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El Círculo de Bellas Artes, un faro cultural frente a la Gran Vía

miércoles 09 de julio de 2014, 08:00h

Hoy, 134 años después de su creación, el Círculo de Bellas Artes parece haber vuelto a sus orígenes: por un lado, el 95 por ciento de su presupuesto sale ahora de las cuotas de socios, el alquiler de salas y el cobro de entradas y, por otro, mantiene su papel de referente cultural para Madrid. Y todo ello desde su cuartel general, un edificio singular y polémico, firmado por Antonio Palacios, que desde la calle Alcalá domina el arranque de la Gran Vía.

  • Fachada del Circulo de Bellas Artes

    Fachada del Circulo de Bellas Artes
    Juan Luis Jaén

  • Escalera monumental del Círculo

    Escalera monumental del Círculo
    Juan Luis Jaén

  • Salón de baile del Círculo

    Salón de baile del Círculo
    Juan Luis Jaén

  • Terraza del Círculo con la Minerva al fondo

    Terraza del Círculo con la Minerva al fondo
    Juan Luis Jaén

El Círculo nació en 1879 en la tertulia de un café, el Suizo, situado en la confluencia de las calles Alcalá y Sevilla, donde luego se levantaría el banco de Bilbao. Allí un grupo de artistas y pintores pensaron seguir la moda que por entonces proliferaba por España y crear una sociedad para reunirse, exponer sus obras y venderlas. No era una idea original pues desde 1860 este tipo de sociedades proliferaba hasta el punto de que en 1895, su número alcanzaría las 2.900. La diferencia estaba en su objeto social y en la personalidad de los promotores de esta Casa de las Artes entre los que estaban los artistas Plácido Francés, Carlos de Haes, Arturo Mélida o Aureliano de Beruete. La idea cuajó rápidamente hasta el punto de que la asamblea promotora se reunió el 28 de diciembre de 1879 y el reglamento fue aprobado en abril de 1880.

Era preciso buscar un local, algo que no fue fácil, pues, a medida que la institución crecía -en 1895 ya había 700 socios-, obligó a continuos cambios. Entre 1880 y 1926, el Círculo tuvo hasta nueve sedes -Barquillo, 5; Madera, 8; Lobo, 10; Abada, 2; Libertad, 16; Barquillo, 11; Alcalá, 7; Alcalá, 14 (en el edificio de La Equitativa) , antes de llegar a su sede actual en Alcalá, 42. Eso no significó que el Círculo de Bellas Artes utilizara sus sedes para todas sus actividades, sobre todo si se tiene en cuenta que, a las exposiciones y tertulias, siguieron las clases de pintura, escultura, literaturatura y música, los conciertos y, a partir de 1891, los bailes de máscaras.

La apertura del Círculo a todo tipo de actividades, facilitada por el reglamento de 1901, hizo que la sociedad se dotara de billares, organizara fiestas, ampliara las clases a materias como la fotografía artistica, el grabado o la esgrima; elaborara revistas como La Estampa (1913) o Minerva (1916); celebrara homenajes a personajes como Calderón o Velázquez o comprara las planchas originales de La tauromaquia de Goya, hoy guardadas en Calcografía Nacional. Por sus salones podía verse a artistas como Sorolla, Muñoz Degrain, Rusiñol o José Capuz, muchos de los cuales, como Cecilio Plá, Rafael de Penagos o Salvador Bartolozzi, participaban en los famosos concursos de carteles de los bailes de máscaras, cuya colección guarda el Círculo.

Tanta actividad exigía más recursos económicos y la junta directiva de entonces puso sus ojos en los juegos de azar en contra del parecer de aquellos socios que no estaban de acuerdo con hacer del Círculo un casino. Sin embargo, los ingresos que se lograron permitieron incrementar las actividades -concursos artísticos, conciertos populares, colocación de lápidas y monumentos conmemorativos y actos a favor de la literatura como la creación del día del libro- con lo que las críticas terminaron por desaparecer.

Para atender a todo ello, el Círculo, sin sede propia aún, tuvo que utilizar distintos escenarios, como ocurrió con los bailes de máscaras que en la década 1910-1920 se celebraron en el teatro Real o con las exposiciones que se realizaron hasta 1918 en el Pabellon del Retiro. Esta construcción, obra de Antonio Ferreras y Ricardo Magdalena, había sido levantada en 1907, bajo la influencia de la secesión vienesa, en la Chopera del Retiro al rebufo de la Exposición de Industrias Madrileñas, un evento cuya comisión organizadora estaba presidida por Alberto Aguilera, a la sazón también presidente del Círculo.

