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El Monte de Piedad

miércoles 28 de noviembre de 2012, 00:00h
Sigo con atención las comparecencias judiciales de los antiguos consejeros políticos de Caja Madrid. A pesar de los altísimos salarios que cobraban, de sus declaraciones sólo se desprenden que vivían en una especie de limbo profesional ajeno a todo lo que estaba pasando en la entidad. Hace algunos años, camino de la Gran Vía, me cruzaba cada mañana con una larguísima cola de pacientes ciudadanos estacionada frente a la puerta lateral del Monte de Piedad. Allí estaba, y ahí sigue, la benéfica entidad, en el bajo de un edificio modernista que afea el conjunto armónico de la madrileña plaza de Celenque. Es una de las más antiguas de Madrid, pegadita a la Puerta del Sol, un enclave histórico donde puede visitarse el Convento de las Descalzas, del siglo XVI, salvado milagrosamente, y nunca mejor dicho, de los desafueros bélicos y urbanísticos padecidos por la capital de España. Aquellos madrileños se ordenaban tranquilamente a la espera de empeñar en el Monte la sortijita de oro de la tía abuela Regina o la colección de sellos de don Ramiro. El tiempo consumido merecía la pena y de la ventanilla se volvían a casa con unas pesetillas en la cartera y el boleto correspondiente, una garantía firme y seria para recuperar lo vendido si las cosas mejoraban. Así tapaban muchos agujeros o simplemente llegaban a fin de mes. Pues bien, de esta institución, tan popular como socorredora de gentes en apuros, nació un buen día  del siglo XIX Caja Madrid.

Hubo un tiempo en el que los españoles más humildes y sensatos confiaban sus ahorros y sus problemas de solvencia a la Caja de Madrid, la Caja Postal y otras cajas nacidas en todo el país. Cumplían con todos y estaban para todo. Financiaban a bajísimo interés la primera comunión del más pequeño, la boda de la hija y el entierro del abuelo; recibían con puntualizad y seguridad las remesas de los emigrantes patrios repartidos por medio mundo, garantizaban el envío de dinero fresco al último pueblo de la meseta; construían pisos populares en los nuevos barrios y los vendían después, previo sorteo, a buen precio, pagaban la equipación deportiva y los traslados de muchos equipitos locales y ayudaban a las agrupaciones vecinales a sostener muchas de sus actividades culturales y sociales, e incluso compraban juguetes para los niños sin recursos que luego se embolsaban en las alforjas colgadas de los camellos de los Reyes Magos en las cabalgatas navideñas. Todo esto y mucho más, formaba parte del catalogo de prestaciones de Caja Madrid.

Las cajas formaban parte del entramado social español y eran tan necesarias y castizas como el médico de cabecera o la farmacia de guardia. Un invento genuinamente nacional. Como decía uno de los lemas más explícitos de las cajas: “no había un interés más desinteresado”. Cerrado el ejercicio anual, los beneficios de las cajas terminaban en las fundaciones matrices, para revertir después en la ciudadanía. Las cajas, como tantas empresas públicas levantadas con el esfuerzo y el capital de todos los españoles, se han sacrificado en el altar de la modernidad o han  sido engullidas por la voracidad recaudadora de los diferentes gobiernos democráticos.

Caja Madrid, la caja de tantos trabajadores y de tantos pensionistas, se politizó primero para convertirse en un instrumento de las autoridades y después se transformó en un banco. El Marqués de Pontejos creó Caja Madrid para favorecer  a los más necesitados y ha terminado por convertirse en algo muy distinto a lo que fue en sus orígenes, incluso en su última etapa bancaria fue capaz de alumbrar las llamadas acciones preferentes. Algunos directores de sucursal, los más desaprensivos, capaces de vender  su madre por un bono salarial, ofrecieron este producto a cientos de miles de ancianos, que invirtieron sus ahorrillos en este pozo sin fondo. Les prometieron el oro y el moro y finalmente les han dado gato por liebre. Aseguran los expertos en este mercado evanescente se han colocado más de mil millones de euros. Ahora están recibiendo comunicaciones donde se les certifica la depreciación evidente del capital invertido. Todo un símbolo de algo que finaliza de muy mala manera.
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