Pili se sienta en una de las sillas de plástico verde que ha cogido entre las que hay apiladas en una de las esquinas del local prestado a la Asociación Vecinal de El Pozo ‘Somos Tribu VK’. Lleva allí toda la mañana dividiendo paquetes de garbanzos, lentejas y pasta para el posterior reparto de la Operación Kilo. Exterioriza que “falta bonito y sardinas” enlatados, también “colacao” para los más pequeños. Me cuenta que nunca se ha marchado del barrio, que allí ha crecido y que compartió pupitre con Trini. Con naturalidad, me pone al día: aquel bar de su familia, el que yo recordaba con cariño, ha cambiado de manos varias veces en los últimos años.
Junto a Pili, aquel sábado por la mañana, estaba otra mujer: Gabriela Tunea. Ella también se encarga de organizar la actividad y, además, será quien lleve en su coche los alimentos recogidos por el barrio madrileño. A pesar de tener dos hijos, trabajar fuera de casa y no haber nacido en El Pozo, parece natural encontrarla por las calles de Somos Tribu, siempre tomando la iniciativa.
Entre sus quehaceres se encuentra también el reparto de material escolar para los niños de la zona. Desde la Agrupación insisten en que fueron previsoras para la recogida, pero que aún no todos los estudiantes tienen lo necesario para empezar el curso y que, por tanto, siguen en este proceso de recolecta. Mochilas, cuadernos, pegamento, bolígrafos o rotuladores de colores son algunos de los elementos que estas dos residentes del vecindario dividen de la manera más equitativa posible. “El material escolar se convierte en una necesidad tan básica como la comida. Es lo que marca que los chavales no arranquen ya en desventaja”, expresa Tunea.
"Es lo que marca que los chavales no arranquen ya en desventaja”
La escena se repite cada viernes por la tarde y sábados por la mañana. Aquí no hay almacenes amplios ni cámaras frigoríficas porque “lo que entra, sale en cuestión de días”. “¿Para qué almacenar? Lo que recogemos, lo repartimos. La gente lo necesita ya”, explica una de las voluntarias mientras reorganiza los productos en cajas verdes.
“Lo que entra, sale en cuestión de días”
Pasados unos minutos aparece Adriana Popa, la presidenta de esta plataforma vecinal. Se presenta, entre otras cosas, para contarme que la asociación nació en 2020, en plena pandemia, cuando el barrio se vio golpeado por la crisis sanitaria. También me muestra el escaso material escolar que han logrado reunir esta vez, lo que obligará a estas mujeres de la agrupación a ingeniárselas para poder distribuirlo. “Todo lo que tenemos es gracias a la gente que hace la compra y se acuerda de nosotras. No hay empresas detrás. Ninguna”, cuenta una de las fundadoras. Aún así, la dirigente sabe que cada mochila entregada es fruto de un esfuerzo colectivo de las personas del barrio, ubicado en el distrito de Puente de Vallecas. “En estos barrios hay mucho más tejido de comunidad. Nos conocemos, sabemos quién necesita más y quién menos. Eso también ayuda a que nadie se aproveche”.
La mayoría de mujeres que sostienen la asociación no se conocían antes de coincidir en este lugar de encuentro. Algunas llevan sólo unos años en el barrio, otras toda la vida en Vallecas. “Nosotras somos de Rumania, las tres”, detalla Adriana, quien además de sostener a su familia numerosa, respalda desde la asociación al barrio entero. “Las mujeres cuando tienen necesidad, no tienen vergüenza. A los hombres les cuesta mucho más pedir ayuda”, añade la representante. La frase resuena como una afirmación compartida entre quienes están acostumbradas a lidiar con la carga del cuidado.
La Operación Kilo, que en otros contextos se presenta como un evento puntual, en el Pozo es una rutina semanal. La logística se adapta a la urgencia, distribuyendo lotes pensados para cubrir lo básico de una familia durante la semana. Hay días en los que el reparto viene acompañado de ropa, chaquetas de invierno o incluso, carritos de bebés. “Si alguien no lo necesita, se lo pasa a otra”, cuenta una de las vecinas. Relata Adriana, que la presencia de la asociación mantiene un fuerte tejido comunitario porque en algunas ocasiones actúa en forma de “terapia” o “guardería”.
La falta de ayudas institucionales hace que la carga recaiga sobre la red vecinal. Familias que, aunque atraviesen dificultades, deciden compartir lo poco que tienen. “A veces una familia deja de venir porque han encontrado trabajo. Entonces son ellos los que vuelven con carritos para repartir”, comenta Popa.
“A veces una familia deja de venir porque han encontrado trabajo. Entonces son ellos los que vuelven con carritos para repartir”
Mientras hablo con Adriana, comienzan a llegar los voluntarios de la Operación Kilo, identificables por sus chalecos amarillos. Pasan cargando bolsas de comida, y la presidenta me explica que la asociación vecinal que dirige se rige por un principio de reciprocidad: quienes colaboran como voluntarios también reciben parte de la ayuda recolectada.
Una de las receptoras del apoyo vecinal, que ha estado recolectando alimentos en un supermercado próximo al local cedido a la asociación, traslada a Madridiario que vive en una habitación en un piso del mismo barrio pagando 350 euros. “Por limpiar las zonas comunes, el casero me hace un pequeño descuento en el precio”, comenta mientras se marcha cargando con alguno de los productos reunidos.