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Buenavista: Cuartel General de la Historia

lunes 07 de abril de 2014, 08:00h

El cuartel general del Ejército, instalado en el palacio de Buenavista, no solo es la suma de un palacio dieciochesco decorado con tapices y cuadros de pintores como Goya, Van Loo, Madrazo o Vicente López, y un edificio administrativo ubicado en plena plaza de Cibeles en el que trabajan 3.000 personas, sino que es, sin duda, el principal escenario de la Historia militar de España de los dos últimos siglos, un período en el que el poder militar jugó un papel trascendental.

  • Sala de Goya en el palacio de Buenavista.

    Sala de Goya en el palacio de Buenavista.
    Kike Rincón.

  • Salon Teniers del palacio

    Salon Teniers del palacio
    Kike Rincón.

  • Escalera de entrada del palacio de Buenavista.

    Escalera de entrada del palacio de Buenavista.
    Kike Rincón.

  • Fachada principal del palacio de Buenavista.

    Fachada principal del palacio de Buenavista.
    Kike Rincón.

Oculto por árboles centenarios, se levanta este palacio, prácticamente desconocido para los madrileños a pesar de que en su interior se haya fraguado toda la historia militar de España de los siglos XIX y XX. El acceso de público -en general, proveedores o militares, aunque una vez a la semana algunas asociaciones culturales o de barrio visitan el edificio- se hace por la calle Prim, lo que obliga a llegar al palacio por la parte trasera, después de atravesar el patio central de un edificio anexo al palacio sin gran valor arquitectónico, que fue construido a mediados del XIX que es hoy el centro administrativo del Cuartel General y la sede del Regimiento de Infantería Inmemorial del Rey número 1, que los últimos viernes de mes, a las 11 de la mañana, realizan en la calle Alcalá un cambio de guardia vestidos con los uniformes de las épocas de Carlos III y Alfonsso XII.

Esta forma de acceder al palacio y la pantalla árbórea del jardín -en el que destaca un biloba más alto que el que posee el Botánico y una estatua dedicada al Valor, obra de José Alcoverro- hace que pocos conozcan la fachada norte del palacio que fue tiroteada durante la sanjurjada -como se llamó al golpe fallido del general Sanjurjo contra el gobierno de la Segunda República- y que tiene como principales elementos decorativos un escudo nacional y dos esculturas de Marte y Minerva realizadas, al igual que los leones del Congreso, con el bronce de los cañones arrebatados en la campaña de África. El reloj que presidía el frontón fue sustituido entre 1942 y 1944 por un grupo escultórico de la Patria, el guerrero y la Historia, encargado a Aniceto Marinas.

No es extraño que la nobleza se encaprichara de este cerro que en el siglo XVI estaba rodeado por un olivar. El primero que levantó una casa en lo que terminó llamándose Altillo de Buenavista -por la vista que se dominaba- fue el cardenal Quiroga, arzobispo de Toledo, quien se la ofreció a Felipe II a su llegada a Madrid, mientras adaptaba el alcázar a vivienda. Durante el siglo XVII las casas de Buenavista pasaron por numerosas manos: Felipe III; Diego de Silva y Mendoza, tercer duque de Francavilla; los jesuitas que quisieron poner aquí su sede madrileña; el marqués de la Ensenada; Isabel de Farnesio, viuda de Felipe V, y el XII duque de Alba, Fernando de Silva y Álvarez de Toledo, que en 1769 adquirió los terrenos y le encargó a Ventura Rodriguez un proyecto de ajardinamiento que no llegó a realizarse.

A la muerte del duque en 1776, la propiedad pasó a su nieta la XIII duquesa de Alba, Maria del Pilar Teresa Cayetana de Silva Alvarez de Toledo, que ordenó derribar la edificación existente y que, al año siguiente, encargó a Juan Pedro Arnal el actual palacio. Aunque el edificio fue habitado por la duquesa que llegó a colgar de sus paredes cuadros como la Venus del espejo, de Velázquez o La Madonna de Alba, de Rafael, se sabe que la construcción no estaba completamente terminada cuando en 1802 murió. Además, el edificio sufrió dos grandes incendios en 1795 y 1796 que afectaron a la escalera principal y a la biblioteca.

