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El Centro de Arte Reina Sofía: arquitectura en dos tiempos (gris y roja)

lunes 13 de enero de 2014, 14:02h
Unir dos edificios levantados con casi 250 años de diferencia no es usual y suele no cuajar. Pero este no es el caso del antiguo Hospital General de Atocha. Atrás queda un largo pasado como establecimiento hospitalario, la seria amenaza de demolición que sufrió a finales de los años sesenta del siglo XX y la impresionante ampliación a que fue sometido el viejo edificio de Hermosilla y Sabatini cuando en el año 2000 se acometió el proyecto de Jean Nouvel. Hoy, los dos edificios del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía 'dialogan' al tiempo que albergan el mejor arte español actual.
  • Fachada del antiguo Hospital General, hoy Centro de Arte Reina Sofía

    Fachada del antiguo Hospital General, hoy Centro de Arte Reina Sofía
    Juan Luis Jaén

  • Edificio Nouvel, del Centro de Arte Reina Sofía, desde la Ronda de Atocha

    Edificio Nouvel, del Centro de Arte Reina Sofía, desde la Ronda de Atocha
    Juan Luis Jaén

  • Claustro del edificio Sabatini

    Claustro del edificio Sabatini
    Juan Luis Jaén

  • Patio con lucernarios del edificio Nouvel

    Patio con lucernarios del edificio Nouvel
    Juan Luis Jaén

La vinculación de Atocha al ámbito hospitalario viene de antiguo ya que fue Felipe II quien decidió solicitar a las Cortes de Castilla y al papa Pío V la unificación de todos los hospitales de la villa y eligió esta zona para establecer el nuevo Hospital General. El edificio, inicialmente destinado solo a hombres, fue levantado al final de la calle Santa Isabel muy cerca de la cerca que cerraba Madrid, tras un peregrinaje por el hospital de convalecientes de la calle San Bernardo, una casa del paseo del Prado y otra en el camino de la basílica de Atocha. Por su parte, las mujeres fueron llevadas inicialmente al hospital de la Pasión, levantado en 1465 en la plaza de la Cebada, que, a raíz de la unificación, quedó adscrito al Hospital General. Cuando en 1636 este inmueble se quedó pequeño, las enfermas fueron trasladadas a un nuevo edificio situado muy cerca del hospital de hombres ya que fue construido en la calle Atocha, en el mismo solar donde en el siglo XIX se levantaría el Colegio de Cirugía de San Carlos como facultad de Medicina.

En estas circunstancias no es extraño que cuando Fernando VI decidió dotar a Madrid de un nuevo edificio hospitalario con mayor capacidad le encargara al capitán de ingenieros José Hermosilla que ubicara el hospital en la misma zona. El proyecto original de Hermosilla era enormemente ambicioso pues, con seis inmensos patios, iba a ser más grande que el palacio Real. El inicio de las obras se vio retrasado como consecuencia de los problemas para conseguir la cesión de los terrenos necesarios. Por fin, el 1 de marzo de 1758, a las cuatro de la tarde, se procedió a la tira de cuerdas y al día siguiente comenzaron las obras del nuevo Hospital General.

Hermosilla estuvo once años al frente de las obras, durante los cuales se acometió la red general de alcantarillado, el movimiento de tierras, los muros de contención, la cimentación parcial, los sótanos abovedados y el levantamiento de algunos muros que daban al llamado patio grande, el más alejado de la calle Atocha. La magnitud del proyecto y algunos problemas de falta de control económico hicieron que en tan solo diez años, sin que se vieran el final de los trabajos, se hubiera gastado la mitad de los 4,9 millones de reales del presupuesto inicial para la primera fase. Y eso tras enormes problemas para conseguir el dinero pues hubo que acudir al impuesto sobre la venta de tabaco, al producto de la Real Lotería y a distintos donativos. Finalmente, en 1769, Hermosilla sería apartado del proyecto cuya dirección le fue encargado a Francisco Sabatini.

El nuevo arquitecto varió el proyecto de Hermosilla aunque no sus dimensiones. En línea con otros edificios de Carlos III el proyecto mejoró en cuanto a simetría e impacto en la trama urbana, si bien el proyecto original perdió parte de su funcionalidad. Sabatini diseñó un edificio de cinco patios más otros dos que flanqueaban la iglesia con una cúpula de grandes dimensiones que iba a ir en el centro y planteó la estructura general como si de un palacio se tratara con una monumental fachada de 165 metros a la calle Atocha con acceso a través de una doble escalinata. Cuando en 1771 se le pidió que calculara el posible coste de la primera fase, con el nuevo proyecto, Sabatini lo estimó en 11,5 millones de reales.

