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Entre la pandemia, el hambre y las bombas

jueves 20 de agosto de 2020, 09:03h

"En estos tiempos difíciles, no nos olvidemos de quienes escapan de la guerra y de la persecución. Hoy más que nunca necesitan, como lo necesitamos todos y todas, solidaridad y compasión”.

Filippo Grandi, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

Mientras escribo estas líneas, un golpe de estado se produce en Malí, uno de los países del Sahel (junto a Chad, Níger, Burkina Faso y Mauritania) con mayor inestabilidad. Grupos yihadistas están aprovechando la pandemia para golpear en esta zona, empujando la huida de refugiados a nuestro vecino Magreb (Marruecos, Túnez, Argelia, Libia). En Malí, hay un solo respirador por cada millón de habitantes. En Ruanda, menos de 30 en todo el país según declaraba hace unos días la secretaria de Estado para la Cooperación Internacional. Son países sin capacidad sanitaria alguna que viven entre la pandemia y las bombas. Su única esperanza es huir, escapar. Engrosar campamentos de refugiados cercanos o contactar con mafias para contratar pateras rumbo a este sur de Europa es la solución.

Ahora también es nuestro el miedo, somos también los que enfermamos y morimos. Y nos resulta difícil imaginar no tener un lugar en el que refugiarse. Nos resulta difícil imaginar vivir hacinados junto a miles. Según ACNUR (Agencia de la ONU para los Refugiados) son más de 70 millones de personas las que se han visto obligadas a huir de sus casas por la violencia y las guerras. Nos preocupa, lógicamente, la salud física y también psicológica de nuestros pequeños y pequeñas, sus días de encierro; pero se nos olvidan las secuelas físicas y psicológicas de tantos menores que huyen de bombas, que conviven con mutilaciones, que son niños soldados…

El terror de nuestro mundo capitalista occidental es la pandemia, el contagio global. Las personas que tienen que refugiarse en campos conviven y mueren con muchas epidemias (enfermedades que se contagian rápidamente): ébola, sarampión (que ha supuesto la muerte de 6.300 personas hasta el momento en República Democrática del Congo), malaria (en 2018 se produjeron 228 millones de casos y 405.000 muertes, en su inmensa mayoría en África subsahariana), VIH, cólera, dengue

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 22% de la población, unos 1.600 millones de personas viven en lugares donde las crisis prolongadas -provocadas por factores como la sequía, el hambre, los conflictos y el desplazamiento de la población- y los servicios de salud débiles las dejan sin acceso a una atención médica básica.

Bangladesh, Kenia y Etiopía acogen los campamentos de refugiados más grandes del mundo. El Gobierno turco ha utilizado a refugiados, mayoritariamente sirios que huían de la ciudad de Iblid, para echar un pulso a Europa y abrir sus fronteras hacia Grecia. Europa respondió con gases lacrimógenos y tiroteos. El coronavirus se está cebando en Turquía y los refugiados ya no importan a nadie. Unos intentan volver, otros siguen hacinados en la frontera, otros deambulan… La preocupación es quién se queda con los recursos naturales de la zona.

En Kutupalong-Balukhali (Bangladesh), en 2018 vivían unas 670.000 personas, casi el doble que Bilbao (345.000). En febrero de 2019, en el campo de Dadaab (Kenia) vivían más de 200.000 personas según ACNUR, más o menos tantas como en Granada (232.000). En la región de Dollo Ado, en Etiopía, hay unos cinco campamentos que albergan cerca de 220.0000 refugiados. Son más habitantes que Pamplona (199.000). En 2017, el campamento de refugiados de Zaatari, en Jordania, registró unos 77.781 refugiados, casi tantos como para llenar el estadio Santiago Bernabéu. Si la higiene es clave para prevenir el virus, ¿qué pasará entre las poblaciones de refugiados que apenas tienen 10 litros de agua por persona al día y que no disponen de jabón, ni de hidrogel, ni mascarillas?

Está siendo este un verano sin culebrón informativo porque lo que estamos viviendo son varias hidras de siete cabezas. Además de la pandemia que tiende a infinito, nos encontramos con un rey emérito que se traslada a Emiratos Árabes ante los escándalos que ha venido protagonizando; seguimos pendientes de supuestas vacunas rusas o chinas…, y quizá no vemos que también este verano decenas de pateras quieren alcanzar el sueño de nuestras costas, cueste lo que cueste. El pasado 6 de agosto morían, al menos, 50 inmigrantes subsaharianos que se dirigían a Canarias en dos pateras. Una semana antes, una tercera patera se hundió en su intento de llegar a Canarias, que según Marruecos costó la vida a siete personas. Mientras, hasta finales de julio había desembarcado en nuestro país algo más de 2.600 argelinos, según datos de la agencia europea de fronteras (Frontex). A la tragedia de la muerte hay que añadir el drama de la consolidación de redes mafiosas.

Ya en nuestro país, este verano hemos visto como un jornalero nicaragüense, cuyo jefe no le tenía dado de alta en la Seguridad Social, moría en Murcia tras descargar un camión de sandías a más de 40 grados. En España viven hasta 470.000 temporeros agrícolas en situación irregular según un estudio de la Universidad Carlos III. El informe calcu­la que 300.000 extranjeros extracomunitarios trabajan en la economía sumergida y cifra en unos 20.000 los irregulares empleados en el sector primario. La paradoja es que el 46 por ciento de los migrantes no-europeos trabajan en actividades declaradas “esenciales” en el estado de alarma (entre los españoles no llega al 35 por ciento).

Y más paradojas, España es el país europeo que más fruta exporta; en los días previos a la pandemia el “empresariado” agrícola bloqueaba las carreteras alentados por la ultraderecha rural. Esa ultraderecha del entorno de Vox que alimenta la xenofobia con mentiras que culpabiliza a temporeros e inmigrantes de brotes de coronavirus.

El coronavirus debería habernos recordado que no estamos solos en el mundo, que formamos parte de una comunidad. Como sindicato de clase, CCOO tiene muy claro su carácter internacionalista por lo que insistiremos en sensibilizar a la sociedad, estrechar lazos con sindicatos hermanos y reclamar políticas públicas.

Jaime Cedrún

Secretario general de CCOO Madrid

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