En 1919, los 2.300 socios del Círculo se plantearon dotarse por fin de una sede representativa y para ello fue adquirido un solar en la esquina de las calles Alcalá y Marqués de Casa Riera. Convocado el correspondiente concurso, se presentaron 15 anteproyectos. El jurado, formado por los arquitectos Enrique Repullés, Teodoro Anasagasti y Luis Bellido, desestimó los proyectos que, a su juicio, no cumplían las condiciones fijadas, entre ellos el presentado por Antonio Palacios -que ya era autor del Palacio de Comunicaciones, de Cibeles, y del banco del Rio de la Plata, hoy Instituto Cervantes-  con el argumento de que rebasaba la altura máxima de cornisa que era de 25 metros. Aunque Palacios explicó que su proyecto se ajustaba a la legalidad -en concreto aseguraba que la altura hasta cota era de 23,5 metros, a lo que había que unir la parte superior retranqueada y la torre-, el jurado eligió los tres anteproyectos firmados por Secundino Zuazo y Eugenio Fernández Quintanilla; Baltasar Hernández y Ramiro Saiz y Gustavo Fernandez Balbuena. Palacios protestó por el fallo, pero no hubo rectificación. Lo curioso es que en la exposición restringida que se organizó al año siguiente, con los anteproyectos premiados, se incluyó el de Palacios y, cuando el jurado declaró desierto el concurso, los socios, por clara mayoría, lo eligieron como ganador. El arquitecto de Porriño renunció entonces a sus honorarios aunque no a los de dirección de obras.

"Palacios estaba muy influenciado por la escuela austriaca -la secesión vienesa de Wagner y Olbrich- y la arquitectura norteamericana, representada por edificios como el Auditorio de Chicago, obra de Adler y Sullivan", explica Juan Miguel Hernández de León, catedrático de Composición en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM) y presidente del Círculo desde hace 20 años, puesto en el que ha sido recientemente reelegido para otros cuatro años. Esta influencia fue muy importante porque, precisamente Sullivan, había sido el creador del concepto "la forma sigue a la función" y Palacios diseñó la sede del Círculo como una superposición de funciones, lo que tuvo su consecuencia en su imagen exterior.

Un edificio a medida

Según el proyecto, el edificio iba a tener de todo. La memoria redactada por Palacios en 1921, indicaba que en la planta sótano iba a haber un bar-baile con tribuna para orquesta, reservados para comer, baños calientes y de vapor, peluquería, manicura, masaje, gimnasio y sala de esgrima rodeada de columnas que, en verano, se podía transformar en una piscina. La planta baja se diseñó para tener un gran pórtico con marquesina para carruajes, hall monumental, tres salas de conversaciones (que corresponden con la actual cafetería llamada popularmente "La pecera") y una gran sala de exposiciones con estructura diáfana (la sala Goya); en la planta primera se preveían billares y tresillos (hoy se abre allí la sala Picasso); en la segunda o principal, un gran salón de 24 x 11 metros, con 10,50 metros de altura que con la cúpula llegaban a 15, un salón de música anexo (hoy ambos constituyen el salón de baile) y un salón de fiestas (hoy teatro Fernando de Rojas), de 28 x 25 metros y 18,5 de altura con tribuna de orquesta donde se podrían representar grandes espectáculos que podrían ser vistos hasta por 2.500 espectadores si se habilitaba el salón central. En la tercera planta, se instaló la biblioteca con tres salas, una de escritura, otra de lectura de periódicos y revistas y la tercera de estudio, además de una sala de ajedrez y dos salas acolchadas para los que quisieran escribir sus cartas a máquina, hablar por teléfono o realizar audiciones gramofónicas.

En la cuarta planta una sala de recreos de 29 x 25 y 7,30 metros de altura -la actual sala de Columnas- con mesas de juegos, un sala de fumadores -conocida como la Fuentecilla por tener en el centro a modo de fuente la cúpula del salón de baile situada dos plantas por debajo-, la sala de la junta directiva y el despacho del presidente hoy trasladados a la tercera; en la quinta, los comedores de socios, invitados y señoras, con capacidad para 108, 40 y 24 plazas, respectivamente, que dan cabida actualmente a las salas Valle Inclán, Ramón Gómez de la Serna, María Zambrano y la sala Nueva; en la sexta, los seis talleres de artes plásticas, y, sobre la terraza, Palacios levantó la torre de los estudios con capacidad para cinco estudios dotados de antesala, cuarto de modelo y aseo.

