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Albert Boadella, Premio Madrid Hombre del Año 2011
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Albert Boadella, Premio Madrid Hombre del Año 2011

Albert Boadella: "La apertura de esta ciudad demuestra que no existe una etnia madrileña"

Actor y dramaturgo, ha pasado toda su vida subido a un escenario. Desde las tablas, y al frente de la compañía Els Joglars, se ha enfrentado a todo y a todos haciendo suyas las armas de la sátira y el absurdo. Este particular camino -siempre alejado de lo políticamente correcto- le llevó a enfrentarse a un consejo de guerra a finales de los 70 y ahora, 40 años después, le mantiene separado de su Cataluña natal. Este 'destierro' le ha permitido hacerse cargo, desde hace dos temporadas y media, de los Teatros del Canal, a los que ha convertido en referente dentro de los espacios escénicos de la Comunidad de Madrid. Ahora, ese esfuerzo se ve recompensado con el Premio al Hombre del Año 2011.

Recibe este premio por su gestión al frente de los teatros, ¿de qué se siente más orgulloso en los dos años que lleva al frente de este espacio escénico?
Me siento orgulloso sobre todo de una cosa, y es que he pasado de tener que explicarle a un taxista dónde estaban los Teatros del Canal a entrar en un taxi y que ya me digan "a los Teatros del Canal, ¿verdad?" Esa distancia significa que he conseguido que el público madrileño se enterara de la existencia de estos teatros y, sobre todo, que entrara en estos teatros. Además, han tenido también una suerte extraordinaria, y es que estos teatros están en Chamberí, que es un barrio muy consumidor de productos culturales. Y eso ha facilitado el acceso del público a este teatro.

Y se han convertido en un referente de los espacios escénicos dentro de la Comunidad de Madid...
Bueno, yo creo que los Teatros del Canal seguramente sean un referente dentro de los espacios escénicos a nivel nacional. No hay ningún teatro que tenga al mismo tiempo, y paralelamente, un centro de danza como el que tenemos nosotros, y que tenga unos espacios con la generosidad que tienen nuestros espacios, sobre todo para el espectador. Y es que Madrid era una ciudad que necesitaba una infraestructura de este tipo en el mundo del teatro. Tiene la ópera, con el Real, pero faltaba una infraestructura de este tipo porque Madrid tiene unos teatros de época de una enorme belleza, pero a muchos de ellos les falta equipación técnica y no siempre son cómodos para el espectador: en lo visual, en la acústica... Y aquí estamos hablando de unos teatros en los que el espectador se siente muy bien alojado.

¿Y qué podemos esperar de los Teatros del Canal en el futuro más inmediato?
Esta temporada, nosotros tenemos una programación muy variada, que va desde zarzuela hasta ópera contemporánea, desde comedia a tragedia, pasando por el cabaret y la danza. Por ejemplo, este año nos visitan los ballets de Montecarlo con una pieza maravillosa como es 'El sueño de una noche de verano'; en cabaret nos visita el 'Crazy horse', que por primera vez sale de París y hace su primera estancia en Madrid. Yo lo que he querido conseguir en los Teatros del Canal es dirigirme a todo el público madrileño, no simplemente a un público culto y elitista, sino al conjunto de los madrileños, que al fin y al cabo son los que pagan los teatros, en el mes de junio con los impuestos y después con el precio de su entrada. Por lo tanto, hay que ser muy generosos con ellos.

Recibe el premio al Hombre del Año en Madrid. Esto de que lo reciba un catalán ya no resulta raro, ¿verdad?
Es la demostración de lo que es Madrid. Es una demostración clara de que es una auténtica urbe internacional que no pregunta a nadie de dónde viene ni dónde va, que no existe una etnia madrileña y que nadie reivindica una etnia madrileña -que es una cosa muy pesada para los que hemos estado en estos asuntos- y que muestra lo que siempre ha tenido esta ciudad: una enorme apertura y generosidad con el que viene de cualquier otra parte de España. Claramente, Madrid se comporta como capital, como lo que tiene que ser una capital, y eso es importante.

De sus palabras se deduce que se siente a gusto en Madrid.
Es que Madrid es una ciudad en la que es muy difícil no sentirte a gusto. Es una ciudad en la cual, por ejemplo, los que estamos aquí, pero no tenemos a la familia aquí, vamos a un café a tomar algo y es muy difícil pasar cinco minutos sin que estés hablando con el colega que está al lado. Y eso es una cosa que solo sucede en algunas ciudades.

¿Significa esto que aún no tiene perspectiva de regresar a Cataluña?
Yo hago una vida muy especial. Mi vida profesional está en Madrid y mi vida afectiva está en Cataluña, porque ahí tengo a mi mujer. Pero allí no salgo de la casa donde vivo. Es una casa con jardín y normalmente no salgo a pasear porque en los últimos tiempos me encuentro a veces con reacciones desagradables. Simplemente, una cosa lleva a la otra.