En el siglo XIX el palacio siguió cambiando de manos. "La duquesa, a su muerte, se lo dejó a su sirviente y a sus médicos ya que no tenía descendientes directos y no se llevaba bien con el resto de la familia. El Ayuntamiento quiso comprarlo pero propietarios no aceptaron. Una subida de impuestos les animó a subastar la propiedad", asegura José María Pérez, brigada de Infantería y miembro del Gabinete de Relaciones Públicas y Protocolo del Estado Mayor del Ejército. Adquirido finalmente por el Ayuntamiento fue donado a Manuel Godoy, en ese momento en alza. Poco le duró el regalo al Príncipe de la Paz porque en 1808 le fueron incautaron sus bienes y el palacio pasó al Estado. "Los bienes que hay en el palacio son de Patrimonio Nacional si bien es el Ejército el que se ocupa de su mantenimiento", aclara Pérez.

El general Murat lo ocupó durante la guerra de la Independencia, aprovechando la proximidad de las tropas francesas, asentadas en el parque del Retiro, y, en 1810, estuvo a punto de convertirse en un antecedente del museo del Prado pues José I, hermano de Napoleón Bonaparte, decretó que debía destinarse a museo de pinturas. Fracasados los intentos del Ayuntamiento de recuperar la propiedad, Fernando VII decidió convertirlo en la sede la Inspección de Milicias. Se iniciaba así una relación del edificio con el Ejército que aún no ha concluido. A la Inspección de Milicias se sumó, en 1816, su uso como museo de Artillería e Ingenieros, sin sede ya que el cuartel de Monteleón -situado donde hoy se abre la plaza del Dos de Mayo- había sido arrasado en la guerra de la Independencia tras la defensa de los capitanes Daoiz y Velarde. El traslado fue aprovechado para construir la escalera de honor en lugar de la provisional puesta tras el incendio de 1796.

Cuando el museo artillero se trasladó al Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro, Buenavista mantuvo su uso militar y fue vivienda del general Espartero, regente de España. "En 1846, provisionalmente, y al año siguiente, de manera definitiva, tras el incendio de la Casa de los Ministerios, en la plaza de la Marina Española, el de la Guerra se trasladó a Buenavista", explica Pérez. Ello supuso la ampliación, a partir de 1860, del palacio con el edificio situado en su parte trasera.

La configuración actual de la parcela quedó fijada en 1862. Ese año, el Ejército cedió al Ayuntamiento 4.855 metros cuadrados de los jardines del palacio de Buenavista lo que permitió al Consistorio remodelar la plaza de Cibeles y ampliar el arranque del paseo de Recoletos. A cambio, el ministerio de la Guerra recibió nada menos que 11,3 millones de metros cuadrados que el Ayuntamiento poseía fuera de su término municipal, en la llamada Dehesa de los Carabancheles para que el Ejército pudiera hacer maniobras militares. El acuerdo incluyó la realización de la artística verja que hoy cierra la propiedad y que fue pagada parcialmente por el municipio.

Ya como ministerio de la Guerra, el palacio fue habitado por el general Juan Prim que compaginó la jefatura de Gobierno con la cartera de Guerra. Precisamente, en la tarde del 27 de diciembre de 1870, Prim entraba herido en el palacio tras haber sufrido un atentado en la cercana calle del Turco, hoy Marqués de Cubas. Unos sicarios habían disparado sobre su coche y le habían alcanzado en el hombro, en el codo y en las manos, heridas que le provocaron una gran hemorragia y una infección que le causó la muerte, aunque estudios posteriores hayan afirmado, primero, y rebatido, después. si, además, fue estrangulado durante su convalecencia. El ilustre herido fue llevado al llamado Salón de audiencias, tradicionalmente utilizado por los ministros de la Guerra como despacho, y tendido en un diván que hoy muestra el tapizado original aunque el paso del tiempo haya borrado todo rastro de la sangre. "A Prim le tenemos aquí un gran respeto" dice el brigada Pérez. De hecho, la calle por la que se accede al complejo y otra de las estancias del palacio, que originariamente era sala de música, está dedicada a este general. Ello se debe a los dos cuadros relacionados con este militar que cuelgan de sus paredes: un retrato y una escena de la batalla de Tetuán.

