Entre 1348 y 1351 Europa fue asolada por una terrible y desconocida enfermedad que sembró la muerte en todo el continente. La plaga se extendió en muy poco tiempo debido a las pésimas condiciones higiénicas de la población, a lo que se sumaron la mala alimentación y los escasos conocimientos médicos.
Los primeros afectados por la peste negra en España aparecieron en el antiguo reino de Mallorca, un territorio de intenso flujo comercial por su facilidad para el contacto marítimo con los mercaderes genoveses. El foco de entrada en nuestro país fue la frontera con Francia, por donde penetró hasta Madrid.
No encontró resistencia ni en los escuálidos cuerpos de los más pobres ni en los estómagos más llenos de los ricos. La epidemia no hizo distinciones y su índice de mortalidad pudo alcanzar el 60 por ciento en el conjunto de Europa. Los 80 millones europeos que se estiman en ese periodo quedaron reducidos a tan solo 30 entre 1347 y 1353. Los seis millones de habitantes de la Península Ibérica se redujeron a dos y medio.
Se obró un milagro
La peste se traspasaba de los animales a los seres humanos. Las ratas fueron el principal vehículo de transmisión y la velocidad de contagio fue asombrosa debido a que convivían con la población en granjas y casas, además de en medios de transporte como los barcos.
De las enfermedades de la época, entre las que se encontraban la disentería, la lepra o el sarampión, la más temida era la peste bubónica, que apenas dejaba supervivientes a su paso. Sin embargo, la tradición recoge que en Madrid remitió de forma milagrosa. La Inmaculada y San Sebastián habrían intercedido para frenar esta plaga cuando se hicieron votos en la ciudad para conmemorar su fiesta el día 8 de diciembre.