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Escaparate de Madrid

martes 22 de enero de 2019, 12:41h

Cómo Nueva York, Londres o París, Madrid tenía un escaparate-expositor de la ciudad. Era la Gran Vía, donde se mostraban retazos de la urbe moderna de principios del siglo XX, muestrario de la nueva gastronomía, la hostelería, la moda, las salas de cine y los teatros. Pero llegó un día aciago donde la alcaldesa, Manuela Carmena, quiso mejorar las condiciones de movilidad para el viandante y hacer de la Gran Vía una simbiosis entre frustrado bulevar y gran extensión inútil de aceras.

Todo este proceso se enmarcaba dentro de la operación Madrid Central, y a las pocas semanas de ponerse en marcha, tenemos obra nueva y vieja problemática social. Paseo buena parte de ese Madrid Central, que en definitiva es el casco urbano, la ciudad medieval, la dieciochesca, la de la Restauración borbónica, la de la dictadura y la democrática. Observo un escaparate donde no me gusta la convivencia entre lo recién hecho y los vestigios de deterioro social; la opulencia y la miseria. En la calle de Postas, desde la plaza Mayor hasta la calle Mayor, una hilera de manteros, ocupando el espacio central, que salen por pies cuando alguien grita: ¡Agua!, que es la voz que alerta de la inminente presencia policial.

En la Puerta del Sol, más manteros, compradores de oro, sufraguistas de firmas para todo, inválidos pidiendo limosna y carteristas reconocibles. En la calle de Preciados, afluencia de mendigantes, tullidos hechos un ovilllo sobre la calzada, con letreros de telegramas de situación desesperada. En la Gran Vía, entre la red de San Luis y Callao, cuento, al menos, cinco camastros permanentes de mantas raídas, cartones, carritos desvencijados, y miseria amontonada, dormitorio al aire libre para los sin techo, y una legión de menesterosos implorando una dádiva. En ese escaparate de la Gran Vía recién remozada, de aceras exageradas, advierto la acumulación de residuos y limpiabotas sin negocio, por no hablar de la propia Plaza Mayor, cuyos soportales son un inmenso dormitorio al aire libre, donde pasan el día y pernoctan un elevado número de personas sin techo, espacio para malvivir y hacer sus necesidades, dejando un olor nauseabundo a orines, que se mezcla con la fritura de calamares que sale de los bares.

Es el escaparate impropio de una ciudad moderna y equilibrada, punto neurálgico de la afluencia turística, imagen del nuevo Madrid Central, con menos coches, pero con más miseria.

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