Medio Ambiente

Ni eliminar al lobo ni abandonar al ganadero: el reto de una convivencia necesaria

Un ejemplar de lobo ibérico. (Foto: Jesús Esteban San José / Pexels).
Inés López | Viernes 19 de junio de 2026

Cuando Jesús Arribas recuerda el ataque, no habla solo de la pérdida de un animal, habla de la impotencia de no poder hacer nada, de llegar tarde incluso para reclamar daños y de la sensación de vulnerabilidad que queda después. Hace unos cuatro o cinco años, este ganadero madrileño de la zona de El Escorial y Galapagar sufrió el ataque de un lobo a plena luz del día. “Me mataron un becerro. De hecho, aún lo vi huir de donde estaba el choto”, relata.

El episodio ocurrió temprano por la mañana. La explotación no estaba entonces en una zona catalogada como de presencia de lobo y, tras el ataque, los buitres terminaron de consumir el cadáver. “No pude ni pedir los daños”, recuerda Arribas. En aquel momento no tenía medidas específicas de prevención, pero desde entonces, la situación ha cambiado.

“Ahora tomo las medidas de prevención que puedo tomar en mi zona”, explica. Y esa precisión resume buena parte del problema: no todas las explotaciones tienen las mismas posibilidades, ni todos los terrenos permiten instalar vallados. Tampoco todos los ganaderos pueden tener mastines, ni todas las soluciones sirven igual para ovejas, cabras o vacas.

Un paisaje protegido y una ganadería expuesta

Arribas trabaja en un entorno especialmente complejo. Sus fincas se encuentran en una zona muy humanizada, con tránsito frecuente de personas, senderistas y perros sueltos, lo que limita el uso de mastines, una de las herramientas tradicionales más eficaces para la defensa del ganado.

“Yo no puedo tener perros, porque si meto un mastín aquí y pasa un dominguero con su perro suelto (que es la tónica habitual), o un señor que se mete a coger espárragos, tengo un problema serio”, explica.

Tampoco tiene margen real para instalar determinados cerramientos, ya que sus explotaciones están en una zona protegida, con muros de piedra seca ligados a los cercados históricos de Felipe II. “Por temas ecológicos, visuales, paisajísticos, llámalo como quieras, no puedo poner cercados que no sean esos”, señala. El problema es que esos muros, aunque forman parte del paisaje y del patrimonio rural, no suponen ningún obstáculo para un lobo.

La alternativa que encontró fue el telepastoreo: collares GPS, rediles virtuales y agrupación nocturna del ganado. “Me ha salvado bastante”, afirma. “Hago cercados pequeños por la noche para que todas las vacas estén juntas y, de esa manera, protejan a los becerros de forma efectiva”.

Aunque la tecnología no elimina el riesgo, puede reducirlo y es especialmente útil en zonas donde la instalación de vallados fijos resulta inviable o donde la presencia de mastines genera conflictos con otros usos del territorio.

Mastines: una solución eficaz, pero no de cualquier manera

Para David Pérez, fundador de la fundación Perro de los Hierros, dedicada al estudio y la divulgación sobre el mastín ganadero, el debate sobre la prevención frente a ataques de lobos con perros empieza por entender bien qué es un mastín de trabajo. "No cualquier perro grande sirve para proteger un rebaño y no cualquier mastín comprado como animal de compañía o de exposición tiene capacidad real para enfrentarse a la presión del lobo", defiende.

“El verdadero mastín tiene mucha historia y funciona muy bien gracias a que está muy seleccionado”, explica Pérez. Su fundación trabaja precisamente para recuperar y divulgar el valor del mastín ganadero, el perro criado y seleccionado durante generaciones por y para la ganadería extensiva.

Por eso, cuestiona que las ayudas públicas se centren en ocasiones en financiar la compra de perros. “Nosotros creemos que es mejor dar dinero para su mantenimiento, porque de toda la vida los mastines se han intercambiado entre los ganaderos”, sostiene.

A su juicio, lo importante no es solo disponer de un mastín, sino que ese perro proceda de una línea adecuada, se introduzca correctamente en el rebaño y pueda mantenerse en buenas condiciones. “Es muy importante el número de animales”, agrega. "Un solo perro no basta para defender el rebaño de una manada".

En su explotación, trabajan con un macho y tres hembras. El macho, sin castrar, cumple una función territorial: “Marca el territorio y lo defiende respecto al de la manada de lobos que está al lado”, explica Pérez. Según relata, lobos y mastines pueden cruzarse o compartir espacios próximos sin que necesariamente haya ataques, siempre que los territorios estén bien definidos y el rebaño esté protegido.

