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Triple sobre la bocina

martes 05 de junio de 2018, 07:48h

Por lo visto vamos a tener unos Presupuestos que no valen para nadie. Al final seremos los ciudadanos quienes nos los tendremos que comer con patatas. Ni siquiera valen para quien los concibió. Lo que era un logro poco menos que histórico según el PP —algo que fue celebrado como si se hubieran aprobado no los presupuestos sino ganado las elecciones— ahora resulta que en realidad no eran buenos.¿Es esto serio? ¿Está justificado que, en su pataleta, el PP utilice los Presupuestos como patada a Sánchez en el trasero del PNV? ¿Dónde han dejado el tan cacareado sentido de Estado si tenemos en cuenta que sus partidas eran tan beneficiosas para todos? O sea que eran buenas solo si ellos gobernaban; no tanto si lo hacían otros por mucho que fuera de prestado. No hay que fiarse de las venganzas que se gestan en largas sobremesas por mucho que estas se redacten sobre la mesa de un restaurante de moda. Suelen ser tan frágiles como las decisiones que, tomadas bajo el insomnio, se tornan absurdas al llegar el alba. Han sido diez días que estremecieron al mundo, una vez que la sentencia Gürtel destapó la caja de Pandora. El choque de dos considerados incombustibles ha dado como resultado un paisaje insólito, un nuevo mundo tal que si fuera sobrevenido por la caída del gran meteorito que acabó con los dinosaurios. A Sánchez y a Rajoy ya les dieron por extinguidos más de una vez y ahora, en un curioso intercambio de papeles, Sánchez intentará sobrevivir de nuevo pero esta vez él desde Moncloa y Rajoy desde las trincheras de su propio partido.

Hay quien vaticina lo peor para el primero, enredado entre aquellos que le han ayudado a abrir las puertas de palacio, pero Sánchez se ha ganado, como buen baloncestista, un tiempo muerto que puede revertir, a poco que enceste alguna canasta, y de un solo salto, a un marcador mucho más favorable que el que tenía antes del Big Bang. A saber si no se habrá ahorrado incluso las arduas tareas de alguna que otra campaña electoral. Si además consigue —he ahí la cuestión— sortear los cantos de sirena de sus compañeros de viaje, habrá ganado muchas papeletas antes de ponerlas en las urnas. De momento, se da por hecho el fichaje de Borrell, una de las bestias negras del independentismo. ¿Será con la intención de marcar territorio o para compensar de antemano futuras concesiones? Sánchez es como ese vaquero en apariencia desvalido que abre de un empujón las puertas del saloon y se enfrenta a la hostilidad general. Quizá, cuando corrija sus andares de cowboy de spaghetti western para adaptarlos a los del Gary Cooper de Solo ante el peligro, inicie, como diría Savater, su particular tarea del héroe. Quién sabe si no tenemos delante a otro tahúr del Misisipi.

A Rajoy, que llegó a hacer pellas en la tarde de su censura y hasta olvidó su cartera en el escaño—algunos la confundieron con el bolso de Soraya—, mal harán en darlo por finiquitado incluso los que ansían asaltarlo en la Curia de Génova. Hace tiempo que Rajoy se instaló en la soberbia obnubilación del poder prolongado, la misma que ahora le hará enrocarse como un mejillón y más si lo que suena es otra vez a ritmo de muñeira, aunque no son pocos los que prefieran cambiar de airiños. Tiene un nuevo proyecto y no es exactamente devolver a Sánchez al incierto lugar de donde ha venido: quiere hacerlo él personalmente.

Rivera, cuya aparente clarividencia parece haberse desmoronado en sus confusas estrategias, sigue desencajado; perdido en los vertiginosos movimientos de tablero que buscan su jaque mate. Parece afectado por la tristeza del príncipe destronado y de pronto refleja la celosa estupefacción de Cristiano al terminar la final de la Champions. Iglesias, mientras, se dispone a disfrutar de su insospechada y múltiple ostentación. Todos ya en tiempo muerto; antes de que el balón caiga de nuevo en otro triple sobre la bocina.

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