Tras distintas paralizaciones debidas a la falta de presupuesto, en 1781 se logró terminar las crujías este, oeste y sur y parte de la norte del patio grande. Contra lo que se creyó durante muchos años, el papel de Hermosilla en el edificio construido fue claro ya que las dimensiones, los sótanos abovedados, los muros hasta la primera imposta o el arranque de las escaleras del edificio actual fueron construidos bajo su dirección, a pesar de lo cual el inmueble es hoy designado como "edificio Sabatini". Por fin, en septiembre de 1785, concluyeron los trabajos de la crujía norte dándose por terminada la primera fase.

Gastos disparados

La continuación de las obras se limitó a la única parte del edificio que llegaría a alcanzar la calle Atocha donde se instaló la facultad de Medicina y hoy funciona el Conservatorio de Música. Todo se paralizó tras la muerte de Sabatini en 1797, no solo por la muerte del arquitecto sino ante la imposibilidad de reunir los 32 millones de reales pendientes para concluir el proyecto. El edificio resultante, con capacidad para 700 camas, pasaría a la Diputación Provincial en 1849 como Hospital Provincial de Madrid.

Diez años después, la Diputación recibió el encargo de segregar el ala ocupada por la facultad de Medicina, lo que suponía, de hecho, enterrar los proyectos de Hermosilla y Sabatini. La separación se produjo al año siguiente y en 1883 comenzó el derribo de lo que aún quedaba del hospital de Felipe II incluida la iglesia con que contaba desde 1620. El terreno liberado fue parcelado y urbanizado, lo que permitió prolongar la calle Santa Isabel y abrir las de Doctor Mata y Doctor Drumen.

La historia del hospital a punto estuvo de terminar cuando la Diputación Provincial, a finales de los años sesenta del siglo pasado, planteó su demolición y la venta de los terrenos resultantes para costear las obras de la Ciudad Sanitaria Provincial Francisco Franco que se estaba levantando en la calle Doctor Esquerdo, en el mismo solar que había ocupado el hospital de San Juan de Dios. Afortunadamente las protestas de varios periódicos y de eminentes médicos que se habían formado y trabajado en él, y el informe negativo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando alejó el peligro de la piqueta que quedó totalmente superado cuando en 1977 el edificio fue declarado monumento histórico-artístico y pasó a depender del ministerio de Cultura. Ello permitió que el edificio, abandonado tras la marcha de los enfermos a la Ciudad Sanitaria en 1968, fuera destinado a museo de arte español contemporáneo y sometido en 1980 a unas obras de restauración que dirigió Antonio Fernández Alba.

Una segunda vida

En abril de 1986 comenzó la segunda vida del edificio. El edificio abrió sus puertas ya como Centro de Arte Reina Sofía, si bien al principio se limitó a organizar exposiciones temporales en las plantas baja y primera. Dos años después, coincidiendo con la declaración del centro como museo nacional, Antonio Vázquez de Castro y José Luis Íñiguez de Onzoño, con la colaboración del arquitecto británico Ian Ritchie, dieron un primer toque rupturista al edificio cuando, para solucionar la comunicación de los visitantes, propusieron la instalación de dos torres de ascensores panorámicos de vidrio y acero en la fachada principal y un montacargas, de mayor amplitud y altura, en la calle Hospital, que levantaron numerosas críticas por el contraste con la fachada clásica.

Pero fue el traslado en 1992 del Guernica, desde el Casón del Buen Retiro en el que se encontraba desde su llegada a España en 1981, el que hizo que aumentara el interés por este edificio. "El traslado del cuadro de Picasso exigió la construcción de un montacargas especial al que se dotó de unas dimensiones acordes para introducir el cuadro (3,49 x 7,76 metros)", recuerda Concha Iglesias, jefa de Prensa del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS). El traslado del Guernica a su nueva ubicación se hizo previamente a la presentación, con asistencia de los reyes de España, de la colección permanente, fruto de la unión de los fondos procedentes de los museos del Prado y Español de Arte Contemporáneo. A partir de ese momento, el museo pasó a formar parte del "triángulo del arte" con el Prado y el Thyssen.