El resultado final fue aplaudido por unos y rechazado por otros. Entre quienes lo criticaron virulentamente figuraron personajes como Ángel Ganivet, Unamuno, Ortega y Gasset o Valle Inclán quien en 1934 llegó a calificarlo de "vergüenza" y pidió "su derribo inmediato". También Federico García Lorca, bajo el seudónimo de Isidoro Capdepón, hizo un soneto satírico a Palacios, "autor del portentoso edificio del Circulo de bellas Artes que tiene la admirable propiedad de mantenerse todo sobre una pequeña columna". A ello se sumó que el coste del edificio se disparó. Presupuestado en 6 millones de pesetas -dos más de los previsto en el concurso-, costó finalmente 9 millones y supuso una hipoteca para la sociedad a lo largo de todo el siglo XX, especialmente a raíz de que, con la dictadura de Primo de Rivera, se prohibiera el juego en 1923.

En estas circunstancias, el 8 de noviembre de 1926 el edificio fue inagurado por el rey Alfonso XIII con una exposición de pinturas de Ignacio Zuloaga en la sala Goya. Aunque la apertura de la nueva sede fue acompañada de un aumento de socios, la situación económica siguió siendo crítica hasta que, en 1929, el Círculo comenzó a recibir una subvención oficial que se vio interrumpida por la guerra. Acabada la confrontación, el Círculo, con una deuda de 8 millones de pesetas, entró en una etapa de sometimiento al Régimen que motivó el alejamiento de la institución de las nuevas corrientes artísticas. Fueron los años en los que presidió el Círculo, Eduardo Aunós, un ministro franquista; se nombró a Franco presidente honorario y socios de honor a muchos de los generales que habían participado en la sublevación militar. A cambio, el Gobierno miró hacia otro lado cuando de nuevo se jugó en el Círculo a pesar de la prohibición. Los ingresos permitieron organizar desde fiestas a corridas goyescas y acometer unas obras de reforma muy discutibles que se sumaron a una serie de decisiones que transformaron el interior del edificio.

"Las transformaciones más brutales se produjeron en los años 60 con Joaquín Calvo Sotelo como presidente. En esta etapa, muy importante en la historia del Círculo, se siguió una política de privatización de espacios. Así, el sótano fue lo más modificado. La llamada 'zona de placer' tenía piscina, gimnasio, bar. En su lugar se hicieron el cine y el teatro Bellas Artes y una zona de talleres que es hoy la sala Juana Mordó. La obra la realizaron los adjudicatarios a cambio de periodos de amortización de los alquileres. La cafetería fue llevada a la sala de conversaciones que era llamada "La pecera" porque Palacios fijó la altura de los petos para que los socios de edad avanzada pudieran ver a las chicas que pasaban y desde la calle solo se les veía la cabeza con los que parecían peces. También en la planta quinta se abrió una entreplanta que se alquiló para oficinas y en los años 70 se quitaron los ascensores que eran preciosos y se trasladaron por exigencias de Industria. Hemos pensado varias veces recuperarlos. En cuanto a las oficinas, pensamos en desmontarlas pero finalmente se han dejado para despachos del Círculo", explica Hernández de León.

Tras la llegada de la democracia y la aprobación de los casinos, el Círculo sufrió una nueva crisis económica en un momento en el que estaba recuperando su dimensión cultural. La solución que se buscó en 1983 fue la conversión del Círculo en una institución privada de utilidad pública con la participación de Comunidad, Ayuntamiento de Madrid y otras entidades. "No era proteccionismo sino una nueva forma de concepción democrática de la cultura", dice Hernández de León. La entrada de fondos públicos y privados permitió acometer unas obras de reforma que afectaron a la entrada de carruajes y a la sala Goya donde se bajó el techo para meter las instalaciones eléctricas y de climatización.

Gracias a este nuevo planteamiento, la situación económica del Círculo mejoró. Ya con Hernández de León se aprobó un plan director para, sin perder funcionalidad, recuperar las trazas originales del edificio. "Hace 15 años restauramos el teatro Fernando de Rojas del que Valle Inclán decía que en él, a causa de su poco fondo, solo se podían representar obras de egipcios porque iban de perfil. Ahora tiene fondo, las instalaciones están monitorizadas y cuenta con espacio hasta para foso. Entre patio de butacas y anfiteatros caben unas 450 personas y tiene la admirable propiedad de mantener el estilo. También recuperamos los lucernarios de los talleres aunque algunos han sido cubiertos por los alumnos porque entra demasiada luz. Asimismo, hace 10 años, rescatamos la adjudicación del cine y tomamos la decisión de explotarlo directamente porque, aunque nos da lo comido por lo servido, queríamos mantener la proyección de películas en idioma original con subtítulos", dice el actual presidente.

