trabajo; esto es mi pasión”. Para hablarnos de su nuevo CD de duetos acarició al piano el Do I love you que interpreta con Dolly Parton y que enlazó magistralmente con la lluvia púrpura de Prince. Antes de coger la guitarra y cambiar de palo, esta vez, al country, presentó a su guitarrista principal, el mexicano Enrique, con quien bromeó acerca del muro de la infamia de Trump. Y es que también fue especialmente generoso con “su equipo” (“Para que las cosas salgan bien tiene que haber un equipo”), para quienes no paró de pedir agradecimientos, de invitar a compartir con él la primera línea del escenario, de felicitar, y a los que dedicó unos largos diez minutos de presentación; uno a uno, instrumento a instrumento.

Poco antes de morir Buddy Holly, Anka compuso para él It doesn’t matter anymore, al que también quiso recordar anoche. Inmediatamente después, con Bye, bye love, de los Everly Brothers el Real se vino literalmente abajo. Sonaron de nuevo hits de Frankie, destacando My way –compuesta por el propio Anka hace cincuenta añazos- con un “I did it myyy wayyy…”, grabado de la propia voz de La Voz incluido, y el eterno New York, New York casi al final. Con todo el público en pie -y muy cercano al éxtasis-, se sacó de la manga un Proud Mary de los Credence y remató con un también inesperado bis: The bitch is back, de Sir Elton John. Qué tío. Dos horas de un verdadero espectáculo para todos los sentidos. A su manera, vaya.

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