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Diario de una pesadilla (6)

viernes 27 de marzo de 2020, 11:49h

Se cumplen dos semanas en casa después de la declaración del Estado de Alarma por parte del Gobierno. Catorce días que se han transformado en todo un máster en supervivencia; un curso acelerado en relaciones humanas; un título superior en psicología y todo un doctorado en virus. Todo eso en catorce días. ¿Alguien da más?

El virus trompetero que comenzó en Buhan a dar la cara, ya es el enemigo público número uno de toda la humanidad. Ha hecho tambalear los sistemas sanitarios de prácticamente todos los países; las economías de medio mundo; y ha hecho también que la forma de relacionarnos haya cambiado para siempre. Nada será igual.

Desde luego, la vida en muchas familias ha cambiado para siempre. La suegra de mi amigo Carlos, entró con una sonrisa en el hospital y ayer supimos que no ha superado la neumonía que le sobrevino tras contraer el coronavirus. Cuando entró en el hospital a darse la última sesión de quimio, le dijeron que había ganado la batalla al cáncer. Pero no superó la otra batalla del bicho inmundo que ha provocado esta pesadilla.

Sin embargo, me hizo mucha ilusión ver a través de uno de esos videos que se hacen virales, que un abuelo de 86 años salía del hospital ante la incredulidad de su familia que no sabía si aplaudir o llorar al verle. Se oía una voz al fondo diciendo: ¡abuelito, lo has conseguido! Son muchas las batallas que se están ganando al virus. Muchas. Miles a diario. Eso sí que es noticia. Lo saben bien en Ifema porque a las altas las aplauden tanto como cuando Nadal o Gasol ganan algún campeonato. Por cierto, estos dos astros del mundo del deporte, siguen demostrando que son grandes tanto fuera como dentro de la pista de tenis o dentro de la cancha de baloncesto.

Ayer decidí darles un homenaje a todos y me tomé un “jarabe” de vino, nada una copita, y una inyección de jamón. Era la última bolsa al vacío que me quedaba de un jamón extraordinario que compramos a distancia y nos envían desde Alacena, Huelva. Me supo a gloria, a triunfo, a un chute de energía. Y rematé el homenaje con un huevo frito. Nada me puede gustar más, sinceramente. ¡Lo disfruté! Son esas pequeñas cosas…que me consuelan y me hacen olvidar el desastre este. Lo malo es que hoy me he pesado y he sumado en la báscula. ¡Mierda! Gramo que sumo, gramo que no suelto. He decidido “pasillear” hoy un poco más.

Estoy pensando en cómo saldremos de ésta. Probablemente un poco más gordos, que será lo de menos. Un poco más miedosos. Muchísimo más solidarios, más empáticos. Alguno hasta más religioso. He descubierto que se rezan rosarios en la red. Los hay que se dan al yoga, como Pablo Motos que ayer nos enseñó una respiración para superar el estrés. Otros, animándome a hacer platos sencillos, han conseguido que vuelva a la cocina. He de confesar que nunca había entrado tanto como ahora. Me relaja limpiarla después de ponerlo todo perdido. Recuerdo que a Isabel Pantoja también. Me lo confesó hace años. No he llegado a encontrarle el puntillo a limpiar el baño. Eso, no. Y mira que Cristina del Valle me confesó también que a ella le relaja. Sobre todo, los baños de los aviones. Mi manía es otra: me ha dado por mirar fotos. Cada día abro un álbum y descubro que en todas las fotos salgo con la boca abierta. Me dio un tiempo por gritar a la vez que me fotografiaban. Eso provocaba que los demás se rieran. Todos, eso sí, salen fantásticos. Yo en cambio parece que estoy trastornada. Y un poco sí que lo estoy. Lo confieso. Necesito volver a la normalidad: un paseo, un abrazo, un beso, una sonrisa, el sol en la cara...Esas cosas cotidianas que hoy se nos hacen extraordinarias. ¡Buen viernes a todos!

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