Usted lleva toda su vida ligado al teatro. ¿Qué es lo que le ha dado en este tiempo?
El teatro ha sido para mí continuar los juegos de la infancia sin transición hasta los 68 años. O sea, seguir jugando. Y eso, a cualquier ser humano, es lo mejor que le pueden decir. Continuar divirtiéndote hasta que te mueras igual que te divertías jugando cuando tenías seis o siete años es un placer inmenso. Eso es el teatro, y quien dice que trabaja en el teatro, miente absolutamente. Trabajar es otra cosa muy distinta, mucho más dura, mucho más dolorosa. El teatro es una cosa extraordinaria, aunque emplees en ella doce horas al día.

¿Qué otra cosa podría ser Albert Boadella si no se hubiese dedicado al teatro?
Músico. Soy un músico frustrado, pero de joven, cuando terminé los estudios en Francia, también quería ser diplomático. Hay gente que dice que hubiera organizado la III Guerra Mundial, pero los que me conocen bien dicen que he sido un gran diplomático porque he conservado una compañía durante 50 años. No con los mismos actores, pero hay muchos actores que llevan 30 años en la compañía, y para eso se necesita muchísima diplomacia. Las relaciones humanas en el mundo del arte son una cosa muy complicada.

Pero usted siempre se ha caracterizado por no morderse la lengua, y eso está reñido con la diplomacia...
Sí, está reñido, pero se puede hablar entre líneas, que también tiene su gracia.

¿Y una profesión a la que no se hubiese dedicado jamás?
Creo que no me hubiese dedicado a las minas, por ejemplo. Es una cosa que me aterroriza porque soy un claustrofóbico tremendo y pensar en trabajar en una mina... Hacia los mineros tengo una sensación de admiración máxima, porque es lo último que hubiese hecho en mi vida.

En los últimos años se ha puesto de moda la palabra crisis, pero éste es un concepto al que están ya acostumbrados en el mundo del teatro, ¿no?
El teatro tuvo un momento de crisis, que fue la aparición de la televisión en todos los hogares. Este fue un momento de crisis muy seria para el teatro, pero después ha sido todo lo contrario. Con la llegada de los medios 'enlatados', la gente ha necesitado volver de nuevo al directo, y esa necesidad del ritual del directo ha hecho que el teatro haya subido muchísimo más que hace 30, 40 o 50 años. Ahora hay crisis porque la crisis está en todas partes, y la crisis del teatro va a ser terrible porque la gente, con muy buen sentido, prefiere que se cierre un teatro antes que un hospital.

Es decir, que hemos pasado de una crisis creativa o de público a una crisis puramente económica.
Sí, ahora es puramente económica, pero no es en absoluto creativa porque hay cantidad de gente que se dedica al teatro. Incluso, yo creo que el mundo del teatro está un poco inflacionado. Hay cantidad de gente que hace teatro, cantidad de compañías de danza, de teatro, de actores... ¿Qué va a suceder ahora? Pues habrá un filtro, una criba, y seguramente se quedará lo mejor, que es lo que resistirá, y los demás tendrá que dedicarse a otras profesiones.

Y, siguiendo con la crisis, ¿cómo ve la situación actual?
La sociedad española está ligada a la sociedad occidental, y la sociedad occidental es una sociedad que se ha acostumbrado al proteccionismo de los estados -eso que hemos llamado la sociedad del bienestar- y que ha consistido en pensar que la felicidad tenía que ser cara. Yo soy partidario de la felicidad barata, y creo que la felicidad cara, que es un concepto consumista, puede derrumbar la sociedad si no se cambia. Hay que cambiar esta mentalidad y hay que pensar que uno puede ser feliz sin necesidad de tener un coche que valga casi medio millón de euros o sin necesidad de tener que dar dos vueltas al mundo para tener la gran felicidad... A lo mejor, simplemente paseándose por el Retiro un día de otoño, con el color de las hojas y con una temperatura extraordinaria hay una gran felicidad, y sobre todo si estás acompañado por gente con la que te entiendes bien. Es decir, que la gente tiene que cambiar la mentalidad también. Es una crisis de los bancos, de la economía... de lo que se quiera, pero sobre todo es de la mente de los ciudadanos. Ha habido unas generaciones que han criado muchos niños mimados.

¿Se está polarizando la sociedad española?
La sociedad española, sobre todo, ha tenido un problema muy serio que ha sido el problema territorial, la sensación de que no ibamos todos a una, y eso es muy peligroso para una nación como es España. Esa idea de que unos quieren largarse de la familia, otros andan todo el día cabreados... eso ha sido muy desagradable. En unos momentos como estos, el hacer un frente común, no digo ideológicamente, pero sí en el sentido de un país que tiene que mirar hacia delante, es muy importante. La verdad es que todo el mundo de las autonomías, y especialmente de las más radicales, de las autonomías secesionistas, por decirlo así, ha hecho un daño tremendo a España. Y se han hecho daño a sí mismos, porque claro, si vamos abajo, también van abajo ellos. Hay que recuperar otra vez el sentido de país.

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