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Homenaje a Galdós

jueves 13 de agosto de 2020, 08:20h

Parece que la pandemia es el último boicot a Benito Pérez Galdós en este 2020, centenario de la muerte del novelista, periodista, político…, nacido en Canarias y adoptado por Madrid. Eran múltiples los homenajes, ciclos de conferencias, presentaciones de biografías previstas para este año, pero el coronavirus ha podido con casi todas. Por eso, también como responsable de las Comisiones Obreras de ese Madrid protagonista en la vida y obra del autor, quiero hacer frente a este extraño sabotaje vírico.

Y es que en vida Galdós fue perseguido por muchos de sus contemporáneos hasta el punto de que la presión ejercida por intelectuales y políticos conservadores terminó convenciendo a la Academia Sueca de que no se le concediese en 1912 el Premio Nobel de Literatura. Relataba en enero pasado en ABC el escritor Andrés Trapiello que “literariamente la cuestión no tiene la menor relevancia. Para los escritores españoles con Nobel, el premio ha venido a justificar su irrelevancia literaria: desde Echegaray y Benavente hasta Aleixandre y Cela. Su no concesión en el caso de Galdós ha sido una certificación de su buena salud”. Desde el punto de vista político, eso sí, le parecía profundamente trágico: “Fue el triunfo de la roña y la sarna española frente a los principios liberales”.

Evidentemente no me considero con capacidad para tomar partido en las polémicas literarias nacionales que han tenido a Galdós como objetivo, renacidas recientemente entre una galdosiana como Almudena Grandes frente a autores como Javier Cercas. Pero, más allá de su madrileñismo, no puede obviarse el contenido social de la obra de don Benito, tanto en su novela como en sus artículos periodísticos. No podemos obviar su labor como cronista parlamentario o como periodista defensor del Primero de Mayo publicando en el viejo “El Socialista” de 1911.

Sí, es evidente que Galdós era activo y activista, lo que le llevó a ser diputado por la Unión Republicana por Madrid entre 1906 y 1914. Una ideología que quizá fue conformando desde su juventud en ese Madrid protagonista de la Sublevación del Cuartel de San Gil contra Isabel II en 1866. Aquel día las calles de la ciudad se llenaron de sangre en el intento cívico militar de destronar a la reina. Hecho especialmente relevante porque los barrios obreros eran los encargados de apoyar el levantamiento y porque los partidos democráticos y progresistas determinaron hacer frente a los borbones.

En una de esas ediciones clásicas de las obras completas de Galdós que realizaba la Editorial Aguilar, uno de sus biógrafos, Federico Carlos Sainz de Robles (padre) destacaba que a Galdós “se le atacó con el ácido más corrosivo de la envidia y de la inquina: el silencio” y argumentaba que el rechazo de parte de la opinión pública fue simplemente por su no neutralidad política.

También Sainz de Robles, resalta la profunda relación de Galdós con Madrid, “era madrileño legítimo. Legitimado, mejor, con todas las de la ley”. O María Zambrano cuando se pregunta “¿será acaso Galdós el poeta de Madrid? Ese poeta que toda ciudad necesita para existir, para vivir, para verse también”. Rondaba nuestro autor los 20 años cuando arribó a la Estación de Atocha desde Alcazar de San Juan y sufrió el flechazo con la capital. Se estrenó viviendo en Lavapiés y, amante de callejear, tuvo domicilios en Serrano, plaza de Colón, Hortaleza, Fuencarral, Alberto Aguilera…, terminando sus días en la calle Hilarión Eslava.

Allí murió el 4 de enero de 1920, a los 76 años. El tan denostado por los poderes conservadores era amado por el pueblo. 30.000 personas pasaron por su capilla ardiente y Madrid vivió uno de sus históricos entierros con un séquito de 20.000 personas que acompañaron el féretro hasta el Cementerio de la Almudena. Los teatros aquel día decretaron el cierre.

Guste o no, Galdós es un referente para conocer la historia de España, para conocer la España actual. Sus Episodios Nacionales nos muestran que las guerras carlistas parecen no tener fin; La Corte de Carlos IV nos revela las conjuras monárquicas familiares; vivimos en su obra las diferencias sociales, la miseria, la hipocresía… Casi 8.000 personajes desfilan por su inmensa obra.

Echamos hoy día en falta a Galdós. Como ateneista amante del viejo Ateneo, ¿cómo habría reaccionado ante un mitin de Falange Española en el salón de actos de la Docta Casa? ¿No sería Isabel Díaz Ayuso uno de sus personajes de folletín? ¿Qué crónicas parlamentarias plantearía en este pugilismo vergonzoso? ¿Cómo narraría las colas del hambre de la capital y la desigualdad creciente? ¿Criticaría el cierre de El Rastro mientras el Metro va abarrotado en estos días de pandemia? ¿Serían las aventuras del rey emérito un nuevo episodio nacional?…

Jaime Cedrún

Secretario general de CCOO Madrid

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