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¿Dónde está el alma de nuestras escuelas?

jueves 19 de diciembre de 2019, 16:57h

Hace algunos días, tuve ocasión de mantener una interesante conversación con la hija de unos conocidos. Una chica excelente que, con esfuerzo y talento, estaba alcanzando los objetivos de su primer curso universitario. Durante largos minutos, me habló de su sentimiento de gratitud al que fue su colegio hasta el año pasado. Un colegio de religiosas que, con ella, desbordó ampliamente los límites de la atención escolar, para "invadir" los espacios propios de un acompañamiento y apoyo personal y vital.

Efectivamente, son habituales los casos en los que el centro, o lo que es lo mismo, sus profesores, personal no docente, religiosos jubilados, voluntarios...., traspasan con creces sus obligaciones estrictamente académicas y legales, para llevar al extremo el cuidado de los alumnos y alumnas que, por razones diversas, lo necesitan. Los recreos, los tiempos antes o después de la actividad lectiva, el mediodía, las tutorías... Cualquier momento y lugar es bueno para una aclaración, para un apoyo, para un refuerzo, para una formación alternativa... cualquier momento y lugar, sea el patio, la recepción o el despacho de secretaría; sean las 11, las 14 o las 17 horas, permite acompañar, apoyar, empujar... Y eso sin entrar en otro tipo de cuestiones de naturaleza económica, como por ejemplo no supeditar al pago de los costes correspondientes la participación en actividades o la percepción de servicios, cuando la familia no tenga posibilidad de afrontarlos.

Todo esto, y mucho más, vivió esta antigua alumna en un centro religioso de población variopinta y diversa, mayoritariamente de clase socio-económica media o media-baja, pero también con alumnado en situaciones enormemente precarias. Según ella misma me comentaba, las dificultades económicas endémicas de su familia, su carencia de medios y las necesidades de refuerzo que ella necesitaba, hacían necesario que su colegio diera el "do de pecho", asumiendo una tarea continua de tutela, de mimo, de apoyo a una alumna que, en caso contrario, podría haber visto peligrar su evolución académica y su maduración personal. Un mimo que encontraba también en la dimensión pastoral y espiritual cultivada en el centro; un campo enormemente gratificante para lograr los objetivos de recuperación y acogida que ella necesitaba.

Y todo esto y mucho más, viven día a día miles de chavales a los que, durante un recreo o durante un "tiempo muerto", el secretario del centro o la Hermana de portería, o vete a saber quién, les repasa materias, les habla en inglés o, sencillamente, les enseña a tejer o a ensayar una coral o una obra de teatro. Miles y miles de niños y jóvenes que no forman parte de estadísticas, pero cuya vivencia acredita el hecho diferencial de nuestra escuela; un elemento característico que es expresión de humanismo cristiano, de cercanía..., de que un alumno o alumna nunca es un número, ni siquiera un nombre... es un proyecto personal en el que la comunidad educativa en su conjunto se involucra con plenitud.

Desde hace algún tiempo, definimos a nuestras escuelas como "escuelas con alma". Un alma con la que no te tropiezas, que no es tangible..., pero que se nota, se siente, se percibe... Sin duda, esa inclusión, ese aprovechamiento de las esquinas del tiempo y del espacio, esa atención por los aspectos menos visibles de nuestros niños y jóvenes, demuestran que la hoja de ruta de los centros no la marca un boletín oficial; ni siquiera una programación o una memoria; ni por supuesto, unas estadísticas oficiales... La verdadera "hoja de ruta" viene fijada por el humanismo que ve, en cada muchacho o muchacha, un tesoro de oportunidades que hay que explorar, que hay de insuflar, aunque sea en la hora del recreo... En la hora del recreo de profesor o personal no docente.

En esa búsqueda inquieta, en ese trato humano... pues, ¡ahí está el alma! El alma de las escuelas católicas de Madrid.

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