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La otra cara de las luces navideñas

martes 24 de diciembre de 2019, 08:53h

Estamos ante una costumbre con consecuencias sobre el medio ambiente y la salud de las personas que debería ser estudiada sin ataduras políticas

Desde hace ya semanas, cientos de calles de otros tantos pueblos y ciudades de la Comunidad de Madrid están iluminadas con especial intensidad. La razón es bien sencilla: ha llegado la época navideña. Unas fiestas en las que, como es costumbre, las principales vías públicas son adornadas con cientos de bombillas multicolores. Se trata de una tradición que, aunque a muchos ciudadanos les pueda parecer irrenunciable, debería ser analizada con cuidado y en profundidad en los despachos de los primeros ediles madrileños. Además, desde muchas administraciones locales, no dejan de lanzarse mensajes para concienciarnos acerca de la necesidad de cuidar nuestro medio ambiente.

Si bien las luces navideñas en nuestras calles pueden llegar a ser hasta bonitas, el coste socioambiental que suponen es muy alto. Empecemos por los puramente económicos. Aunque se utilicen bombillas de bajo consumo, la factura eléctrica para los ayuntamientos puede llegar a ser una cifra con muchos ceros. Habrá ayuntamientos que no se lo puedan permitir pero que aun así derrochen ese dinero. Otros en cambio, que no serán muchos, podrán pagar la cuenta sin problemas, aunque ese montante lo hubieran podido destinar a asuntos de mayor calado. Sea como fuere, tenemos que ser conscientes de que los ayuntamientos no estudiarán la reducción, o directamente la eliminación de la iluminación navideña, si previamente los vecinos no lo han solicitado mayoritariamente. Es a priori una medida impopular que, políticamente, sólo les puede traer disgustos. Una realidad incuestionable que silencia este debate.

Desde el punto de vista medioambiental, las luces navideñas son un auténtico despropósito se miren por dónde se miren. En primer lugar, se trata de un consumo extra de energía sin ninguna necesidad. Esa electricidad puede haberse producido en centrales de ciclo combinado, instalaciones donde se utiliza por ejemplo el gas natural para producir electricidad. Así, se estarían enviando miles de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmósfera, además de aumentar la demanda de combustibles fósiles con otra serie de consecuencias medioambientales. En segundo lugar, y no por ello menos importante que lo anterior, las luces navideñas disparan los niveles de contaminación lumínica en nuestras ciudades y pueblos. Estamos ante un tipo de contaminación con un fuerte impacto tanto en los seres humanos como en la fauna silvestre y urbana. Somos poco conscientes de esta injerencia, pero hay cientos de estudios que nos alertan sobre sus consecuencias.

Deberíamos como sociedad revisar nuestras costumbres y tradiciones para evaluar sus impactos. La Navidad no es menos si no hay luces de colores en nuestras calles, al contrario. Si es resultado de nuestro compromiso socioambiental como ciudadanos del siglo XXI, será un magnífico regalo para nuestro planeta. Lo que está claro es que el primer paso siempre lo deberá dar la sociedad civil si queremos que, por lo menos, se abra este debate en los ayuntamientos.

Jonathan Gil Muñoz

Director de El Guadarramista

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