Ponto se vio que el aumento de las actividades del museo chocaba con la falta de espacio. Ello hizo que en 1999 se convocara un concurso internacional de Ideas para la ampliación del MNCARS cuyo jurado eligió, entre los 100 bocetos presentados, a los 12 equipos que habían de hacer un proyecto. Finalmente se le concedió el primer premio al francés Jean Nouvel, autor, entre otros edificios, de la Ópera de Lyon, el centro de Congresos de Tours, las galerías Lafayette de Berlín, la torre Dentsu de Tokio o la torre Agbar de Barcelona.

Tras demoler los edificios ocupados por el Instituto Nacional de Bachillerato a Distancia que se encontraban anexos al hospital, se levantaron tres bloques, con una superficie total de 17.566 metros sobre rasante, 9.326 bajo rasante y 3.780 metros entre plaza y terrazas semicubiertas. Gracias a ello se dotó al complejo resultante de nuevas salas de exposiciones permanentes y temporales, dos auditorios (uno de 400 y otro de 200 butacas), biblioteca y centro de documentación, librería especializada, almacenes, despachos, sala de reuniones, sala de protocolo, cafetería-restaurante y bar terraza. Gracias a ello se pudo aumentar la superficie un 64 por ciento al pasar de los 51.297 metros del edificio Sabatini a los 84.048 totales. La inversión se elevó a 92 millones de euros.

"A pesar de esta ampliación, hoy no hay ningún espacio que no se utilice", dice Iglesias. De hecho, de las casi 20.000 obras con que cuenta el museo -más de 4.000 pinturas, 3.600 dibujos. 5.500 grabados, 4.000 fotografías y 1.700 esculturas y más de 1.000 instalaciones, videoinstalaciones, películas y piezas decorativas o de arquitectura- tan solo se exponen unas 1.000 obras, un 5 por ciento. "A lo largo del año, además de la exposición permanente, se organizan hasta 16 exposiciones repartidas por ambos edificios. Para paliar la reducción de presupuesto se intenta también, a través del cobro de tasas, ceder espacios como salas, auditorios o los palacios de Velázquez o Cristal, pero nunca cuando tienen expuestas obras de arte. También se cobra una tasa en caso de que se quiera hacer una visita privada", explica Iglesias.

Pero la mayor parte del espacio está ocupado por las exposiciones. "Hasta los sótanos abovedados del edificio Sabatini, llamados las carboneras, son utilizadas para exposiciones, al igual que la sala de guardarropía del antiguo hospital que, tras ser utilizada como sala de protocolo, se ha convertido en sala de exposiciones audiovisuales. Es un museo muy vivo", afirma Iglesias. La prueba de ello es que frente a 715.000 visitantes en 1994 y 1,4 millones en 2004, en 2012 se superaron los 2,5 millones.

El peso de la arquitectura

Es tal la fuerza de la arquitectura que los visitantes no tienen más remedio que compartir encantados la visión de las obras artísticas con la de los propios edificios. Un recorrido por ambos permite descubrir la armonía con la que Nouvel ensambló sus "livianos" edificios con la solidez del viejo hospital; la sala de lectura de la biblioteca, dotada de cien puestos de lectura y cubierta por una lámpara monumental formada por dados de vidrio moldeados en la Real Fábrica de Vidrio de la Granja; la gran marquesina que sobrevuela 36 metros de calle y se eleva seis metros por encima de las terrazas, o la fachada reflectante que devuelve la imagen de las casas próximas gracias a la fibra de vidrio y poliéster con tono rojizo con que está recubierta. Por no hablar del gran patio del edificio Nouvel; las escaleras a las que Hermosilla y Sabatini dotaron de unos peldaños con la altura apropiada para los enfermos; los sótanos abovedados de ladrillo; los largos y antiguos armarios de la sala de guardarropía, o el jardín del viejo hospital "sembrado" de obras de arte.

Pero estos edificios encierran otros tesoros, aunque estos queden fuera de la visión de los visitantes. Entre ellos, los dos inmensos sótanos dedicados a almacenes donde se guardan en "peines" miles de obras de arte en las adecuadas condiciones de humedad, temperatura, luz y seguridad; la esclusa cubierta y libre de gases en la que pueden entrar transportes especiales de hasta 18 metros de largo, 4,25 metros de ancho y 4,80 de altura lo que permite cargar y descargar las obras de arte cómodamente; la gran terraza que mira al sur, sobre el jardín del hospital, proyectada por Sabatini con las dimensiones adecuadas para que cupieran las camillas de los ingresados o la subida a la parte superior del montacargas trasero que, permite descubrir, además de una insólita imagen de la cubierta de los edificios (el de Nouvel pierde por arriba su característico color rojizo), una magnífica vista de los tejados del viejo Madrid.

Un recorrido por el Reina Sofía

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