El neonato recibiría el nombre de Busián Zayani, pero décadas más tarde y a raíz de su incorporación a uno de los Tabor de Regulares de Infantería con veleidades carlistas, sus camaradas le redenominaron Enrique Busián y con tal apaño nominativo seguiría hasta el fin de sus días. El hostigamiento aéreo hay que situarlo en el contexto de una de las derrotas más dramáticas, ridículas y vergonzantes del ejército español. Un puñado de rebeldes rifeños comandados por el tristemente célebre Abd el-Krim, en número no superior a los tres mil, entre los días 22 de julio y 9 de agosto de 1921, consiguió derrotar con estrépito a un contingente de unos once mil quinientos soldados, de los que nueve mil eran españoles y dos mil quinientos locales y encuadrados en unidades indígenas. La brutal carnicería, en la que aproximadamente la mitad de los soldados murieron tras entregar las armas y rendirse después del compromiso de garantías sobre sus vidas. La hecatombe se produjo cerca de la pequeña localidad de Annual, a caballo entre Melilla y Alhucemas, pasando a las crónicas y relatos históricos como “El Desastre de Annual”.
El asunto, como era de esperar, intentó mantenerse en secreto, entre otras cosas porque la tecnología era alemana y por tanto radicalmente prohibida en el Tratado de Versalles firmado tras el fin de la Primera Guerra Mundial.
Busián Zayani, otrosí Enrique Busián, llegó a España en 1936 integrado en los contingentes de regulares africanistas sublevados contra la legalidad y legitimidad democrática republicana y al final de la guerra se incorporó o lo incorporaron al Regimiento de la Guardia de S. E. El Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos, popularmente Guardia o Escolta de Franco. Desde El Pardo, la autarquía dentro de la autarquía, Busián se lanzó al mundo de los negocios con una joyería-relojería cuya publicidad fue pionera en la radiodifusión de entonces, especialmente en las ondas de Radio Intercontinental, Madrid. El eslogan era curioso, breve y atractivo “Enrique Busián, Mayor 6, primero. Recuerde, Enrique Busián no tiene puerta de calle”. Haciendo de la necesidad virtud, consiguió que el hecho de carecer de escaparate a la calle, sin duda un serio menoscabo, se percibiera como una ventaja sustancial. Morito saber manera y de qué manera.
Busián fue siempre un tipo socialmente integrado y un bon vivant. Buen amigo de los periodistas de entonces, especialmente Hector del Mar, “el hombre del gol”, de los cantantes Juanito Valderrama y Antonio Molina, del restaurador Lucio y del famoseo de toda laya, mostró repetidamente su pasión por los colores del Atlético de Madrid, a cuya dirección y presidencia se postuló en varias ocasiones, aunque lenguas de doble filo sostienen que su objetivo real era que su chofer tuviera la posibilidad de pasear por todo Madrid el Seat 600 con publicidad de la firma durante el tiempo que duraba la campaña. Fue una de las pocas voces que negó públicamente los saqueos a los que sometía a varias joyerías del centro de Madrid doña Carmen Polo de Franco y sostuvo no ser cierto que los damnificados trataran de minimizar los efectos del pillaje poniendo en pie una cooperativa de pérdidas para zonas devastadas.
Ya jubilado, vendió su parte del negocio a cambio de una abultada retribución mensual y se fue a instalar entre la rumorosa vega y los dramáticos olivares de Morata de Tajuña, para entre otras cosas disfrutar con notable frecuencia de la olla gitana o de la vega que prepara desde hace décadas la muy ilustre guisandera Pilar Atance en el Mesón El Cid. Casi cotidianamente salía a pasear con un militar jubilado que le trasladaba en su coche por los alrededores y juntos admiraban los cerros testigo de La Marañosa. Su sobrino Hussein “El Sabroso”, me asegura que Busián, su tío, desconocía por completo que en aquellos altozanos estuvo instalada la Fabrica Nacional de Productos Químicos que suministró al ejercito de África los terribles agentes químicos que cayeron cerca de su madre cuando lo estaba pariendo y sobre una multitud de familiares y compatriotas en una de las acciones más incalificables del Ejercito español a lo largo de su historia.
Cosas que pasan.