Ayudas públicas: necesarias, pero insuficientes

La Comunidad de Madrid cuenta con líneas de ayuda para medidas de prevención frente al lobo, pero algunos ganaderos consideran que todavía son insuficientes o no siempre están bien diseñadas. Arribas las ha soliciato.

En su caso, recibió apoyo para vallas, pastor eléctrico y varios collares GPS. También recurrió a un corral móvil en una finca donde no tenía collares. Pero advierte de que el coste de algunos sistemas es difícil de asumir con los márgenes de la ganadería. “Pagar 380 euros por cada collar era inviable”, señala.

Pérez explica que con las ayudas se financian vallados, collares, compra de perros y mantenimiento, pero no siempre de la forma más útil. “Las ayudas tienen éxito porque los ganaderos las piden, pero son bastante insuficientes”, afirma.

Ni eliminar al lobo ni abandonar al ganadero

El conflicto entre lobos y ganaderos suele presentarse como una batalla entre dos bandos irreconciliables. Sin embargo, la realidad es más matizada: ni Arribas ni Pérez (ambos ganaderos), plantean la desaparición del lobo como solución. Al contrario, defienden que la convivencia es posible, siempre que no se obligue a los ganaderos a asumir solos el coste.

“Yo no tengo ningún interés en que no haya lobos, sino más bien todo lo contrario”, afirma Arribas. “Lo que quiero es que eso esté bien gestionado y que el gasto que genera lo pague toda la sociedad, no que lo tenga que pagar yo tanto de manera económica como mental”.

Para este ganadero, la presencia del lobo puede incluso interpretarse como un indicador positivo del estado del ecosistema. “El lobo nos da un punto más de calidad ecosistémica, porque convivimos con él y demostramos que la ganadería es una actividad absolutamente respetuosa con el medio”, sostiene.

"Nosotros estamos proporcionando un ecosistema de calidad para que haya lobos, porque si no fuera así, no estarían”

Según el Censo nacional del lobo (2021-2024), a día de hoy existen cinco manadas reproductoras de lobo ibérico en la región. Esta es una especie protegida por la Unión Europea, cuya presencia se recomienda compatibilizar con la ganadería extensiva.

Los datos muestran una disminución de los ataques de cánidos en relación con el aumento de su población: en 2018 fueron 398, una de las mayores cifras, mientras que, en 2025, con cinco manadas, han descendido a 245, lo que supone un 38,44 por ciento menos. Además, se ha constatado que en su alimentación hay una mayor inclusión de animales muertos.

Sobre esto, Pablo Acebes, profesor titular del Departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid, explica que "Madrid no se considera un núcleo estable, sino un territorio donde la especie está en expansión".

Acebes explica que el lobo es un carnívoro generalista, inteligente y muy astuto, con alta plasticidad conductual que puede coexistir con humanos bajo determinadas condiciones de presión, estructura del paisaje y disponibilidad de presas. "En la sierra habita en zonas donde hay carreteras secundarias, pueblos no excesivamente grandes y ganadería extensiva con paisajes en mosaico que combinan pastizales, matorrales y zonas forestales", afirma.

"Estos territorios que ocupa el lobo en la Comunidad son compartidos con senderistas, montañeros, ciclistas y, en general, con todas las actividades recreativas en el medio natural", expresa Acebes. "En el caso de la ganadería, la convivencia entre lobo ibérico y la misma es posible y necesaria".

El profesor explica que, como sociedad avanzada y con una sensibilidad ambiental, no podemos permitirnos erradicar especies tan importantes en los ecosistemas como lo es el lobo. "Tan importante es que haya lobos en nuestros montes como que no desaparezca la ganadería extensiva", defiende.

Tan importante es que haya lobos en nuestros montes como que no desaparezca la ganadería extensiva

"La ganadería extensiva es esencial para el mantenimiento de paisajes en mosaico, para evitar incendios en un contexto de crisis climática, por el papel que desempeña en la biodiversidad y en la producción de alimentos de calidad, frente a la ganadería industrial", enumera. "Pero para que haya una convivencia real, es fundamental aplicar medidas preventidas que sean efectivas en cada una de las explotaciones y es fundamental que sean financiadas por la administración, que debe prestar apoyo al sector".

