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Luchar contra la desigualdad y la crispación

jueves 09 de enero de 2020, 09:07h

"Evitar la crispación es más importante que el dialogo, porque esos niveles altísimos de crispación política pueden traducirse en crispación popular". No corresponde esta cita a ningún “socialcomunista” apocalíptico, sino a quien fuera presidente de Gobierno durante la Transición, Adolfo Suárez. Su hijo ha protagonizado una de las imágenes más patéticas del crispador debate de investidura al dar la espalda a los diputados de EH Bildu desde la mesa presidencial durante sus comparecencias.

En mi opinión, visto lo visto, las medidas más urgentes que requiere España una vez que se conforme el nuevo Gobierno, pasan por un preámbulo: eliminar la crispación. Además, y quizá por ser también profesor, coincido con el diputado Joan Baldoví de Compromís cuando reclamó educación” a las tres derechas durante el debate de investidura el pasado 7 de enero. El espectáculo bochornoso que se vivió en el Parlamento no puede ser la constante en la legislatura que acaba de arrancar.

El Partido Popular debería hacer una reflexión sobre el papel que desea jugar en el futuro y concluir si quiere seguir siendo un partido de Gobierno o una comparsa de la ultraderechista Vox. Desempeñar el papel de una derecha civilizada y responsable que reconoce los resultados electorales y no produce sombras de duda sobre ellos. Una derecha que sepa ganar y perder y deje clara la legitimidad del el nuevo Gobierno de PSOE-UP. Una derecha que no instrumentalice su poder en la Comunidad de Madrid o en el Ayuntamiento de la capital como contrapoder frente al Gobierno Central.

Esa actual irresponsabilidad que se evidencia en la derecha española no existe en los agentes sociales. Por ello el diálogo social entre representantes de trabajadores y empresarios con el Ejecutivo puede servir de vacuna ante la polarización y el ánimo crispador. Quienes nos movemos en el campo socioeconómico constatamos que la crispación política genera alarma e incertidumbre en la población, arrastrando un retraimiento en el consumo y en la inversión. Y, consecuentemente, en el crecimiento y en la creación de empleo

El nuevo Gobierno, más allá de dos medidas urgentes, técnicamente obligadas por encontrarnos en enero, como son la subida de pensiones y del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), debe poner manos a la obra con prontitud para abordar una agenda reformista. Esta agenda debe estar basada en tres pilares con la lucha contra la desigualdad como objetivo fundamental: derogación de la Reforma Laboral para devolver todo el poder arrebatado a los representantes de quiene trabajan, poder negociar con la patronal de igual a igual; derogación de todas las reformas que han limitado la capacidad de movilización como la ley mordaza o el artículo 315.3 del Código Penal sobre el derecho de huelga; y reforma de la fiscalidad para una justicia fiscal equitativa y solidaria, que actualmente no existe. Una fiscalidad que impida el dumping fiscal que practican algunas comunidades autónomas como la de Madrid.

Con el nuevo Gobierno, España abandona una rareza democrática al conformar un Ejecutivo de coalición, algo que se da en otros 27 estados de los 38 europeos (según redacto estas líneas, veo que en Austria gobernarán verdes y conservadores). Un Gobierno comprometido en una agenda social para sacar adelante los tres pilares antes mencionados y que desde la Comunidad de Madrid son fundamentales por tratarse de una región tan rica como desigual. No olvidemos que el dato de paro en Madrid al cierre de 2019 ha sido muy negativo, el peor desde el año 2012, con 339.332 personas desempleadas, creciendo en 34 personas. Un mal dato que se repite en todo el Estado.

Año tras año venimos denunciando desde las Comisiones Obreras de Madrid que el sistema productivo de la región está lacrado por la precariedad, a lo que hay que añadir una baja protección por desempleo, que afecta especialmente a las mujeres, y que es una fuente de desigualdad y pobreza. Indicadores que siendo inferiores a los que se sufre en España, nos señalan el fracaso del modelo de crecimiento actual en todas partes. Crecemos pero no se traduce ni en más empleo, ni en más calidad del mismo, ni en un reparto de la riqueza.

El modelo ultraliberal nos ha llevado a la peor crisis padecida desde el primer tercio del siglo pasado. Sus recetas contra la crisis a base de reformas contra el trabajo y recortes en los servicios públicos han supuesto que la vuelta al crecimiento no haya conseguido recuperar el empleo perdido, hayan precarizado el nuevo empleo y disparado la desigualdad y la pobreza. Más millonarios, peores salarios, incertidumbre y dolor están siendo sus resultados.

Por eso es importante que España aliente medidas progresistas que terminen lapidando el neoliberalismo moribundo que venimos padeciendo desde hace ya veinticinco años. También por ello, por la urgente necesidad de reformas y cambios de modelos trasnochados, la oposición política en el Congreso debe variar su rumbo. Entre insultos, vivas a España y vivas al Rey, en lo que es un abrazo de oso peligroso para el Jefe del Estado, transcurrió el debate de investidura sin que la oposición aportara nada.

Las derechas deben saber que también desde la oposición se gobierna. El PP de Pablo Casado, como era de esperar, no ha dado los cien días de cortesía al presidente del Gobierno y ya ha solicitado su presencia en el Pleno del Parlamento para hablar de… ¡Venezuela!

Son muchos los retos de España. Gobierno y oposición deben hacer sus deberes, que deberían basarse en trabajar para la ciudadanía, para esas personas que cada día tienen que ganar un salario, estudiar, pagar una casa, alimentarse… Tienen que aportar ideas y trabajo para ver el modelo de Formación Profesional con el que se dota el país; para ver cómo queremos que actúen las empresas cuando tienen un problema y evitar que se despida a los trabajadores. Para implantar la estabilidad en el mundo del trabajo, que es también la estabilidad de esa España que tanto dicen amar algunos en la oposición.

Una oposición que debe retratarse claramente y ser extremadamente beligerante contra el terrorismo machista. Para ello, claro, hay que renunciar al juego retórico de la violencia de género y dejar de empujar una complicidad machista abanderada por una supuesta crisis de la “masculinidad”.

Lo que pedimos a la política es una sociedad más equitativa, justa y solidaria. Queremos unos servicios públicos decentes. Las trabajadoras y trabajadores quieren cobrar una pensión digna cuando se jubilan y un salario para vivir, no para sobrevivir. No desean crispación, desean, como cantaba Víctor Jara, el derecho de vivir en paz.

Jaime Cedrún

Secretario general de CCOO Madrid

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