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Diario de una pesadilla 27 de mayo

miércoles 27 de mayo de 2020, 13:24h

España abre este miércoles el luto oficial más largo de la democracia. Las banderas a media asta en toda España y un minuto de silencio en todos los hogares, también en el palacio de la Zarzuela, con la familia real al completo vestida de negro. Hoy homenajeamos a nuestros muertos. Digo nuestros porque los cerca de treinta mil que se han ido en esta pandemia son un poco de todos. No hay familia, amigos, vecinos que no tengan algún familiar por el que rezar, pensar o recordar en este primer día de luto. Detrás de las frías cifras siempre hay historias truncadas, vidas interrumpidas, hijos, parejas que no volverán a ser los mismos. Hace tres meses la vida les dio un vuelco, un susto del que resulta difícil reponerse. Como decía Hemingway, al que tanto me gusta citar, “no preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

Evidentemente no seremos los mismos cuando todo pase. Hay situaciones que nos marcan para siempre. Ésta es una de ellas. Con el ánimo hecho jirones aprenderemos a caminar y a relacionarnos de otra manera. Menos cálida y más segura. La prevención está ahora por encima de las relaciones humanas. Toda esta situación nos ha llevado a convivir con distintos síndromes. El que se ha hecho más popular, porque lo hemos llegado a padecer todos: el síndrome de la cabaña. Salir de casa se está convirtiendo en un acto de heroicidad. Ahora nos hablan de otro que está afectando sobre todo a mujeres: el síndrome de la mujer agotada. Esa mujer que teletrabaja y atiende la casa y sus hijos. No hay conciliación. Trabajo, casa y niños se dan la mano durante veinticuatro horas. Una locura. El agotamiento de la “eleastic woman” que decía Elena Arnedo hace años, pero que ahora, se ha incrementado con la pandemia. Una mujer elástica que está a punto de romperse.

Diez días de luto quedan por delante. Es el momento tan esperado por muchas familias que no han podido despedir a sus familiares con el calor y afecto que requiere ese momento. Nuestros fallecidos se han ido con la mano de una enfermera, médico o auxiliar. Tampoco se les ha podido velar. En Madrid, un militar les ha velado mañana, tarde y noche. Quedan muchos funerales pendientes, muchos abrazos que recibir, mucho cariño pendiente de que todo pase. Una pesadilla que se ha prolongado en el tiempo y que todavía no ha acabado.

Después de llegar hasta aquí, no podemos obviar lo que ha pasado y salir a la calle sin ninguna medida de protección. Sería un agravio a los que se han ido, un desprecio al esfuerzo que han hecho médicos y enfermeras, un acto insolidario con tus amigos y vecinos. Debemos protegernos por nosotros y por los que se han llevado la peor parte. La mascarilla es un acto de empatía y la distancia social, un acto de afecto a los demás.

Como decía el nobel americano Ernest Hemingway amante de España y de todo lo lespañol: “Nadie es una isla. Cada hombre es un pedazo del continente, una parte del todo… La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

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