Han quedado los últimos, pero los Titanes están de enhorabuena. Han pasado de entrenar en parques a hacerlo en la Universidad Autónoma y competir en la liga regional de rugby. Como cualquier equipo pequeño, dar el salto, encontrar patrocinadores y resistir entre los mejores no ha sido fácil. Su mérito, sin embargo, tiene un añadido: sus cincuenta miembros forman el primer grupo abiertamente diverso en competición. "Somos un punto de encuentro para practicar el rugby en un entorno inclusivo", defiende su vicepresidente, Javier Corral. En sus vestuarios hay hombres de varias edades y distintas orientaciones.
Como los nadadores del decano club madrileño Halegatos, los Titanes han creado un espacio de tolerancia para la práctica física profesional. "En el rugby existen unos valores que no hay en otros deportes, aquí hay una tradición de respeto", describe Corral, que juega de apertura. "Nos respetan mucho: lo único que nos diferencia es que somos novatos", añade. De hecho, aunque no es conocido por el gran público español, el galés Gareth Thomas es tan referente del rugby como de la cultura LGTB. El árbitro más popular, Nigel Owens, también es homosexual. En 2017, los Titanes tendrán otra misión digna de su nombre: organizar la Union Cup, la 'champions' de los clubes gays. El apoyo institucional está garantizado. "No decimos que este sea un deporte homófobo, pero sí que gracias a nuestra presencia se da impulso a la visibilidad", señala el madrileño. Su mera existencia desafía muchos tópicos.
Madrid Titanes
¿Gueto o motor de la diversidad?
Otro ejemplo en esta línea. Como parte de la programación LGTBI de estos días, Madrid acaba de celebrar la octava edición de los Juegos del Orgullo. Durante tres días, un millar de deportistas, la mayoría 'amateurs', ha competido en una docena de disciplinas. "Es un entorno amigable, de confianza", explica Aitor Bullón, vocal de comunicación de la entidad organizadora, GMadrid Sports. Su objetivo último no es otro que, también, defender la visibilidad, algo que consiguen gracias al llamativo apoyo no ya de instituciones, sino de multinacionales. El poder simbólico de este tipo de iniciativas hieren la visión uniforme de la sociedad.
Ahora bien, ¿estos impulsos guetifican? Sin lugar a dudas, este tipo de clubes funcionan como un salvoconducto. "Se crean espacios 'LGTB + Hetero' como forma para decir que son espacios seguros e inclusivos, donde no se teme el rechazo del vestuario", indica Yago Blando, coordinador de Arcópoli. "Sin embargo, eso debería estar presupuesto en todos los clubes", replica.
En el fondo, podría pensarse que estas iniciativas plantean una disyuntiva -¿deporte gay o gays en el deporte?-, al nivel que tantas veces se ha descrito para, por ejemplo, la conveniencia de que haya barrios vocacionalmente LGTB o de que esa comunidad pueble toda la ciudad. Sin embargo, a la luz de lo retratado, ambos extremos parecen remar, al menos en el ámbito de lo deportivo, en la misma dirección. Ambos se retroalimentan, ambos cuestionan la homofobia.
Olímpicos gays
"El único requisito para apuntarse al equipo es compartir la lucha por la visibilidad del mundo LGTB", responde Corral, quien recuerda que esa es una causa más entre las que blanden los equipos, y que permite generar una visión de conjunto normalizada. Bullón, asimismo, opta por la fusión de ambos extremos de aquella disyuntiva.
Y es que, por primera vez, esta edición de los Juegos del Orgullo ha tenido un abanderado: el waterpolista madrileño Víctor Gutiérrez, jugador de élite de la selección española. Junto al patinador (también madrileño y también homosexual) Javier Raya, es el único olímpico que ha roto la mordaza. Por supuesto, defiende esta línea de acción en este sector: "Creo que toda iniciativa que visibilice la existencia del colectivo LGTB en el deporte es positiva", señala a Madridiario. "Mientras exista homofobia, será necesario cualquier movimiento que vele y luche por los derechos y libertades de la comunidad gay", responde desde Montenegro, donde entrena para los próximos Juegos de Río de Janeiro.
Sobre su caso concreto, el internacional, vecino de Puerta de Toledo, explica la relevancia de dar el paso hace sólo un mes en la revista especializada Shangay: “Uno de los motivos que me movió a hacerlo público fue el de lanzar un mensaje positivo sobre mi experiencia particular: siempre me han juzgado por mi rendimiento deportivo, mi calidad como persona y no por mi condición sexual”, agrega el internacional. “El waterpolo es una pequeña familia en la que al final todo se acaba sabiendo: creo que es importante contar que en un mundo donde este tema es tabú, también existe esperanza y comprensión".
Gutiérrez privilegió así el poder transformador de sus declaraciones sobre la eventual reacción homófoba que podía golpear su figura. “El deporte de élite es machista y existe miedo al rechazo de tus compañeros, a quedar marginado o al insulto del aficionado –confiesa-; sin embargo, creo que muchos chicos y chicas pueden sentirse en una situación parecida y necesitan referentes que rompan estas barreras”.
Un árbitro solo en el campo
Pero el fútbol es, hoy por hoy, la gran tarea pendiente. Arcópoli, que lleva un registro de agresiones homófobas -un centenar en la primera mitad de año en la región-, contribuyó el pasado año en el reparto de cordones arcoíris a los jugadores de distintas ligas para que los lucieran en sus botas como señal de apoyo. Entre los pequeños no encontraron reticencias. Rayo y Leganés se sumaron a la causa. También lo hicieron los equipos femeninos. En el Getafe o el Atlético de Madrid respondieron algunos futbolistas. "El Real Madrid ni nos contestó", añade Blando. ¿Por qué ocurre esto?
"El fútbol está muy relacionado con la masculinidad. Los deportes de machos se ocupan mucho de que no haya nada LGTB cerca y se basan un poco en el mito de que un hombre que se define como gay puede ser más débil a la hora de competir", ilustra el portavoz. "Eso retroalimenta la homofobia en la afición", añade. No hay ninguna figura en activo o de Primera que se haya atrevido a romper ese tabú. "Cuando llegue, será un punto de inflexión", valora Blando.