Otra estancia cargada no solo de historia sino también de arte es el salón Goya, cuyos tapices, realizados sobre cartones del pintor aragonés, están siendo actualmente sometidos a un proceso de restauración lo que va a suponer un cambio en la fisonomía original de la sala. "La razón es que, tras su tratamiento, los tapices vuelven con mayor tamaño del que mostraban pues, cuando se instalaron aquí, sus extremos fueron doblados sobre el bastidor lo necesario para adaptarlos al tamaño de las paredes. Ahora con el nuevo sistema expositivo que se usa, los tapices están recuperando sus dimensiones originales", explica Pérez. Entre los cinco tapices de Goya que se exponen destaca La era que fue el mayor de los realizados por la Real Fábrica de Tapices pues mide 6,5 metros de largo, y que está acompañado por otros como La maja y los embozados, Las lavanderas o El columpio. También la Real Fábrica de Tapices hizo la gran alfombra que cubre la sala pero con el nombre de Fábrica Nacional de Tapices ya que fue realizada durante la Segunda República por encargo de Manuel Azaña, quien dio, además, la orden de decorar el edificio con lámparas, tapices, mobiliario o relojes -hay 90- pertenecientes a Patrimonio Nacional.

Pero esta sala no solo muestra arte en sus paredes. La mesa que se encuentra en el centro también tiene su historia. "Cuando Alfonso XIII convocó el último Consejo de Ministros de su reinado, el ministro de la Guerra se encontraba con gota por lo que el rey decidió, para evitarle el traslado, que se celebrara aquí. Fue el Consejo de la renuncia del rey. Curiosamente, Manuel Azaña celebró en esta misma mesa el primer Consejo de Ministros de la Segunda República", explica el brigada. No acabó ahí el uso de esta mesa, pues, en torno a ella, se reunió la Junta de Defensa de Madrid, bajo el mando del general Miaja, que impidió la entrada en Madrid de las tropas de Franco, tras la marcha del gobierno republicano a Valencia.

Otras salas importantes de este palacio son el salón Teniers, llamado así por sus tapices sobre fiestas campesinas realizados por Van Loo en el siglo XVIII sobre copias de David Teniers, aunque también cuelga el tapiz de La caza del jabalí, de Goya; la sala de ayudantes, donde se exponen un retrato de Felipe V de Van Loo, un Carlos III del taller de Maella y un cuadro de la reina con la infanta Isabel, obra de Federico Madrazo; el salón de Batallas en el que se puede ver cuadros de batallas, una escultura de Sergio Blanco -más conocido como el cantante del dúo Sergio y Estíbaliz- y un curioso ascensor camuflado por espejos; el comedor, en el que los tapices encargados por Felipe V a Procaccini sobre Don Quijote, muestran unos molinos nada manchegos, y el salón de baile, hoy salón de embajadores, que guarda un retrato de Fernando VII obra de Goya que no le gustó al rey, otro retrato oficial del mismo monarca, obra de Vicente López y unas esculturas de Alfonso XII y Alfonso XIII de Mariano Benlliure. En las últimas décadas, este salón solo se ha usado para actos como la imposición de grandes condecoraciones o la instalación de capillas ardientes como la del teniente coronel Pedro Antonio Blanco, asesinado por ETA, o el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado.

"Cuando terminó la guerra civil, el general Varela hizo construir una planta más, a pesar de lo cual hoy el edificio está actualmente al completo", dice Pérez. Y eso que ya no es sede ministerial pues esta se trasladó al paseo de la Castellana en 1984 después de que Defensa -nombre que adoptó el ministerio en 1977- invirtiera 1.500 millones de pesetas en acondicionar un edificio perteneciente al ministerio de Cultura. "A pesar de ello, a José Bono cuando era ministro, le gustaba traer al palacio a las visitas importantes pues es, sin duda, una joya", añade Pérez.

Antes de abandonar este complejo militar, el visitante ha de atravesar de nuevo el patio de armas, convertido a diario en un enorme aparcamiento, aunque vuelve a recuperar su uso militar cuando se celebran los actos a los caídos o las juras de bandera del personal civil. Un visitante atento se llevará la última sorpresa si observa detenidamente las grandes esculturas que flanquean este patio y que están dedicadas a numerosos personajes como Hernán Cortes, Rodrigo Díaz de Vivar, Pizarro, don Pelayo o Gonzalo Fernández de Córdoba. Realizadas a finales del siglo XX por el coronel de Artillería, Antonio Colmeiro, todas ellas tienen la misma cara: casualmente la de su autor.

GALERÍA DE FOTOS: Principal escenario de la Historia militar de España


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