Al respecto, Arribas va un paso más allá y plantea que la convivencia con el lobo debería reconocerse también como un valor añadido de las explotaciones. Propone crear sellos específicos para carne, leche u otros productos procedentes de zonas loberas, donde los ganaderos trabajan en convivencia con la especie.

“Sería muy importante que la gente tomase conciencia de eso”, defiende. A su juicio, no es lo mismo producir en una zona sin presencia de lobo que hacerlo en un territorio donde cada noche hay que reforzar la vigilancia, agrupar el ganado y asumir riesgos añadidos.

También reclama que se valore el papel ecológico de la ganadería extensiva. “Nosotros estamos proporcionando, en nuestras áreas de trabajo, un ecosistema de calidad para que haya lobos, porque si no hubiera un ecosistema de calidad para ellos, no estarían”, sostiene.

No obstante, por otro lado, el papel del lobo también es fundamental en el ecosistema. "Los depredadores apicales (como es el lobo) suelen ejercer efectos desproporcionadamente importantes sobre la estructura y funcionamiento de los ecosistemas", explica Acebes. "En el caso del lobo, regula las poblaciones de herbívoros silvestres (como el jabalí, el corzo o el ciervo)".

"En la Sierra de Guadarrama, donde las poblaciones de jabalí y corzo han aumentado en las últimas décadas, la presencia del lobo introduce un factor natural de mortalidad que complementa otros procesos reguladores en sus poblaciones", agrega el experto. "Asimismo, modifica el comportamiento de las presas a través del paisaje del miedo; esto sifnifica que la presencia del depredador puede modificar los patrones de comportamiento de sus presas, pudiendo alterar el uso del espacio que realizan, los lugares de alimentación, las zonas de reproducción, etc.". Además, Acebes asegura que la presencia del lobo también puede tener influencia sobre otros depredadores más pequeños, como el zorro.

"También depreda sobre individuos más vulnerables, eliminando aquellos con peor condición física y contribuyendo así a reducir la transmisión y prevalencia de algunas enfermedades", asegura. "Además, al depredar sobre individuos, genera recursos alimenticios para otras especies carroñeras".

El coste invisible de convivir con el lobo

A pesar de los ataques que se dan, cada vez más ganaderos creen en la convivencia entre la ganadería extensiva y el lobo. "La depredación de ganado es resultado de una combinación de diferentes factores: tipo de hábitat, distribución espacial de las manadas y manejo del ganado", explica el profesor titular del Departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid.

"Un factor determinante es la vulnerabilidad del rebaño, siendo mayor cuando está sin vigilancia, no se cierra durante la noche, tiene corderos, cabritos o terneros, el rebaño está disperso y se encuentra en zonas más o menos cerradas donde el lobo puede aproximarse sin ser detectado", detalla Acebes.

"Las ayudas económicas te dan dinero para comprar un perro, pero uno solo no vale para nada"

En este sentido, el experto defiende la eficacia de las medidas preventivas, especialmente cuando se usan de manera combinada. "Consiguen reducir de manera significativa los ataques y los daños que ocasiona la presencia del lobo cerca de los rebaños", asegura. "Aunque no son infalibles, siempre hay un riesgo"

La convivencia, sin embargo, no se mide solo en ataques evitados o en animales muertos. Los ganaderos insisten en que hay costes que no aparecen en las indemnizaciones: horas de trabajo, noches interrumpidas, estrés del rebaño, pérdida de producción, bajada de fertilidad y desgaste psicológico.

Arribas lo resume con claridad: “Estoy agradecidísimo de que me den un corral móvil, cuatro collares y un pastor eléctrico, pero el trabajo de ir todas las tardes a cerrar las vacas y despertarme a las dos de la mañana por una alarma que me avisa de que los lobos han intentado atacar, lo hago yo”.

A ese esfuerzo se suma el impacto sobre los animales. “No te paga nadie el lucro cesante del estrés que tienen las vacas, la pérdida de leche, la bajada de fertilidad o del comportamiento mucho más estresado y con ansiedad”, sostiene. Para el ganadero, vivir en zona de lobo implica estar pendiente “las 24 horas del día” de lo que pueda ocurrir. “Cuando llegas por la mañana no sabes lo que te vas a encontrar”, dice Arribas.

En definitiva, la ganadería extensiva puede formar parte de la conservación del lobo en vez de presentarse como su enemiga. "El problema de la ganadería, salvo en explotaciones muy puntuales, no es el lobo ibérico. La ganadería arrastra otro tipo de problemas más importantes desde hace décadas", concluye Acebes.

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