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Patas arriba

viernes 08 de febrero de 2019, 08:42h

La tensión electoral ha propinado un tremendo patadón al tablero político madrileño. Solamente se mantienen en el sitio que ocupaban las figuras de Carmena, Gabilondo, Villacís y Aguado. Caballos, torres, alfiles, peones, reyes y reinas han caído por los suelos, rompiéndose en pedacitos irrecuperables muchas de ellas. Un destrozo formidable. Los nervios previos y la ansiedad acumulada disminuyen los reflejos de los oponentes. Ocurre entonces que menudean los tropezones y los accidentes imprevistos.

Ganar o perder la batalla de Madrid es fundamental para los partidos que participan en la pelea. Aunque no se localicen en una trama geométrica concreta, los dirigentes nacionales sitúan el Palacio de la Moncloa, el Palacio de la Cibeles y la Casa de Correos de la Puerta del Sol en los vértices de un triángulo mágico que simboliza la conquista del poder institucional. Esa forma de ver la coyuntura, que tanto influye en la estrategia de las formaciones contendientes, provoca seísmos internos que dejan patas arriba la casa común de las distintas militancias. Toca después ordenar las estancias y recomponer lo que se ha roto.

Es el caso de Unidos Podemos, desbaratado en su conjunto, consumido en luchas fraticidas, se busca un pegamento que sea capaz de reunirlos nuevamente. Tarea difícil la de conjuntar en el mismo baile a podemitas, insumisos, comunistas, anarquistas, ecologistas y animalistas. Deben atraerse también a la nueva plataforma creada por el prófugo Rejón y hacer hueco a Izquierda Unida, ese conglomerado pintoresco que pretende enterrar la marca de Podemos en la misma fosa que recibió los restos del Partido Comunista de España. Las encuestas no acompañan: indican por unanimidad que la unión de tantos no hace la fuerza del grupo.

En el PP se ha cortado por lo sano: al mal tiempo caras nuevas. Así piensa Pablo Casado. Algunos creíamos que se permitiría a Garrido presentarse a la revalida electoral. No ha sido así. De nada le ha servido administrar con valentía la dimisión de Cristina Cifuentes y gestionar con eficacia y excelentes resultados los asuntos más importantes de la Comunidad de Madrid. Casado prefiere a Isabel Díaz Ayuso. Los méritos aparentes de la candidata se reducen a su fidelidad inquebrantable al Presidente del Partido Popular. Almeida, sin embargo, se lo ha currado en el Ayuntamiento de Madrid. Le pierde la verborrea demagógica y simplista que practica. Es capaz, incluso, de involucrar al Cristo de Medinaceli en su manual de estilo.

Renace en el PP de Madrid el aznarismo puro y duro, tan agrio y agresivo como el original. En el Partido Socialista bastante tienen con sobrevivir a los desafueros de su jefe Pedro Sánchez. Mantienen por el momento a Gabilondo, una baza segura y creíble, aunque don Ángel ande desaparecido últimamente. Pensando en el Ayuntamiento de la Capital, Sánchez se ha sacado de la chistera a Pepu Hernández. Si supera las primarias en el PSM, el hombre que fuera seleccionador de aquel fantástico equipo de baloncesto que ganó el Mundial, encarnaría una oferta solida y atractiva.

El PSOE debería replantearse la oportunidad de integrarse con sus siglas en las plataformas urdidas por Carmena y Rejón. Solo así, pienso yo, la izquierda tendría alguna posibilidad de derrotar al tripartito de derechas. Así estamos en Madrid, con la casa patas arriba, esperando que todos los madrileños coloquen en mayo cada cosa en su sitio.

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