Una agenda apretada

Paralelamente se incrementó la actividad cultural: actuaciones, fiestas, congresos internacionales, conferencias, conciertos de jazz, festivales, presentaciones y exposiciones se reparten, mes tras mes, por los salones del Círculo. En 1991, el Círculo comenzó a entregar su medalla de oro a creadores e intelectuales nacionales y extranjeros. Las 68 medallas entregadas han sido recibidas por personajes como Fernando Arrabal, Jorge Oteiza, Carlos Fuentes, Antonio Saura, Francisco Umbral, Carmen Martín Gaite, Antonio Tapies, Francisco Ayala, Leopoldo de Luis, Eugenio Trías, Luis Gordillo, Ana María Matute, Jean Baudrillard o John Berger.

La crisis económica de estos últimos años volvió a provocar la alarma hasta el punto de que hace un año comenzó una campaña bajo el lema "Da la cara por el Círculo, da la cara por tu cultura". "El año pasado pasamos de tener subvenciones de organismos y empresas por importe del 28 por ciento del presupuesto al 5 por ciento y a tener que bajar el presupuesto a la mitad", dice el presidente del Círculo. "Hemos aprendido a vivir de otra manera. Tuvimos que tomar medidas radicales. El colectivo de trabajadores aceptó rebajarse los sueldos, en función de su cuantía, entre el 5 y el 19 por ciento; se cambió el modelo para intentar que todo fuera bajo pago; se subió la cuota de entrada a los nuevos socios; se comenzó a cobrar por la entrada o por subir a la terraza; se adjudicaron el restaurante y el bar; se revisaron las tarifas de alquiler de salas y salones. El Circulo, jurídicamente, ya era privado pero ahora lo es de hecho. Es absurdo que las Administraciones que hablan de concertación público-privada en todos los campos no apoye a una institución cultural que pone 9,5 euros por cada medio euro que pone la Administración", afirma Hernández de León.

El resultado ha sido, sin duda, positivo. Una visita detenida al Círculo muestra una frenética actividad, acorde con las 2.000 actividades programadas, la atención a los 3.200 socios y al millón de personas que cada año atraviesa el hall de entrada para recorrer una parte de los 15.000 metros cuadrados que suman las cuatro salas de exposiciones -Picasso, Minerva, Goya y Juana Mordó-, los seis talleres, las siete salas polivalentes, la biblioteca, la sala de billares y juegos, el teatro Fernando de Rojas, el cine-estudio, la emisora de radio, la librería, la cafetería, la terraza o el restaurante. "Las visitas han aumentado más del 40 por ciento. Las cuatro salas de exposiciones programan a dos años vista y las polivalentes tienen una gran demanda por las tardes por lo que la escuela de profesiones artísticas que hemos puesto en marcha con La Fábrica será por las mañanas. La terraza se ha convertido en un sitio muy cool. Cuentan que Brad Pitt quiso comer aquí cuando estuvo en Madrid y no encontró sitio. A los talleres libres -se llaman así porque no tienen profesor- de dibujo, pintura, bodegones y grabado, a los que solo pueden asistir los socios, hemos añadido uno de pintura oriental. Y en 2008, se restauraron los oleos pegados al techo de La pecera -El amanecer, la Noche y El día, obras de José Ramón Zaragoza- , gracias a una empresa privada".

El resultado de todo ello es un edificio vivo, en el que se mantienen las principales estancias que diseñó Palacios por lo que no es extraño que el director de escena Christoph Marthaler y la escenógrafa Anea Viebrock llevaran los ambientes de los talleres, La pecera y la sala de billares como escenarios de su última producción en el teatro Real, Los cuentos de Hoffman, de Offenbach. Ver a una decena de billaristas haciendo carambolas, a casi cincuenta socios esbozando la silueta de un desnudo femenino o a unas decenas de personas tomando café o copas en La pecera, es, desde luego, parte de la esencia de este entidad.

Como lo es su decoración artística, aunque esta no sea la que proyectó Palacios. En el exterior destacan los relieves de Adsuara y la escultura de seis metros de altura dedicada a Minerva, obra de Juan Luis Vasallo, colocados en los años 60. En el interior, el número de obras de arte se cuenta por decenas. Entre las esculturas destacan las de El salto de Léucade, realizada por Moisés Huerta en 1910 que preside La pecera; Pintor metafísico, realizada por el Equipo Crónica, en el despacho del presidente, o La sibila Casandra, realizada por Juan Cristóbal en 1917, en la escalera monumental. Y en pintura, cuelgan de las paredes de este edificio cuadros de Ramón de Zubiaurre, Joaquín Mir, Cecilio Plá, José Gutiérrez Solana, Rusiñol, Beruete, López Mezquita, José Aguiar o Muñoz Degrain, por citar a algunos de los artistas que consideraron el Círculo como uno de los referentes culturales de la capital.

GALERÍA DE FOTOS: A la sombra de Minerva

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