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Madrid y la patria amenazada

martes 02 de junio de 2020, 08:22h

Madrid ha disfrutado durante cientos de años del título de capital de las Españas, primero, y de España después. No nacimos siendo un único reino, sino una especie de confederación de reinos, un reino de reinos, fruto de la herencia, o la conquista, de dos personas, de Granada a Navarra, de Galicia al Reino de Valencia, de Asturias al de Murcia, o de Sevilla a Aragón, atravesando en las encrucijadas los reinos de León, Córdoba, Sevilla, Jaén, o las Castillas.

Una pluralidad política, territorial, cultural y hasta de costumbres sociales, que dificultaba elegir una capital. La capital de los Reyes Católicos venía a ser el lugar donde se asentaban, siempre temporalmente, rodeados de sus numerosos cortesanos itinerantes, acogidos por la nobleza local. Un tiempo en Toledo, otro en Sevilla, o en Granada.

Por su parte su nieto Carlos fue conocido por gobernar a lomos de su caballo, batallando dentro (contra los comuneros, o las germanías), o fuera (contra franceses, luteranos y príncipes germanos dispuestos a apoyar a cualquiera con tal de mantener su autonomía y hasta con el Papa de la cristiandad, cuya capital (Roma), saqueó a sangre y fuego bien ayudado por un fuerte componente de tropas luteranas alemanas deseosas de venganza y riqueza (paradojas de la vida).

Madrid llegó a ser capital por accidentes diversos. Por los inmensos terrenos que el rey había arrebatado a los comuneros, porque además no había por aquí muchos nobles poderosos, o porque no tenía obispo que hiciese sombra (la iglesia siempre prefirió Toledo, Santiago, o Sevilla).

Un buen lugar para que Felipe II vigilara las obras de su monasterio imperial en El Escorial, con buenos cazaderos cercanos (ya sabemos la gran afición de los reyes por los osos nacionales, y ahora por los elefantes africanos). Aunque no tenía mar, ni puerto, no le faltaba buen aire serrano y agua suficiente para la época.

En Toledo, en Valladolid, o en Sevilla, el rey era un invitado de algún grande de España, mientras que en Madrid el Rey era el Rey y quien se asienta junto a él es un cortesano, puede que noble, pero cortesano. Madrid llegó a capital como llegó a Comunidad Autónoma, por exclusión. Ni Castilla-León, ni Castilla-La Mancha estaban por la labor de que un cabezón como Madrid desequilibrase sus balanzas territoriales. No quedaba otra que crear un distrito federal, o una comunidad autónoma y así se hizo.

Con estos mimbres se construyó la capitalidad de Madrid. No pocas virtudes y actos heroicos han jalonado con hitos y mojones este camino. Tampoco han faltado las infamias, las manchas, las corrupciones magistrales y la miseria humana en las plazas y en los salones palaciegos y cortesanos, los asesinatos oscuros y actos sangrientos.

No ha sido Madrid, a lo largo de la última década y media, modelo, ejemplo, ni referencia de buenas prácticas, salvo honrosas excepciones como las manifestaciones contra los terrorismos, o las guerras. Muy al contrario, Madrid ha ejercido un liderazgo nefasto que ha marcado el camino de cada trama de corrupción en el resto de las Españas.

Suelos y subvenciones para colegios privados, hospitales entregados a gestión privada, o directamente privados, propiedad de grandes inversores extranjeros, pagados con fondos públicos. Suelos (siempre el suelo como negocio) y conciertos y ayudas para residencias privadas. Privatización de todos los servicios sociales, abandono de las políticas de vivienda pública para vender patrimonio a fondos buitre.

La conversión de todo lo público en negocio privado, nos ha llevado de cabeza a este desastre e incapacidad de combatir con éxito la pandemia. Esa es la verdadera patria amenazada. No la que lleva a algunos a llamar a salir a la calle a protestar contra el gobierno en nombre de la Libertad, envueltos en banderas nacionales y armados con potentes contaminantes sonoros.

Nadie estaba preparado para esta pandemia, unos países han acertado más y otros menos, como acertaba el burro flautista. Algunos tuvieron más suerte, sus asesores sanitarios acertaron, tenían más camas hospitalarias, más respiradores, mascarillas, o tests, pero todos han pagado un precio injusto en vidas humanas.

Sin embargo todos estamos preparados para entender que toca salvar vidas, y defender la patria, pero no la patria de los crápulas que convirtieron nuestra vida en negocio y aprendieron a vivir del cuento cortesano y de las mamandurrias del charco de ranas de Aguirre.

Un buen día Joaquín Leguina me envió uno de sus artículos en el que reivindicaba el concepto de patria inventado por los romanos, que a fin de cuentas fueron los inventores del asunto. Quienes estamos protegidos por los mismos derechos tenemos patria, compartimos la misma libertad, nos podemos sentir iguales. Donde no hay derechos compartidos no hay patria, hay barbarie y esos pueblos sin derechos, sin libertad, sin igualdad, eran catalogados como los bárbaros.

Si Madrid queremos ser capital de una patria, no hay otro camino que convertirnos en ejemplo de decencia y dignidad, adalides de la libertad, defensores de la igualdad, responsables en nuestros actos hasta la extenuación. Es la hora de sacar lo mejor como ciudadanía y dejar el espectáculo caprichoso, victimista y siempre atento y obsesionado con el negocio.

Javier López

Patrono de las Fundaciones Abogados de Atocha y de la Sindical Ateneo 1º de Mayo

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