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Marmotas en los ascensores

martes 22 de mayo de 2018, 07:43h

En la inolvidable Atrapado en el tiempo, uno de sus personajes principales, vivía, desde que se despertaba, exactamente el mismo día con sus mismas vicisitudes. En tanto se adaptaba a esa situación e intentaba revertirla a su favor, caía siempre en los mismos errores una de los cuales, y no el menos hilarante, era el de pisar siempre el mismo charco al salir a la calle. La película convirtió su título original, El día de la marmota, en común expresión para referirnos al empecinamiento con el que en ocasiones los avatares de la vida se empeñan en encadenarnos en un bucle interminable. Pues bien ahí estamos de nuevo viviendo últimamente ese agotador dèja vu y no solo en Cataluña —¡otra vez no, por favor!— cuyos dirigentes independentistas —los mismos en realidad aunque puedan parecer por momentos otros distintos— se empeñan en pisar una y otra vez el mismo charco sin ánimo de enmienda como si nada antes hubiera pasado que mereciera una mínima reflexión y rectificación. Aún no ha empezado el verano y ya se avecina otro otoño caliente y en efecto parece que estamos abocados a vivir otra vez el mismo día de la marmota. Aunque es verdad que se veía venir porque la gente, ejerciendo la sabiduría popular, nunca ha quitado del todo las banderas de sus ventanas y balcones. Cabía, empero, la esperanza de que fuese por ahorrarse el esfuerzo de quita y pon de cara al Mundial de Rusia. Ese que está a punto de empezar salvo que Mediaset lo retrase a última hora por algún lío en su programación.

Lo único en que parece que hemos salido ganando en todo este tiempo es que ahora el nombre del president es más corto. O al menos se termina de decir antes. Eso es importante porque vuelve a hablarse de Cataluña en los ascensores, cosa que ya hacía meses que no pasaba. Ya nadie guarda otra vez silencio en los ascensores. ¿Quién dijo que no había dialogo en el tema catalán?

Antes, el apellido del fugado, a parte de un trabalenguas, era de prolongada dicción y hasta pronunciación y la gente tenía que darle al botón de parada entre piso y piso para zanjar el asunto. Pero en contrapartida cualquiera diría que lo malo está por venir. Rajoy estos días imita a Pacino en El Padrino III: «¡Justo cuando pensaba que estaba fuera, vuelven a involucrarme!» El salmo 155 vuelve a citarse en forma de órdago a los nacionalistas, también del PNV.

También vuelve a hablarse de en los ascensores de Podemos y no precisamente por su programa. O quizá sí, teniendo en cuenta que muchos lo han sacado a la luz porque han creído ver alguna tonta contradicción entre lo que propone y lo que dispone. En esos ascensores resuena una frase marmota: «Claro que Pablo Iglesias y su chica tienen derecho a comprarse un chalet en la sierra de Madrid, y alrededores, pero que entonces que no vayan después —o antes— de progres…»; dicho así más o menos y según en qué barrios y en qué ascensores. Como tal epifanía inversora no figuraba en los Estatutos del partido, se han sacado un referéndum con marchamo de otro órdago para ver quién se atreve a echarlos. No pasa nada. Si los desahucian, ellos siempre tendrán un techo —o varios— donde cobijarse. Y siempre podrán hacer como el padre Ángel en su iglesia de San Antón y acoger allá en el rancho grande a los más necesitados. Sería una buena forma de redimirse ante las bases.

Ya lo cantaba Siniestro total: menos mal que nos queda Portugal. O sea el Mundial. Otra cosa es que les ganemos para poder empezar a soñar con los cuartos. De momento, según el CNI no parece que en Rusia vayan a pitar a Piqué.

Otro dèja vu.

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