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Un homenaje a Paquita, a todas las Paquitas…

jueves 12 de noviembre de 2020, 08:15h

Una frase contundente en un programa de máxima audiencia hizo que a sus 91 años saltara a la fama y se viralizara en redes sociales: “¡Tengo 91 años pero no soy gilipollas!”, espetó en La Sexta tras dar con la clave para que se puedan pagar pensiones dignas a las mujeres viudas. Esto es, que se diera trabajo a la juventud. Paquita, que ni siquiera utilizaba teléfono móvil se vio abrumada por ese famoseo coyuntural y es que realmente no se hacía justicia a casi un siglo de lucha, reivindicación y conciencia de clase de ella y de tantas como ella.

El pasado domingo se nos fue Paquita, Francisca Martín Isidro, que nació en Madrid el 4 de mayo de 1925, en plena Dictadura de Primo de Rivera, régimen que se extendería hasta 1930. Es decir, su primera infancia transcurrió bajo esta dictadura y la posterior “dictablanda” del general Berenguer, que desembocaría en las elecciones de 1931 y el advenimiento de la II República.

A pesar de su edad, a quien quería oír, le hablaba de su Madrid, del barrio de Noviciado, previo a la Guerra Civil. Ese Madrid, alegre y bullicioso, que mantuvo una identidad propia hasta que el franquismo se lo arrebató todo por haber resistido tres años de hambre, bombas y quintacolumnismo. Ese Madrid con una juventud que se organizaba para pasarlo bien, pero también para hacer deporte y excursiones, como contaba Paquita a quien quisiera escuchar. Y es que ella era la menor de una familia de dos hermanas y un hermano. En realidad habían nacido más, pero era ese tiempo en que estaba normalizado que la muerte llegara tantas veces con el nacimiento.

A Paquita le sobrevino la guerra con 11 años y, a quien quería escuchar, le contaba que la ciudad tenía hambre y miedo de los bombardeos, pero se mantenía suficiente ánimo y algo de dinero como para poder ir a los cines. La madre de Paquita se murió un mes antes de que finalizara la guerra. De hambre. La fuerza de Paquita se tambaleaba un poco sólo cuando recordaba estos episodios. También cuando hablaba de su padre, que era practicante y la noche previa a la entrada de las tropas franquistas en la capital estaba de guardia en el hospital, entonces lo detuvieron… “y ya no volvió”.

Rememoraba Paquita, cuando alguien quería escuchar, que fue muy duro, como para tantas niñas y jóvenes, quedarse de repente sin padre y sin madre; por eso decía, sin ser viralizada en redes sociales, que una guerra civil es lo peor, que “todas las guerras son malas, pero es que con las guerras hay mucha gente que gana mucho dinero”. Con el pasar de los años encontró Paquita a Ricardo, su compañero, luchador que, como Marcelino, pudo escapar a Argelia. Eso sí, con esa sonrisa traviesa que le surgía contaba que no se casó hasta más allá de los 40 años, porque en sus tiempos las mujeres que se casaban tenían que dejar de trabajar y a ella, metalúrgica, no le daba la gana.

Cada 8 de marzo, sin televisiones, ni radios, ni medios de comunicación, a pesar de ser convocados, las Comisiones Obreras de Madrid acuden al Cementerio del Este (o de La Almudena) para homenajear a las Trece Rosas. Evidentemente la primera en acudir era Paquita, que con su prodigiosa memoria solía recitarnos versos. Como los de Consuelo Ruíz: “… las mujeres de los rojos, que en España nos quedamos, queremos tener al menos, el derecho de contarlo”.

Este terrible 2020 fue el último 8 de marzo de Paquita y también la última ocasión que coincidí con ella en un acto. Allí comentamos el escándalo que suponía que el Ayuntamiento de Madrid retirara las placas con el nombre de los republicanos fusilados y allí nos declamó de memoria una larga poesía sobre las navidades de los presos.

Junto a ella, organizando el entrañable acto estaba Susana López, que nos dijo adiós el 30 de abril, como no pudiendo soportar no llenar las calles de banderas rojas el Primero de Mayo. Era Susana otra mujer roja en el estricto sentido del término. Comunista en ideales y en retranca a la vieja usanza, irónica y mordaz, fumadora empedernida siempre aguantaba estoica las bromas sobre el tabaco. Se acompañaba de una muleta porque llevaba una pierna inmovilizada, “con muleta y todo puedo seguir fumando”, contaba con su voz profunda y esa sonrisa rodeada de las arrugas que en la cara regalan una vida de luchas.

Aquel 8 de marzo caminé al cementerio pensando que acudirían pocas personas, pero me confundí porque detrás de ese acto estaba Susana, la camarada Susana, responsable de Mujer de la Federación de Pensionistas y Jubilados. Convocando como toda la vida, desde el anonimato y en una segunda o tercera fila. Y es que era una mujer que no peleaba para sí misma, sino por “la causa”. Con sus artesanos carteles nunca empujaba por salir en una foto o por buscar el halago fácil.

Nadie puede negar que fue Susana, de indeterminada edad, una mujer libre, honesta, fiel a sus principios. Pérdidas como las de Paquita y Susana son muy importantes para las Comisiones Obreras de Madrid. Eran motores, agitadoras de conciencias, también entre la juventud porque joven era su espíritu. En estos tiempos de cierto adanismo, hay que reivindicar también la experiencia. En EEUU acaba de ganar Biden, un septuagenario (por edad Paquita podría haber sido su madre) que ha llenado el mundo de ilusión. Es imprescindible que la juventud tome las riendas, pero no puede obviar el valor a lo que ha venido haciéndose año tras año, porque seguro que algo siempre sirve.

El compromiso de mujeres como Paquita, Susana y tantas otras que no se han viralizado nunca en redes sociales no se puede aprender porque es innato a determinadas personas. Paquita era mucho más que una contundente frase. Era la memoria en vida. El problema de conocer el legado de tantas “Paquitas” es que hay que invertir más tiempo que en lo que se lee un tuit o se ve un video. Cada vez hay menos Paquitas, pero la mayoría están deseando contar a quien quiera escuchar.

Fueron, siempre serán, mujeres luchadoras, sindicalistas, comunistas, republicanas. Compañeras y camaradas a las que, cuando volvamos a las calles echaremos en falta. A Susana, con su cigarro en boca; a Paquita con su pausado caminar reivindicando igualdad, pensiones dignas, justicia para los más desfavorecidos. Sentiremos sus ausencias cuando homenajeemos a las Trece Rosas, cuando reivindiquemos a quienes murieron luchando contra el fascismo.

Jaime Cedrún

Secretario general de CCOO Madrid

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